
Los peligros del carnaval
Silvia HopenhaynPara LA NACION
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EL carnaval es una fiesta tan antigua como el pecado. Una festividad pagana y, a su vez, una celebración pública que promueve el disfraz como envoltorio del exceso. Valen todos los colores y calores. Su origen se asemeja al de las fiestas saturnales romanas o a los homenajes a Baco, el dios del vino, en las que se borronean los bordes y las diferencias. Es un paréntesis al rojo vivo. Como escribe Liliana Bodoc en su novela corta Presagio de carnaval (editorial Norma), "el tiempo no pasa, ronda".
Precisamente este libro es una lectura propicia, aunque peligrosa, para estas festividades. Se basa en la tragedia, un género de la vida que a veces se vuelve muy popular; la tragedia que le toca a cualquiera que se proponga salirse de su estirpe o de los vallados que la sociedad les impone a los desterrados.
La historia es sencilla, aunque sus efectos son devastadores, más allá de su bella resolución literaria. Con cuatro personajes alcanza para contarla. Angela, una chica de pueblo dedicada a los escotes (redondos, en v, etc.), "quería ser una niña para siempre y adelgazar era un modo de lograr que su infancia no acabara de irse. Adelgazar hasta que le subiera el cierre de la pollera tableada que su madre le había regalado a los trece años, adelgazar hasta que todos, a su alrededor, la vieran por dentro. Incapaz de sostener el peso de la vida, Angela esperaba que alguien llegara a colocar el mundo en su sitio". Esta anorexia existencial la llevó a encontrarse con el yuyero Sabino Colque, boliviano y víctima principal de esta tragedia que cruza lo más íntimo con dilemas sociales graves, como el soborno de ciertos punteros políticos a líderes populares, entre ellos, sanadores o pasantes en las procesiones de carnaval. El tercer personaje es Mijaíl, un hijo traidor, "que miente como si hablara", y, por último, Renzo, un señorito feroz, renuente al fracaso, capaz de aniquilar sin ensuciarse las manos, ya que "su desprecio por la sinrazón y por la emotividad exacerbada -dignas del carnaval- le impedían concebir límites a la voluntad".
El yuyero percibe que Angela "tenía las palmas transpiradas de pena" y la invita al carnaval del barrio de San Pedro, para hacerle sentir el olor intenso de la vida. Allí "se arremanga" la tragedia (a pesar de que el carnaval, según dice un personaje, es una batalla contra la muerte).
Autora de la pródiga trilogía La saga de los confines , traducida a varios idiomas, Bodoc transfiere en esta novela su concepción más profunda de la cultura, de los afectos y de la política. Entona con maestría el "rintintín" de la desgracia y sondea el origen de la tragedia a pequeña escala: "Los motivos que desencadenan las tragedias suelen pesar tanto y tan poco que las balanzas humanas no pueden registrarlos". Y afirma: "En las cercanías de una tragedia, la cáscara de la rutina se resquebraja; a punto de nacer el pichón fatídico". Por último, también están los efectos de las "lenguas largas", propias de pagos chicos: "En las carnosidades de la lengua y por su néctar, prosperan las tragedias".
Todos ejemplos de una escritura que se acopla al carnaval y echa a rodar las máscaras.





