
Los retiros militares
Por Enrique Alberto Lusso Para LA NACION
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Siempre las necesidades fueron infinitas, y los recursos, limitados. El arte ha sido y será cómo y en qué medida se asignan las prioridades. Al ciudadano común, con madurez de criterio, no se le escapa que, en los últimos años, la asignación de recursos para defensa (equipamiento, funcionamiento, sueldos de las Fuerzas Armadas) ha venido cayendo estrepitosamente. Tanto se achicó este presupuesto, que a lo único que restaría echar mano, parecería, es a los magros retiros militares.
Así, no sólo se coarta la posibilidad de una razonable preparación operativa, sino que además se provocaría la desarticulación del sistema militar por la desatención objetiva de sus integrantes. Esto es muy peligroso. No por una actitud contestataria de quienes han dado pruebas de subordinación y sacrificio, sino por algo mucho más grave. Porque lo peligroso es, por un lado, que se profundice el desequilibrio entre las instituciones de la República y, por otro, que se hipoteque el futuro del país como entidad jurídica independiente al crear vulnerabilidades decisivas.
Responsabilidad del Estado
Nadie duda de que siempre hay mucho por optimizar, racionalizar, modernizar. También, comprar y vender. Pero, despojados de ideologismos, una cosa es mejorar seriamente un sistema y otra muy distinta es, en nombre de esta intención, ensayar ideas fuera de contexto que dan protagonismo intelectual pero que provocarían mayores costos, de todo tipo (no sólo financieros), que los que se pretende disminuir.
La comparación muestra que nuestras Fuerzas Armadas son las menos retribuidas de todos los países. La defensa es como la seguridad o la salud. Requiere previsión, equilibrio y calidad. Se la valora cuando se la pierde y, generalmente, ya es tarde. Sería irracional suponer que el costo militar admite hoy mayor disminución. De ser así, aunque retumbe como delirio, los interrogantes descarnados que surgen son: ¿la Argentina, con una guardia nacional?; ¿la Argentina, protectorado?; ¿la Argentina, país abierto?
Viene a mi memoria el planteo de un ex presidente que auguraba que el año 2000 nos encontraría unidos o dominados. Podemos imaginar que, si optamos por asumir con coraje cívico nuestra vocación de ser, viviremos un futuro válido. Si, por el contrario, optamos por renunciar a una responsabilidad esencial del Estado, como es la defensa, tal vez soportaremos una “República perdida”.
Lo hasta aquí expresado fue publicado el 12 de septiembre de 1996 en LA NACION. Han pasado cinco años y, ¿qué sucedió? La defensa continuó siendo el factor que sufrió los mayores recortes presupuestarios. Hoy, como ejemplo, el Instituto de Ayuda Financiera para el pago de retiros y pensiones militares, una institución modelo entre los organismos del Estado, se ha visto en la disyuntiva de no poder pagar los retiros militares.
Golpe mortal
¿Por qué? Porque a pesar de que contribuye con el 44 por ciento de dicho pago, el Estado no le proveyó el 60 por ciento (ni siquiera tardíamente) correspondiente a su responsabilidad. De continuar otro mes esta falta de pago, se daría un golpe mortal al único sistema que contribuye con el Estado para el pago de los singulares beneficiarios que siguen aportando toda la vida, incluidas las pensiones.
El ciudadano sensato que lea estas líneas comprenderá que el verdadero problema no es la pauperización de un sector, sino que el problema de fondo es el desmembramiento casi definitivo de las Fuerzas Armadas y, por ende, la herramienta principal de la defensa.
Porque debemos asumir, sin idealizaciones, que el conflicto no es un fenómeno perverso. El conflicto es un dato de la realidad inseparable de la conducta humana, individual o colectiva, y que, por la voluntad de los actores, por irracionalidad, por casualidad o simplemente por estupidez, puede llegar hasta el acto de fuerza y el derramamiento de sangre. Las Torres Gemelas y el Pentágono son ejemplos recientes.
Como ciudadano y soldado tengo aún la esperanza de que Kissinger se haya equivocado cuando sostenía que la “economía de un país es asunto demasiado serio para dejarlo sólo en manos de contadores ilustrados.






