Los protagonistas de un drama irresuelto

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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20 de agosto de 2016  

Ante las dificultades del presente, después de un cambio de gobierno inédito, donde un partido nuevo y pequeño prevaleció sobre uno histórico y hegemónico, podría preguntarse: ¿cuál es el drama de fondo que torna tan compleja e incierta la transición? En una aproximación inicial, sobresalen algunos problemas acuciantes: la corrupción heredada, el retraso de las tarifas, la combinación de recesión e inflación, el déficit fiscal. Ante estas cuestiones, se observa un amplio arco de opiniones y conductas polémicas y contradictorias, alentadas por un liberalismo político desusado. En ese marco, el Gobierno busca abrirse paso tratando de justificar el reequilibrio de las cuentas públicas, a la vez que intenta remontar la estanflación. La oposición se desdobla entre los que señalan disensos, sin perder de vista la gobernabilidad, y los irresponsables que reeditan el viejo lema trotskista: "Cuanto peor, mejor".

Otros protagonistas, acaso tan relevantes como los anteriores, participan de la contienda. Empresarios locales y sindicalistas hablan con el Gobierno y están dispuestos a concesiones menores, pero siguen aferrados a sus lógicas históricas: defender el interés sectorial calibrando la relación con el Estado, que estructuralmente es el gran regulador de las oportunidades. Más allá de mejoras en las dirigencias empresarias y sindicales, pesa una herencia histórica: colonizar el Estado es la mejor forma de optimizar ventajas y minimizar riesgos. Por su parte, el capital multinacional se adapta a un medio hostil. Diversos grados de rigor administrativo, provenientes de las casas matrices, marcan los límites de su aptitud competitiva. Las multinacionales proceden según la naturaleza del sistema en el que se desenvuelven: si hay garantías jurídicas y estabilidad macroeconómica invierten; si consideran que el clima es adverso a sus intereses, hacen negocios sin contribuir al crecimiento.

Más allá del Gobierno, y de los representantes del capital y el trabajo, otros sectores adquieren particular importancia en esta época pos autoritaria: la Iglesia Católica, la Corte Suprema y los jueces, los medios de comunicación y una amplia diversidad de actores que podrían clasificarse, de manera amplia, bajo el rótulo de "fiscales". Ellos son los fiscales propiamente dichos, pertenecientes al Poder Judicial; los políticos que se dedican, como tarea básica, a denunciar hechos de corrupción y mala administración; los periodistas de investigación y los observatorios sociales. En el drama argentino estos actores desempeñan el papel de tábanos socráticos, acosando al poder cuando se aparta del interés general, o advirtiendo sobre el aumento de las desigualdades. Los fiscales que persiguen la corrupción cumplen un rol sanitario clave, aunque a veces tienen problemas de precisión: pueden exhibir exactitud quirúrgica tanto como tirar al bulto confundiendo justos con pecadores.

En este inventario de protagonistas del drama argentino, la Iglesia Católica merece un párrafo aparte. El hecho excepcional de que el Papa sea argentino le otorga un plus enorme a su influencia histórico cultural. Hoy, la Iglesia local posee una panoplia de medios de expresión, que cubren el amplio espectro que va de lo religioso a lo científico: desde la Virgen de Luján y San Cayetano hasta Francisco y el Observatorio de la Deuda Social. La Iglesia está inserta en el sentido común de los argentinos y posee derecho implícito al veto de políticas públicas y trayectorias personales. Desde esa posición privilegiada, emite un mensaje condicionante basado en su Doctrina Social, ahora potenciada por el Papa: el centro de los desvelos deben ser los pobres, que resultan las víctimas de un sistema económico injusto.

¿Cuál es el drama irresuelto que estos protagonistas de la Argentina representan? Se arriesgará una hipótesis: es el capitalismo lo que está en debate en este país. Al cabo de un tiempo, las políticas de ingresos fracasan. Y nunca se llega a un acuerdo sobre el equilibrio entre Estado y mercado. De ese modo, el capitalismo no logra ser popular. En distintas oportunidades, el peronismo, el radicalismo, la Iglesia, los sindicatos y el conjunto de la sociedad recelaron de él. Alfonsín amonestando a Reagan, Kirchner maltratando a Bush y la gente apedreando los Bancos, son expresiones de esa actitud. Para adensar la cuestión debe considerarse un hecho irremediable: a nivel global, el mejor momento del capitalismo ya pasó, ahora se vive una economía signada por la contingencia, el desorden y la desigualdad. Si se presentan oportunidades habrá que extraerlas de esa tómbola.

En este contexto, la Argentina produjo una innovación política impensada: un gobierno de centro que promueve un capitalismo eficaz con sensibilidad social. Si ese objetivo es sincero, y aún posible, probablemente no se alcance subestimando las relaciones de fuerzas que lo condicionan. Pro tuvo mayoría electoral, pero está en minoría cultural. Por eso no puede eludir la consulta si debe afectar la vida cotidiana de los argentinos, como sucedió con las tarifas. El recelo al capitalismo se corrige con consenso, no aplicando escalas desorbitantes extraídas de una planilla de cálculo.

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