
Los nombres detrás de una identidad
Su nombre completo es Robert Galbraith. Nació en 1968, está casado y tiene dos hijos. Antes de dedicarse a la novela policial trabajó en la Royal Military Police, el departamento de investigación del ejército británico, y tras su retiro de la fuerza, en 2003, en empresas de seguridad. Todo eso le da un conocimiento de primera mano sobre ese mundo turbio y hermético. También justifica que, escudándose en el secreto profesional, no haya de él fotografías. Su detective, Cormoran Strike, veterano de Afganistán, tiene como sustrato sus propias experiencias de campo y las de otros colegas que volvieron de aquel frente. Son los datos que se conocen de él. También sabemos algo no menos intrigante: que en realidad no existe.
Hace ya tres años que J. K. Rowling, la autora del ubicuo Harry Potter, publicó El canto del cuco, la primera novela policial firmada por Galbraith, y en estos días, siempre con el mismo pseudónimo fiel, acaba de aparecer en inglés Career of Evil, una tercera entrega. Aunque hoy se conoce que Galbraith es Rowling, la adopción de esa personalidad fingida fue (como probaba la leyenda de la solapa) algo más que un simple mote: el autor policial tenía una biografía, por escueta que fuera, y un estilo propios. El proyecto, si de verdad buscaba permanecer incógnito, duró poco. Meses después de la primera publicación, un investigador suspicaz comparó con un programa de computadora las expresiones y giros de la novela y concluyó quién estaba detrás. El potencial heterónimo (autor ficticio que además de una obra tiene una vida) quedó reducido de inmediato a sinónimo.
Ocultarse en la escritura bajo una identidad ficticia es una práctica que no tiene nada de novedoso. En tiempos más duros, podía evitar la persecución política y religiosa. Algunos lo hicieron por simple diversión. Otros, por razones artísticas complejas. Rowling, que definió su experiencia como liberadora, buscaba algo más elemental: volver a escribir como en sus comienzos, libre de presiones y de la aureola de su famoso aprendiz de mago.
Salvando las distancias, en mis primeras incursiones en revistas independientes me acostumbré a firmar con nombres a los que dotaba de una biografía aparente. Era principalmente una cuestión de timidez. Escribía sobre cosas de lo más variadas y saltar de un tema a otro resultaba un poco temerario: prefería adjudicárselo a alguien más confiable, ese otro que sabía decir las cosas con mayor soltura. La culpa era de Fernando Pessoa. Había leído al escritor portugués, el mayor maestro en esos desdoblamientos, y me había contagiado el virus encantador del anonimato.
Pessoa en portugués significa, curiosamente, «persona», como si en el apellido del poeta anidara la condena de ser uno y su impulso contrario: la de enmascararse detrás de muchos. A diferencia de Rowling y sus paradojas de mercado, el poeta no necesitaba escapar de ningún éxito. Se ganaba la vida como periodista, publicista y empleado comercial, y era un activo secretista en aquella Lisboa de las primeras décadas del siglo pasado donde también despuntaba en los bares un entristecido afecto por el alcohol. ¿Lo habría marcado el hecho de haberse criado en Sudáfrica y sólo haber retornado a su país a los diecisiete años? ¿O el hecho de sentirse un patriota reaccionario y pensar, por su crianza, en inglés? Lo cierto es que publicó en vida un único libro con su nombre verdadero, Mensagem, y después se multiplicó en la gran cantidad de heterónimos que hoy conocemos. Ese proyecto inabarcable (se estima que sus autores ficticios llegan a setenta, aunque no todos tienen obra) fue propagándose en diversas revistas y quedó acumulado, tras su muerte, en 1935, en cuadernos inéditos. De todos sus escritores, elijo dos: Bernardo Soares (quizá porque el autor de El libro del desasosiego se parece más que ninguno a su creador) y Álvaro de Campos, el más díscolo de todos, ingeniero y "poeta sensacionalista". Pessoa lo hizo estudiar en Escocia, viajar por Europa y Oriente, adoptar actitudes de dandy, criticar a otros colegas imaginarios (sobre todo a Ricardo Reis, decadentista pagano de odas perfectas) y escribir extensas piezas en verso libre como la famosa "Tabacaria". Allí anota : "No soy nada/ no quiero ser nada./ No puedo querer ser nada./ Fuera de eso tengo en mí todos los sueños del mundo". Quizás eso sea a fin de cuentas la identidad, y no cuesta nada pensar al que en realidad escribió esos versos, Pessoa, inundando hoy las redes con sus heterónimos como el mejor de nuestros contemporáneos.






