
Los sueños de un profeta
Por Tomás Eloy Martínez Para La Nación
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HIGHLAND PARK, N. Jersey.- A fines de la década del 50, cuando llegué a Buenos Aires, muy pocas personas leían a los grandes narradores latinoamericanos. Aunque en la Capital vivían algunos de los mayores, como Jorge Luis Borges y Miguel çngel Asturias, y casi todos publicaban sus relatos con asiduidad en el suplemento dominical de La Nación o en la revista Sur , sus libros pasaban inadvertidos fuera del círculo letrado. Algunos visitantes de Chile o de México llegaban a veces a leer sus cuentos en ceremonias secretas a las que asistían treinta devotos, pero en las conversaciones de los cafés no se discutía sino a Sartre, a Camus y a Aldous Huxley, cuyas experiencias con la mezcalina parecían rozar el umbral de mundos asombrosos.
De vez en cuando, como al pasar, alguien elogiaba las ficciones de un tal Julio Cortázar, que vivía en París, o el enrarecido mundo del uruguayo Felisberto Hernández, que había publicado en Buenos Aires, sin pena ni gloria, una colección de relatos con un título raro, Nadie encendía la lámparas . Vivíamos en el fin del mundo, a orillas de un río barroso, y tal vez por eso nunca nos mirábamos o, cuando lo hacíamos, era sólo para medirnos con lo que pasaba más allá del océano.
Una tarde de domingo conocí en la casa de Victoria Ocampo al primer editor profesional de mi vida. Yo suponía entonces que los editores debían parecerse a Victoria y hacer un poco de todo: escribir, traducir, publicar revistas y pasear por Buenos Aires a los grandes personajes de ultramar. Como buen provinciano de veinte años, vivía yo en un mundo de ideas fijas, donde las personas y las cosas debían parecerse a lo que me habían dicho que eran.
Ganar cuando se pierde
El editor me habló, en cambio, de una profesión que era tan azarosa como un juego de dados. Se llamaba Antonio López Llausás. Me contó que era catalán (ya lo advertía su acento, puntuado por elles rotundas) y que los fragores de la Guerra Civil Española lo habían expulsado a Francia, de donde lo rescataron Victoria Ocampo y Oliverio Girondo para que fuera gerente general de la empresa que acababan de fundar: Sudamericana. La nueva editorial se abriría como un afluente de Sur, el sello de Victoria.
"Un editor no debe dejarse conmover por el éxito ni por el fracaso -me dijo aquella tarde-. Tiene que publicar sólo los libros en los que cree. Si no lo hace, más vale que se ocupe de otra cosa." Era un hombre calvo, afable, que parecía de otro siglo, aunque debía de tener poco más de cincuenta años. Semanas más tarde me llamaron de su parte para invitarme a conocer los enormes depósitos que Sudamericana tenía en la calle Humberto I de Buenos Aires. Entre las novelas rozagantes de Manuel Mujica Lainez y Salvador de Madariaga, descubrí, en un rincón del fondo, algunos tesoros.
En centenares de paquetes se acumulaban, abandonados por los lectores, libros que pocos años después serían clásicos: Bestiario , la primera colección de cuentos de Julio Cortázar; Adán Buenosayres , la caudalosa novela de Leopoldo Marechal; La vida breve, de Juan Carlos Onetti, y esa joya llamada Nadie encendía las lámparas . Me fui de allí con un ejemplar de cada uno de aquellos títulos y nunca me separé de ninguno: me han seguido como un talismán a todas partes, aun en los exilios menos hospitalarios. "Un editor a veces pierde y a veces gana -me dijo López Llausás en el depósito, mientras señalaba las altas columnas de despojos-. Pero nunca sabe si pierde cuando gana o si gana cuando pierde."
El catalán recién llegado en 1939 tardó un par de años en convertir su editorial en un negocio redondo. Como no podía conquistar a Jorge Luis Borges como autor de Sudamericana, llevó a su editorial dos de las novelas que Borges había traducido para Sur: Las palmeras salvajes , de William Faulkner, y Orlando , de Virginia Woolf. Sus primeros grandes éxitos fueron, casi siempre, libros de otras partes: Cuán verde era mi valle , de Richard Llewellyn; El bosque que llora , de Vicki Baum; La luna se ha puesto , de John Steinbeck; Llegaron las lluvias , de Louis Bromfield; Una hoja en la tormenta , de Lin Yutang, y el invencible precursor de los manuales de autoayuda: Cómo ganar amigos e influir sobre las personas , de Dale Carnegie, que apareció en 1940, cuatro años después de su lanzamiento en inglés. Mientras fortalecía su catálogo con títulos seguros, López Llausás se obstinaba también en cobijar a la desventurada literatura latinoamericana. En 1948 se arriesgó a publicar Adán Buenosayres contra la recomendación de todos sus asesores, que detestaban las inclinaciones peronistas del autor. La novela fue recibida con un silencio de muerte, que sólo Julio Cortázar se atrevió a romper. Un año antes se había aventurado con Felisberto Hernández y seguiría haciéndolo con Cortázar, con Onetti o con autores que eran sus amigos del alma, como Eduardo Mallea y Salvador de Madariaga.
Cuando lo conocí, en 1959, era ya un editor de enorme prestigio, con varios premios Nobel en su catálogo (Thomas Mann, François Mauriac, Hermann Hesse, Steinbeck, Faulkner, Hemingway) y una oficina llena de manuscritos esperando turno. Le pregunté cómo hacía para no quedar mal con los escritores que aspiraban a su patrocinio y me contestó lo que les decía a todos: "Nunca publico nada sin la aprobación de mi lector desconocido". Cuando la gente quería saber quién era, López Llausás cambiaba de tema.
Durante mucho tiempo creí que el lector desconocido era un ardid, hasta que averigüé que se trataba de una persona de carne y hueso. Se llamaba Francisco Porrúa, y tenía tal vocación de anonimato que hizo falta el inmenso éxito de la literatura latinoamericana en los años 60, del que es uno de los responsables, para sacarlo de la cueva.
El lector secreto
Porrúa era reservado hasta la mudez y lúcido hasta la extenuación. De los cientos de lectores que he conocido, pocos -o ninguno- tienen su olfato y su perspicacia. Llegó a la editorial en 1955 de la mano de Jorge López Llovet, hijo de don Antonio y subdirector de Sudamericana en aquellos años. A Jorge le había interesado el buen criterio con que Porrúa manejaba su pequeña editorial, Minotauro, y lo invitó a ser su asesor. Se quedó allí hasta 1971 y se marchó a Barcelona en 1977, porque ya no podía soportar -es lo que me dijo mucho después- tantas historias de muerte en la Argentina.
Porrúa fue sacando de la manga nombres como los de Cortázar, Italo Calvino, Ray Bradbury, Alejandra Pizarnik y Marechal, hasta que en 1967 atrajo también al entonces desconocido Gabriel García Márquez. Cuando murió López Llovet, en 1962, don Antonio dejó que Porrúa se encargara por completo de la selección de libros, reservando para sí sólo la relación con aquellos escritores a los que consideraba "de la casa". Después de Cien años de soledad , ser un autor de Sudamericana se convirtió casi en un sello de honor para cualquier creador de ficciones, tanto en Perú como en México y Venezuela.
El tiempo se fue llevando todas esas hazañas y trayendo otras nuevas. En 1979 murió López Llausás y la editorial quedó al mando de Gloria Rodrigué, su nieta mayor. Algunos grandes nombres del pasado se mantuvieron fieles y nunca publicaron en otra parte, como García Márquez. Y a la vez, ciertas famas inesperadas se sumaron a la lista de éxitos, como la de Isabel Allende.
Ahora que Sudamericana está por cumplir sesenta años y el reino de los libros se rige por códigos más complejos, quizá no sea inútil volver la mirada hacia atrás y redescubrir la osadía, el instinto y la locura que hacían falta para ser un editor latinoamericano en 1939, cuando empezó esta historia. © La Nación






