
Los valores son cada vez menos universales
En Pantalla total (Anagrama), el filósofo francés Jean Baudrillard analiza los problemas que plantea el exceso de información y afirma que la mundialización y la universalidad se excluyen mutuamente, ya que toda cultura que se universaliza pierde su singularidad y muere.
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NO corren parejas la mundialización y la universalidad, más bien se excluirían mutuamente. La mundialización es la de las técnicas, del mercado, del turismo, de la información. La universalidad es la de los valores, de los derechos humanos, de las libertades, de la cultura, de la democracia. La mundialización parece irreversible, lo universal estaría más bien en vías de desaparición, al menos tal y como se ha constituido en sistema de valores a escala de la modernidad occidental, sin equivalente en ninguna otra cultura. Ni siquiera una cultura viva y contemporánea como la japonesa tiene un término para designarlo. No hay palabra para designar un sistema de valores que pretende funcionar al unísono con todas las culturas y su diferencia, pero que, paradójicamente, no se piensa a sí mismo como algo relativo y pretende ser, con toda ingenuidad, la superación ideal de todos los demás. En ningún momento nos imaginamos que lo universal pueda ser tan sólo el pensamiento particular de Occidente, su producto específico, sin duda original, pero tan poco exportable a la postre como cualquier producto genuino. Así lo ven, sin embargo, los japoneses, como algo específicamente occidental, y lejos de asociarse a ese concepto abstracto, son ellos los que, por un extraño vuelco, relativizan nuestro universal y lo integran en su singularidad.
Toda cultura digna de ese nombre se pierde en lo universal. Toda cultura que se universaliza pierde su singularidad y muere. Es lo que ocurre con las que hemos destruido asimilándolas a la fuerza, pero es también lo que ocurre con la nuestra en su pretensión a lo universal. La diferencia está en que las otras han muerto de su singularidad, lo cual es una hermosa muerte, mientras que nosotros nos morimos de la pérdida de toda singularidad, del exterminio de todos nuestros valores, lo cual es una muerte trágica.
Pensamos que el destino de todo valor es la elevación a lo universal, sin medir el peligro mortal que constituye esta promoción: mucho más que una elevación es una reducción, o incluso una elevación al grado cero del valor. En la época de las Luces, la universalización se hacía por lo alto, según un progreso ascendente. Actualmente se hace por lo bajo, mediante una neutralización de los valores debida a su proliferación y a su extensión indefinida. Lo mismo ocurre con los derechos del hombre, la democracia, etc., ya que su expansión se corresponde con su definición más débil, con su entropía máxima. Grado Xerox del valor. De hecho, lo universal perece en la mundialización. Cuando se realiza, la dinámica de lo universal como trascendencia, como fin ideal, como utopía, deja de existir en cuanto tal. La mundialización de los intercambios pone fin a la universalidad de los valores. Es el triunfo del pensamiento único sobre el pensamiento universal.
Lo que se mundializa es en primer lugar el mercado, la promiscuidad de todos los intercambios y de todos los productos, el flujo perpetuo del dinero. Culturalmente es la promiscuidad de todos los signos y de todos los valores, es decir la pornografía. Pues la sucesión, la difusión mundial de todo y de cualquier cosa al hilo de las redes es eso, la pornografía. No hace falta obscenidad sexual, basta con esta copulación interactiva. Al término de este proceso ya no hay diferencia entre lo mundial y lo universal. Lo universal mismo está mundializado: la democracia y los derechos humanos circulan exactamente como cualquier producto mundial, como el petróleo o los capitales.
A partir de aquí podemos preguntarnos si lo universal no ha sucumbido ya a su propia masa crítica, y si alguna vez se ha implantado fuera de los discursos y las morales oficiales. En todo caso, para nosotros se ha roto el espejo de lo universal (en ello puede verse, en efecto, algo así como el estadio del espejo de la humanidad). Pero tal vez sea una suerte, pues todas las singularidades vuelven a surgir en los fragmentos de ese espejo roto de lo universal. Aquellas que creíamos amenazadas sobreviven; aquellas que creíamos desaparecidas resucitan. Un caso particularmente notable es, una vez más, el de Japón, que ha conseguido su mundialización (técnica, económica, financiera) mejor que todo el mundo, sin pasar por lo universal (la sucesión de las ideologías burguesas y de las formas de la economía política) y sin perder nada de su singularidad, dígase lo que se diga. Podemos suponer incluso que por no haberse cargado con lo universal ha salido tan airoso técnica y mundialmente, asociando de forma directa lo singular (el poder ritual) y lo mundial (el poder virtual).
Detrás de las resistencias cada vez más vivas a la mundialización -resistencias sociales y políticas que pueden aparecer como un rechazo arcaico de la modernidad a cualquier precio-, hay que leer una reacción al dominio de lo universal, una especie de revisionismo desgarrador en cuanto a las experiencias de la modernidad, en cuanto a la idea de progreso y de Historia, de rechazo no sólo de la famosa tecnoestructura mundial, sino de la estructura mental de identificación de todas las culturas y de todos los continentes bajo el signo de lo universal. Este resurgimiento, e incluso diría esta insurrección de la singularidad, puede adoptar aspectos violentos, anómalos e irracionales según el punto de vista del pensamiento "ilustrado" -formas étnicas, religiosas, lingüísticas-, pero también, en el plano del individuo, caracteriales y neuróticos. Sería, sin embargo, un error fundamental (el mismo que se perfila en la orquestación moral del discurso políticamente correcto común a todos los poderes y a la mayoría de los "intelectuales"), condenar esos sobresaltos tildándolos de populistas, arcaicos o incluso terroristas. Todo lo que hoy es acontecimiento se hace en contra de esa universalidad abstracta (incluyendo el antagonismo delirante del islam frente a los valores occidentales, por ser la contestación más vehemente a esa mundialización occidental el islam es hoy en día el enemigo número uno). El que no quiera comprender esto se agotará en un pulso entre un pensamiento universal, seguro de su poder y de su buena conciencia, y una serie de singularidades irreductibles y cada vez más numerosas. Incluso en nuestras sociedades aculturadas a lo universal se ve que nada de lo que se ha sacrificado a este concepto ha desaparecido de verdad, simplemente ha pasado a la clandestinidad. Y lo que hoy se vuelve a representar al revés es toda una historia denominada progresista, todo un evolucionismo cristalizado en su punto final que, además, se ha perdido de vista entretanto. Esta utopía está actualmente dislocada, y su dislocación en profundidad va aún más rápido que su consolidación por la fuerza.
Estamos frente a un complejo dispositivo de tres términos: hay la mundialización de los intercambios, la universalidad de Ôlos valores y la singularidad de las formas (las lenguas, las culturas, los individuos, los caracteres, pero también el azar, el accidente, etc., todo lo que lo universal rechaza según su ley, como excepción o anomalía). Ahora bien, la situación cambia y se radicaliza a medida que los valores universales pierden algo de su autoridad y de su legitimidad. Mientras se imponían como valores mediadores, lograban (con mayor o menor éxito) integrar las singularidades como diferencias en una cultura universal de la diferencia. A partir de ahora, sin embargo, ya no lo conseguirán, pues la mundialización triunfante hace tabla rasa de todas las diferencias y de todos los valores, inaugurando una (in)cultura perfectamente indiferente. Y cuando lo universal desaparece, ya no queda sino la omnipotente tecnoestructura mundial frente a las singularidades que vuelven a ser salvajes y quedan a merced de sí mismas.
Lo universal ha tenido su oportunidad histórica. Sin embargo, confrontados hoy en día a un orden mundial sin alternativa, a una mundialización inapelable por un lado, y, por el otro, a la deriva o a la insurrección tenaz de las singularidades, los conceptos de libertad, democracia y derechos humanos tienen una extrema palidez que se corresponde con su condición de fantasmas de un universal desaparecido. Y resulta difícil imaginar que puedan renacer de sus cenizas por el simple juego de lo político, ya que éste también es víctima de la misma desregulación y no tiene más fundamento que el poder moral o intelectual.
Sin embargo, la suerte no está echada, aunque nada funcione ya para los valores universales. Las bazas se han potenciado, y la mundialización no ha ganado anticipadamente. Frente a su poder disolvente y homogenizador vemos levantarse por todas partes fuerzas heterogéneas, no solamente diferentes, sino antagónicas e irreductibles.






