
Los nuevos cirujas que creó la pobreza
En la región metropolitana se pagan anualmente 500 millones de pesos por la recolección de 5,5 millones de toneladas de residuos. Pero el desempleo y la pobreza produjeron unos 25.000 recolectores informales que dan sustento a unas 100.000 personas
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Para dar vida a su Juanito Laguna, Antonio Berni utilizó los mismos desechos con los que el personaje vivía en la Villa Tachito, del Bajo Flores. El sabía que, a modo de los espejos mágicos, la basura sirve para retratar un sistema productivo. Sabía que las sociedades, a lo largo de su historia, no sólo elaboran ciudades, villas, autos, residuos..., también producen hombres, subjetividades. Es decir, modos de "ser" y de "ver" que cambian con el tiempo.
Así, el Juanito que Berni "pintó" en los años sesenta está vivo, se recicló en cada uno de los 25.000 cirujas que, día tras día, recorren las calles de la Capital y del Gran Buenos Aires. Pero el pintor ya no está para que sus collages hablen de los actuales. ¿Cómo hacerlo?, ¿qué materiales usar?, ¿servirán las palabras? Seguro: son sinónimo de material reciclable.
"América pobre, con su pueblo nativo trashumante, llegado del fondo de las provincias interiores, pulula hoy en los suburbios de las nuevas capitales. Sin nada propio -salvo la fuerza de trabajo-, escarnecido por el saqueo y la explotación, construye refugios miserables transmutando cajones, latas y toda otra basura", decía Berni en los sesenta.
Se refería a las villas miseria que crecían envolviendo a los grandes centros urbanos atraídas por el imán de los modelos de industrialización sustitutiva que fueron ensayados desde los años treinta hasta mediados de los setenta.
Para "pintar" esas villas, Berni elige una metáfora: la técnica del collage con los mismos residuos que utilizan los villeros. Así esos collages logran mucho más que retratar la pobreza esperanzada de los que por esos días llegaban a las capitales: muestran la forma en que la sociedad se deshacía de sus desechos.
Según nos cuenta Juan Pignano, en su excelente libro Crónica de la basura porteña. Del fogón indígena al cinturón ecológico , el Sistema de Gestión de Residuos Sólidos de Buenos Aires en los años sesenta y comienzos de los setenta estaba formado por vaciaderos, con sus Juanitos y sus villas, y por incineradores. Así, con la mediación de los botelleros, se daba una convivencia que, sin pensar en el ambiente físico, se podría llamar pacífica.
A rellenar
En marzo de 1976 llega la dictadura. Y con ella desaparecen muchas cosas. Desaparece la búsqueda de la mentada industrialización: a partir de allí, hasta nuestros días, el modelo es aperturista. Con ello, la política salarial alteró la distribución del ingreso disminuyendo un 30 por ciento la tajada que se llevaban los trabajadores.
La miseria esperanzada de las villas viró hacia el terror: entre 1978 y 1980 fueron erradicadas 185.000 personas de la ciudad de Buenos Aires. La fuerza de los FAL erradicó las villas y a sus Juanitos.
Pero la fuerza no sólo la ejercen las armas. El 30 de diciembre de 1976, el brigadier Cacciatore sancionó y promulgó una ordenanza que prohibía los incineradores. Unos días después, nace la Gestión de Residuos de la dictadura: un acuerdo entre la provincia de Buenos Aires y la Capital crea una sociedad del Estado llamada Coordinación Ecológica Metropolitana Sociedad del Estado (Ceamse).
El Ceamse, gestado al amparo de la ley 8782/77 de la provincia de Buenos Aires y la ordenanza 33.691 de la Ciudad, tiene dos objetivos principales: derivar la basura hacia rellenos sanitarios del Gran Buenos Aires y, por otro lado, ".... desterrar el problema social del cirujeo". Esconderlo lejos, en la provincia.
Ya se dijo, los sistemas sociales, con sus fusiles y sus leyes, no sólo desaparecen individuos, también los crean. La dictadura de la basura tentó, con grandes montos, a grupos económicos nacionales y así, con la Ceamse, surgieron las 20 empresas privadas que, actualmente, recogen y disponen en rellenos sanitarios la basura de la región metropolitana.
Botando la basura
El quiebre en la orientación industrialista instaurado por la dictadura se mantuvo con la democracia. Con ella desapareció la violencia implícita, pero quedó otra.
La desocupación y la subocupación, entre 1974 -allí comienzan las mediciones del Indec- y 2000 llegaron a niveles históricamente desconocidos. Hoy, uno de cada tres argentinos en condición de trabajar tiene problemas de empleo. Más aún, según las últimas cifras dadas por el Indec, en Capital Federal y Gran Buenos Aires el 29,7 por ciento de la población es pobre.
A todo esto, ¿qué pasa con la basura? En la actualidad, los contribuyentes de la región metropolitana pagan anualmente 500 millones de pesos por la recolección y la disposición de los 5,5 millones de toneladas de residuos.
Entonces, si los sistemas productivos también elaboran sus actores, ¿qué sujetos produjo el cruce entre el desempleo, la pobreza y la gestión de recolección de residuos? Cualquiera, avispado, puede responderlo: los actuales cirujas. Los nuevos Juanitos.
Renace Juanito
¿Cómo pintarlos? Berni, pensamos, caminaría con ellos retratando su deambular. Pero, ¿cómo moldearlos sin su paleta? Es lo que intenta, con muy buenos resultados, Francisco Suárez en su tesis de maestría realizada dentro del proyecto de "Caracterización de la producción, recolección y eliminación de los residuos sólidos....", dirigido por María Di Pace, de la Universidad de General Sarmiento.
Suárez, junto con Pablo Schamber, de la Universidad Nacional de Lanús, señalan que son 25.000 los recolectores informales que, todos los días, recorren las calles de la Región Metropolitana. Alrededor de 25.000 jefes de familia que dan sustento a unas 100.000 personas.
Ahora, ¿en qué se diferencian estos Juanitos de los de los años sesenta? Por un lado, aquéllos venían del interior movidos por la esperanza del ascenso. Estos están signados por la desesperanza, la caída.
Según un estudio del Ministerio de Trabajo, la mitad de los 25.000 caminantes son nuevos cirujas. Suárez, en su tesis llega a lo mismo: antes tenían trabajo formal, eran obreros de fábricas (frigoríficos, textiles, alimentarias) y empleados de servicios.
Claro, el sistema no sólo crea individuos, también los rompe, los larga en caída libre. Pero, ¿qué se rompe? Las ropas raídas, el calzado agujereado, se dirá, si sólo se ve la superficie del cuadro. Ahora si, como quería Berni, se va a lo profundo, se verá un quiebre más profundo. ¿Cuál?
En lo individual, esa gente, al cortarse la conexión que los integraba como trabajadores, perdió la única forma de ser que, para ellos, el sistema tiene como válida: vender la fuerza de trabajo. En lo comunitario, la sociedad perdió el capital social formado por sus saberes de trabajadores.
Es decir, en todos y cada uno de esos caídos se rompió algo muy profundo: se rompió su ser. "Ser" trabajador. ¿Se puede vivir sin "ser"? Sí, y la muestra son los "sin" techo. Por ello, para no llegar al vació del "sin" hace falta construir otro "ser". ¿Cómo? O, más en tema, ¿cómo reciclar una subjetividad?
Muchos de los caídos no tuvieron más remedio que "reciclarse" en cirujas. "Tuvieron que soportar el peso del estigma con que cargan quienes ejercen la actividad de cirujear", señaló a La Nación Suárez.
"Los padres de mi novio me hacían la vida imposible. No me querían porque yo era hija de ciruja. El, en cambio, trabajaba bien en la Capital, levantando paredes", le dijo a Suárez la hija de un ciruja, mostrando el peso del rechazo.
Claro, las percepciones son ambiguas. "Ahora, somos libres como pájaros", dice Suárez que le dijeron. Sin embargo, la "libertad" que da el deambular no es tal. Los 25.000 cirujas son el primer eslabón de una cadena que, pasando por los chatarreros, llega a las grandes compañías. Por ejemplo, un trozo de hierro cirujeado en Caballito puede transmutarse en uno de los caños sin costura que exporta Siderca.
Retomando uno de los ejes del análisis, ¿qué pasa con la actual gestión de residuos? Lo primero que hay que decir es que, tanto las leyes como la estructura son las heredadas de la dictadura. Ahora, ¿qué lugar ocupa la presunta "libertad" de los nuevos Juanitos? Ese trabajo informal subsidia tanto a las industrias como a los municipios. Esto último ya que reducen el volumen por recolectar y disponer en rellenos -además favorece el ambiente ya que reciclan lo que iría a ese destino-. Por otro lado, como los contratos con las empresas son por peso, rebaja las ganancias de las empresas recolectoras y de la Ceamse.
Esta última es una de las ópticas con las que se deben leer las recientes quejas de Aníbal Ibarra contra el cirujeo. También, claro, sirvieron para el lanzamiento de una microcampaña barrial con una nueva forma de recolección.
La insoportable levedad
¿Cómo reciclar a los Juanitos para que no carguen, estigma del cirujeo? Esa es la pregunta que se están haciendo buena parte de los 25.000 cirujas.
Las respuestas son varias y todas pasan por recuperar el "ser" perdido antes de la caída, conservando parte de la informalidad. Pasan por rearmar en ellos mismos y en la sociedad toda una nueva identidad de trabajadores que no tenga lo estigmático. Ya no son cirujas, son recuperadores de materiales reciclables. "Al principio lo veía como la única salida. Ahora, si me preguntás si me gusta lo que hago, te digo sí", señaló Pepe Córdoba, presidente de la Cooperativa de Recolectores Nuevos Rumbos, de Lomas de Zamora. Hoy, con orgullo, es recolector, hasta 1978 tenía una fábrica de suéteres.
Pero no sólo están reciclando lo individual, están recuperando lo social. Ya han formado varias cooperativas en Capital Federal y Gran Buenos Aires que, prohijadas por el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, apuntan a armar una federación donde ya están agrupados 3000 recolectores.
Esta organización es un círculo virtuoso: por un lado los autovalida y, por otro, los hace "visibles" ante la sociedad: la federación en germen permite que se sienten a la mesa de municipalidades y compradores. "Hasta nos dan café", señala admirado Córdoba. Esto muestra otra vuelta del círculo: el tener organización y capital les está permitiendo eliminar uno de los eslabones de la cadena -los chatarreros- y llegar a las industrias con poder de negociación que se transforma en mejores precios.
Fueron gestados por la conjunción de pobreza, desempleo e informalidad y ahora, luego de un doloroso parto, están naciendo los recuperadores de materiales reciclables. ¿Qué pasa con la gestión de residuos?
Como se dijo, sus leyes y estructura tienen el sello de los tiempos idos, de los años setenta. ¿Es posible encontrar un lugar para estos nuevos trabajadores?
Sí, y la experiencia internacional de países con problemáticas parecidas -incluso en dimensión- abunda en ejemplos. En Brasilia, hace pocos días se realizó el I Encontro Nacional de Catadores de Materiais Recicláveis, donde concurrieron 1400 catadores de 17 Estados.
En Chile, cada municipio tiene una asociación gremial de recolectores. El lugar que lograron estos gremios los lleva a una convivencia pacífica con las empresas que pasan y recolectan sólo lo que va para relleno. Luego van ellos, con sus uniformes y sus bicicletas con plataformas, y se llevan lo reciclable.
En estos momentos, en la legislatura porteña, se están elaborando las leyes que darán forma a la futura gestión de residuos. En 1977 la dictadura, con sus normas y sus armas, hizo desaparecer a los Juanitos de Berni. Los actuales se están levantando por las hendijas de las viejas normas. ¿Qué pasará con las nuevas?
Quizá la respuesta esté en el eco de las palabras del pintor: "Juanito Laguna es un símbolo que yo agito para sacudir la conciencia de la gente... Quiero que para nadie sea un pobre chico, sino un chico pobre. Juanito no pide limosna, reclama justicia".





