
Los valores asiáticos frente a Occidente
Por Simon S. C. Tay Para LA NACION
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SINGAPUR.- Hoy día, rara vez se oye hablar de los "valores asiáticos". Se diría que su moneda fue devaluada junto con las economías, otrora florecientes, de Asia Oriental. La crisis financiera asiática de 1997-1998 dejó al descubierto muchos excesos ocultos tras la retórica de esos valores: las relaciones íntimas entre gobiernos y elites, la corrupción desenfrenada, el amiguismo y el nepotismo.
Pero esta devaluación tiene otra causa no menos importante: el hecho de que en algunos Estados asiáticos subieron al poder verdaderos reformadores, como Kim Dae Jung en Corea del Sur, que trajeron una visión más universal de los derechos humanos. Después de la crisis, tanto en el sector público como en el privado, el mantra ha sido el buen gobierno. Con las transiciones en curso en Tailandia e Indonesia, la democracia es, cada vez más, lo que los asiáticos desean. Aun siendo improbable un retorno al viejo discurso sobre los valores asiáticos, al ir alejándose los recuerdos de la crisis, quizás algunos reafirmen sus discrepancias sobre los derechos humanos, la democracia y el ejercicio del poder.
El FMI y otros forasteros
El peor motivo para esto será el más antiguo: algunas elites anteriores a la crisis retienen su influencia o su poder. La reforma amenaza sus privilegios; luego, debe ser resistida. Otras antiguas elites tal vez intenten protegerse recurriendo a la retórica antioccidental y el sentimiento nacionalista. Esto puede ser un arma potente en el trato con el Fondo Monetario Internacional y otros "forasteros", o cuando los extranjeros compren acciones de bancos, servicios públicos y grandes empresas a precios irrisorios.
Paralelamente al interés propio de la elite, está la preocupación generalizada por los padecimientos del trabajador y el ciudadano común. Los obreros desplazados por la nueva competencia se han declarado en huelga en varios países, entre ellos Corea del Sur, donde se ha hecho añicos el viejo "cuenco de hierro" del empleo protegido. En Tailandia, los campesinos pobres se organizaron contra un gobierno demócrata reformista, mientras los partidos rivales buscaban votos recurriendo a viejas políticas de clientelismo y sobornos. De unirse, las elites arraigadas y la masa de trabajadores y pobres pueden crear un fuerte obstáculo a la reforma.
También pueden explotar el rescoldo de resentimientos que dejó la colonización. Numerosos segmentos de la sociedad aún recelan de los extranjeros y sus inversiones, no sólo en países recién incorporados a los mercados mundiales, como Vietnam, sino hasta en naciones con décadas de apertura económica. Además, los correctivos impuestos por el FMI hicieron que muchos asiáticos se sintieran marginados. Por eso los vituperios del primer ministro malayo, doctor Mahathir Mohammed, contra la hegemonía norteamericana resuenan más allá de las fronteras de su país. El nacionalismo asiático es una bandera orgullosa y, al mismo tiempo, una pantalla conveniente.
Otro hecho más reciente ha renovado el típico sentimiento asiático de ser diferentes: hasta ahora, los derechos humanos y la democracia no han dado estabilidad, crecimiento o buenos gobiernos. En Indonesia, los partidarios de los derechos humanos utilizaron la crisis para pedir la liberación de presos políticos, la independencia de Timor Oriental y la investigación de violaciones de esos derechos en las provincias. Pero no era ésta la receta para devolver la estabilidad y el crecimiento.
Para establecer un camino firme hacia el crecimiento, Asia Oriental debe dictar justicia sobre algo más que las violaciones individuales a los derechos humanos. Tal como sostuvieron los proponentes de los valores asiáticos, es preciso robustecer todos los derechos humanos: los civiles y políticos, pero también los sociales y económicos. De lo contrario, los defensores de la democracia y los derechos humanos afrontarán una reacción violenta. Algunos indonesios ya añoran el "nuevo orden" de Suharto.
Hay un tercer motivo, apenas emergente y más benigno, para un planteamiento asiático de los derechos humanos: el sentimiento creciente de que el objetivo debería ser asiático y universal a la vez, y no lo uno o lo otro. La crisis de 1997-1998 nucleó aún más a los asiáticos. Los gobiernos cooperan más plenamente a través de la Asean+3, la entidad que agrupa a los diez miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático más China, Japón y Corea del Sur. Sienten más la identidad regional, aun cuando la cooperación regional sea limitada y la mayoría de la gente piense que no debería tomar la forma de un bloque o unión cerrados.
El regionalismo abierto no rige sólo para el régimen comercial. También puede aplicarse a otras áreas de cooperación, incluidos los derechos humanos. De ahí la necesidad de revaluar la idea de un mecanismo regional, dentro de la Asean o directamente asiático. Después de todo, Asia es el único continente sin un régimen de este tipo que complemente las instituciones internacionales. Quizá sea el momento oportuno para hacerlo, ahora que algunos países han puesto en marcha sus comisiones de derechos humanos.
Una cultura híbrida
La nueva generación comprende, en forma instintiva, las normas norteamericanas y las internacionales influidas por Estados Unidos. Ha recibido su influencia a través de la cultura popular y de consumo, las empresas privadas, las organizaciones no gubernamentales y las agrupaciones civiles. Pero esto no implica que Asia adquiera la homogeneidad de las franquicias de McDonald´s.
Se está articulando una nueva cultura asiática. Van surgiendo formas híbridas: son modernas y "universales", sin dejar de ser asiáticas. Resulta significativo que lo emergente se negocie en el plano de los individuos y las comunidades, no así en el de los Estados y los líderes nacionales.
Asia no puede retrotraerse a su pasado. Pero si no renueva su estabilidad, crecimiento y sensación de confianza, podría aumentar la tensión con Occidente y podrían aparecer formas intolerantes de un nacionalismo panasiático. No tiene por qué haber en esto un antagonismo, como lo hubo en el pasado. Esta vez, esperamos que los pueblos asiáticos, y no tan sólo sus líderes seudoautocráticos, busquen su equilibrio entre lo universal y un concepto redefinido de qué es Asia. © Project Syndicate y LA NACION
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)






