
Los senadores rebeldes
Por Félix Luna Para La Nación
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EN 1924, el radicalismo aparecía irremediablemente dividido entre los partidarios del ex presidente Yrigoyen, por un lado, y sus adversarios internos, que ya se denominaban antipersonalistas, por el otro.
El campo de batalla era el Senado, donde antipersonalistas y conservadores tenían mayoría en conjunto. Se trataba de mostrar al caudillo radical que sus enemigos eran poderosos en la cámara alta, y que ésta sería la base de las hostilidades contra "El Peludo".
Hay que señalar que durante la gestión presidencial de Yrigoyen (1916-1922) el Senado había sido un baluarte opositor. Allí se trabaron leyes importantes, como la de alquileres y la de la expropiación del azúcar, o no fueron considerados proyectos del Poder Ejecutivo, como la construcción del ferrocarril de Huaytiquina o la creación de la marina mercante, y allí se escucharon los más agresivos alegatos contra el líder radical.
Ahora, en pleno mandato de Alvear, antipersonalistas y conservadores en alianza mostraban los dientes y, con un apoyo presidencial que descontaban, se aprestaban a dar batalla.
Maniobra original
La primera salva de las hostilidades se centró en el vicepresidente de la Nación y presidente nato del Senado.
Era éste Elpidio González, uno de los más fieles amigos de Yrigoyen: atacándolo se atacaba al jefe radical. Entonces los senadores engendraron una maniobra muy original: resolvieron que el presidente del cuerpo no podría nombrar a los integrantes de las comisiones internas.
En todos los cuerpos colegiados el presidente designa las comisiones, casi siempre con la anuencia de los diversos sectores que lo componen. No hay otro sistema. Sin embargo, en su empeño antiyrigoyenista, los senadores contrarios dispusieron que fuera el propio cuerpo el que designara las comisiones. Así, González quedaría maniatado, mediatizado. Basureado, en suma.
El Senado gastó muchísimo tiempo en nombrar por votación y uno por uno a los miembros de las comisiones. Naturalmente, los senadores yrigoyenistas se negaron a prestarse a ese sistema antirreglamentario y absurdo. Las sesiones se embarullaron y la Cámara alta dejó de trabajar.
Se pidió la comparecencia por la fuerza pública de los senadores ausentes; González se negó a adoptar semejante medida. En el augusto recinto, la maniobra había provocado un verdadero caos. A tal punto de rispidez llegaron las cosas que González se abstuvo de presidir la Asamblea Legislativa en que Alvear debía leer su mensaje anual, caso único, creo, en nuestros anales parlamentarios. Tampoco se hicieron presentes los legisladores yrigoyenistas, que eran mayoría en Diputados.
El conflicto se fue apaciguando a medida que el frente antipersonalista-conservador comprendió que Alvear sería neutral en la refriega.
La rebelión de los senadores se apagó progresivamente y la ofensiva contra el caudillo radical empezó a correr por otros cauces. Al año siguiente, Alvear pudo leer su mensaje ante un Congreso au grand complet y, más aún, cuando el cortejo presidencial pasó por la Avenida de Mayo frente al Comité Nacional de la UCR, se encendieron galantemente las luces del local y algunos dirigentes salieron a los balcones a aplaudir al primer magistrado.
Pasiones partidarias
El episodio que reseñamos muy sintéticamente evidencia el mal uso que puede hacerse de una institución cuando intervienen las pasiones partidarias, y los inconvenientes que crean estas maniobras en los mecanismos constitucionales.
Lo que ha ocurrido recientemente en el Senado, me refiero a las presiones sobre el presidente del cuerpo y el intento sorpresivo, casi clandestino, de frustrar una medida de gobierno del Poder Ejecutivo, es una muestra de los extremos a los que puede llegarse cuando se envenena de sectarismo la atmósfera del alto cuerpo, tal como ocurrió en 1924.
El año próximo se renovará en su totalidad el Senado, y los nuevos padres de la Patria no saldrán de los trapicheos de las legislaturas provinciales sino del voto popular. ¿Arrastrarán los nuevos representantes las mañas de los actuales? ¿Traerán un estilo más fresco, menos corporativo, más atento a los intereses del país? Esa bocanada de aire fresco proveniente de la ciudadanía, ¿mejorará el nivel humano y político del Senado?
Sólo los ángeles lo saben. Pero yo así lo espero. © La Nación





