
Los perros ocultos de Haití
La vida en Haití pasa por sus calles poceadas. Hombres recostados o sentados hablan una lengua incomprensible -el creole, una suerte de francés africanizado-, comparten una botella de ron o miran los autos que pasan a los saltos, mientras las mujeres enjuagan vaya a saber qué en algunos charcos amarronados y los cerdos revuelven alegremente la basura. En la castigada ciudad de Gonaïves, al norte de Puerto Príncipe, hay una zona que los cascos azules de la misión argentina llaman "la Warnes" a raíz de la abundancia de negocios -destartalados escaparates, más bien- que venden repuestos usados de bicicletas. Por allí deambula un par de gallinas enclenques cuyo final, antes de pasar por la olla, es el de ser degolladas cualquier noche de vudú. Pero en esas calles de fauna diversa se hace difícil divisar al más común de los animales: el perro.
Cierto que los hay, sarnosos y silenciosos (nunca ladran, como ya escribió Colón en el relato de su primer viaje a las Indias), pero en mucho menor cantidad de la que podría esperarse. ¿Acaso se los comen? "No, no son bienvenidos aquí", se limita a decir un haitiano de mirada oscura.
Un funcionario de la ONU traduce: "Directamente se los mata. Los haitianos sienten un odio visceral, casi congénito, hacia los perros, que en otras épocas se usaban para perseguir y hostigar a los esclavos. Los perros, de hecho, eran ?socialmente´ superiores a los esclavos haitianos".
¿Verdad o mito? En esta tierra de atraso y miseria y poblada de zombies, ritos oscuros y leyendas populares, todo es posible.





