
Los prejuicios y el método cartesiano
Ojalá se me disculpen, con el paso del tiempo, los deslices e inexactitudes que contenga este texto. Está escrito como casi nada debería escribirse, bajo el efecto de la indignación. Puede que suene justa, pero a veces nos desvía del pensamiento lógico. Y es de lógica de lo que quiero hablarles.
A George Floyd lo asesinó el prejuicio. Encarnado en un oficial de policía (y no es la primera vez), lo que motivó un comportamiento tan brutal, innecesario, arbitrario e irreversible fue un juicio a priori. Floyd fue asesinado por ser negro.
Es políticamente más correcto decir afroamericano. Pero no es así como piensa el racista. El racista piensa en blanco y negro. Me gustaría desmenuzar esa visión del mundo, y, de ese modo, demostrar un procedimiento que es capaz de desactivar cualquier prejuicio. No en la mente del fanático, porque allí, como sentenció José Ingenieros, "los prejuicios son como los clavos, cuanto más se los golpea, más se adentran".
Para el resto de nosotros, los prejuicios son miasmas tóxicas que infiltran y envenenan las comunidades subrepticiamente. Para cuando lo notamos, hasta los más razonables convivimos con conceptos delirantes, del todo patológicos, que luego, en el mejor de los casos, intentamos maquillar con eufemismos. Es comprensible, pero no alcanza. Porque los prejuicios matan.
Por eso, quizá no se necesite un martillo, sino una lupa. Cuando enfocamos la lupa de la razón sobre cualquier prejuicio, descubrimos su pecado original: son ficción, relato. Las mujeres sufren desde siempre la segregación. ¿Por qué se las discrimina? Porque son mujeres, nada más. Solo porque son mujeres. Ahora, ¿qué hay en la condición de ser mujer que justifique el prejuicio? ¿Cuál es la razón biológica, química, médica, cosmológica?
No la hay. Simplemente, no existe una razón lógica detrás de este o cualquier otro prejuicio. ¿En qué cambia el color de la piel nuestra naturaleza humana? Pueden preguntarlo un millón de veces. Nadie será capaz de explicar esta locura por medio de la bioquímica o la genética, sino, por el contrario, con más relato, con más falacias, y, si no, con mentiras que insultan la inteligencia. A Eric Dolphy lo dejaron morir en un hospital porque, como se había desvanecido y era músico y negro, dedujeron que estaba drogado. En realidad, sufría un coma diabético. Insisto, los prejuicios matan.
Están tan enquistados que aparecen en los lugares más insólitos. En 2017, Google echó a James Damore, un empleado que había escrito un paper en el que intentaba demostrar que las mujeres son biológicamente incapaces de programar. Aparte de que se olvidó de que las primeras programadoras fueron mujeres y no pensó ni en Ada Lovelace ni en Grace Hopper, su caso es interesante porque intentó burlar esta regla que propongo aquí. Trató de racionalizar su prejuicio y sostuvo que las diferencias psicológicas entre hombres y mujeres "tienen claras causas biológicas y se relacionan con la testosterona prenatal".
Un pastiche que sería hilarante, si el asunto no fuera tan grave, y que viene a demostrar el talón de Aquiles de los prejuicios. No resisten análisis. Carecen de demostración cartesiana. Damore, en su fanatismo ciego, quiso creer que algo llamado testosterona prenatal nos hace a los hombres más listos. Sé que hay una rama de las neurociencias que estudia las diferencia cognitivas entre los sexos. Sé asimismo que fue una mujer, Margaret Hamilton, la que escribió el software que llevó a los primeros hombres a la Luna.
"El mundo ahí afuera es en blanco y negro, con un solo color muerto", escribió Peter Gabriel en su canción sobre el activista antiapartheid Steve Biko, asesinado en una comisaría de Port Elizabeth, Sudáfrica, en 1977. Es evidente, a estas alturas, que llevará mucho tiempo todavía erradicar los prejuicios. Pero tenemos que hacer el esfuerzo. Hasta que nos veamos los unos a los otros de un solo color. Color humano.






