
Los universos paralelos
Por Alberto Ades Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Interrogado acerca de la existencia de universos paralelos, Woody Allen respondió: "No tengo ninguna duda de que existe un universo paralelo. La única duda que tengo es qué tan lejos está de Manhattan, y si está abierto las 24 horas del día".
Varias décadas antes, en "El jardín de los senderos que se bifurcan" Jorge Luis Borges también especuló sobre la existencia de universos paralelos al atribuirle a Ts´ui Pen la confección de una novela en la que coexiste una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos.
"No existimos en la mayoría de esos tiempos," dice Borges a través de su personaje Stephen Albert; "en algunos existe usted y no yo. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma."
La posibilidad de los universos paralelos es postulada seriamente por la mecánica cuántica, aquella rama de la física que analiza el comportamiento de las moléculas, los átomos, y las partículas subatómicas.
Desde Werner Heisenberg en adelante, se sabe que la solución de las ecuaciones cuánticas no permite determinar con precisión absoluta la posición y la velocidad (i.e., el estado) de una partícula en forma simultánea.
Una interpretación posible de este resultado es la teoría de los universos paralelos.
En esta interpretación de las ecuaciones cuánticas, una misma partícula puede existir simultáneamente en varios universos paralelos, y en cada uno de ellos poseer un estado diferente.
Una consecuencia de esta interpretación, como imaginara Borges, es que el Universo no contendría una sino varias, infinitas historias paralelas.
En una de estas historias, Roma cayó bajo las huestes de Odoacro en el año 476 de la era común, las potencias del Eje fueron derrotadas por los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, y el hombre aterrizó en 1969 en la Luna.
Pero hay otras historias en las que el presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy nunca fue asesinado, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no perdió la Guerra Fría, y Jorge Luis Borges obtuvo el premio Nobel de literatura antes de morir.
También existe (tiene que existir, porque no hay otra explicación posible) un universo paralelo en el que habita una buena parte de nuestra dirigencia.
Otro mundo
En este universo paralelo, la Argentina es un país condenado al éxito. Y no solamente es un país condenado al éxito, sino que es un país exitoso, un país potencia, que desafía la hegemonía de los Estados Unidos y se codea con los grandes del Mundo.
Es un universo en el que el gobierno ha apagado ya todos sus incendios e impulsa políticas "productivistas" que reducen la pobreza y la exclusión social, fomentan el crecimiento del empleo y las exportaciones, y merecen ser consolidadas por cuatro años más.
Como en las cuentas nacionales de la vieja Unión Soviética, en este universo paralelo, la economía se divide entre el sector "productivo" (que incluye a la pequeña y mediana industria) y lo demás (que abarcaría un 65 por ciento del producto bruto interno).
Hay paradojas curiosas en este universo paralelo, pero ninguna tanto como la firme voluntad de la dirigencia que lo habita de introducir una moneda común conjuntamente con los otros países que conforman el Mercosur.
No es aquél, sin embargo, el universo que habitamos la mayoría de los argentinos y argentinas a comienzos del tercer milenio.
En nuestro universo, la Argentina no está, lamentablemente, ni condenada al éxito ni es exitosa, no es un país potencia ni capaz de desafiar la hegemonía americana.
Tampoco ha logrado aún definir un modelo de desarrollo sostenible que reduzca la exclusión social o fomente el crecimiento de la productividad.
En nuestro universo, la Argentina a duras penas tiene una moneda, y por lo tanto, baja o nula es la probabilidad de que logre introducir una nueva con sus socios comerciales.
En nuestro universo, la devaluación, el default, la violación sistemática del derecho de propiedad, y las políticas discrecionales impulsadas desde entonces no generaron el despegue de la productividad o de las exportaciones, ni permitieron aumentar el gasto público social en términos reales.
Por el contrario, la tasa de inversión cayó a once por ciento del producto bruto interno (PBI), los ingresos reales de los trabajadores se contrajeron 33 por ciento, las exportaciones industriales aún se encuentran doce por ciento por debajo de los niveles alcanzados en 1998, la productividad total de los factores se desplomó siete por ciento, y la tasa de pobreza asciende al 54 por ciento.
En nuestro universo, es bien sabido que el modelo de economía regulada con controles cambiarios, aumentos de salarios fijados por decreto, e impuestos, retenciones y tarifas públicas fijadas por el Poder Ejecutivo fomenta la corrupción, y se tornó inviable en la Argentina tras la crisis hiperinflacionaria que nos azotó al final de los ochenta.
En el universo que habitan la mayoría de los argentinos, la política internacional no debe conducirse de acuerdo con las necesidades políticas de uno u otro candidato, sino para satisfacer los altos intereses de la Nación.
Los países en vías de desarrollo flotan sus monedas bajo un régimen de metas inflacionarias, o adoptan la moneda de países exitosos, no inventan monedas nuevas con sus vecinos.
En este, nuestro universo, el ejercicio de la libertad económica no es sinónimo de egoísmo o de conducta antisocial, sino la condición necesaria para convertirse en un país normal como lo son los Estados Unidos, Chile, Canadá o Australia.
Elija bien
Cuando hoy entre al cuarto oscuro, elija un presidente para nuestro universo, no para el de ellos.
No elija autoridades para el universo de la Argentina potencia, del productivismo, de la moneda común y de la magia.
Elija un presidente para la Argentina del trabajo y de la ley, para que gobierne en un universo más racional y predecible, tal vez más aburrido y probablemente más deprimente en el corto plazo, en el que nos agobiarán enormes desafíos, pero un universo en el que, a fin de cuentas, viven la mayoría de los hombres y mujeres normales de este mundo.
El autor es economista.





