
Macri, Larreta y Aníbal Fernández: libertarios, ¡uníos!
Estoy complicado. Primero descarté votar a un candidato de izquierda, cualquiera que sea, no porque tenga un programa marxista-leninista-trotkista-fidelista-chavista-indigenista, sino porque va a perder; odio que me tengan por un loser. Después pensé en Cristina, pero Cristina sostiene que en la sentencia de la causa Vialidad la proscribieron; aunque me tragué las 1616 páginas del fallo y no encontré nada de eso, se ve que ella lo leyó mejor. Evalué darle una nueva oportunidad a Alberto, hasta que el kirchnerismo –ojo por ojo, diente por diente– lo proscribió. Confié en que la rutilante aparición de Massita me iba a sacar del embrollo; esta semana, antes de difundirse el bombazo del 7,7% de marzo, se supo que somos uno de los tres países con más alta inflación del mundo, junto con Venezuela y Zimbabwe, y lo taché de la lista. Milei nunca estuvo en mis cálculos: un amigo coiffeur que vive en Miami dice que el desorden capilar es señal inequívoca de que por debajo de los pelos las cosas están incluso más convulsionadas; pone los ejemplos de Trump, Boris Johnson y Baradel. ¿Macri? Se bajó justo cuando había decidido renovarle mi confianza. ¿Larreta? Siempre me generó dudas, porque lo veía dudar; como que ni iba ni venía. El lunes se puso los pantalones largos y le comunicó a Mauricio, mediante un video, que ahora el que manda es él. Por fin, dije, encontré el candidato. Se lo conté al coiffeur: “¡Cabeza sin pelos, todo en orden!”. Pero él sigue las noticias mejor que yo: acababa de leer en una nota de Matías Moreno en LA NACION que Horacio en realidad había grabado cuatro videos, y que solo a último momento, cuando volviera de un viaje a España, iba a resolver si hacía una cosa, o lo contrario, o una tercera, o un híbrido de todas. Wow, un menú de videos: eso era el monumento a la duda. A partir de ahí no pude dejar de pensar que Larreta tomó la decisión más importante de su vida, la que haría crujir el escenario político, a través de un mecanismo poco convencional: por sorteo.
El azar determinó entonces que el próximo jefe del gobierno porteño surgirá de una jornada de elecciones “concurrentes”, descartando así las otras variantes, dos de las cuales llevaban estos nombres: “recurrentes” y “ocurrentes”; una lástima: las ocurrentes me caían simpáticas. Horacio mandó borrar los restantes videos, cosa de que no quedaran huellas de sus cavilaciones. Hay que decir, de todos modos, que se salió con la suya: detrás de una cobertura de legalidad e institucionalidad aparece, escondido, su dedo índice, el que señalará a su sucesor. Mirá qué pícaro había resultado: en una sola jugada cometió parricidio y eligió a la persona que ya se encargará de traicionarlo. Quizás se interponga la Justicia, lo cual, visto lo que ha remado Larreta, sería una injusticia.
La guerra intestina de Pro y sus coletazos en Juntos por el Cambio parecen haber entrado en un impasse en las últimas horas; mucho no les creo: los tipos se han jurado trabajar para Milei. La campaña de Milei consiste en hablar de dolarización y de casta, y sentarse con sus cinco perros a ver cómo sube el dólar y los esfuerzos denodados de sus adversarios para mostrarse más casta que nunca. ¿Jefe de campaña en las sombras del libertario? Varios en el kirchnerismo y en JxC venían postulándose, pero acaba de desplazarlos Aníbal Fernández. Como todo el mundo sabe, le guardo un especial afecto a Aníbal desde aquella vez que, hace 12 años, puse aquí que me habían convocado a Olivos para asesorar a Cristina y a su plana mayor, y él, entonces jefe de Gabinete, me desmintió públicamente. “Roberts es un mentiroso, un fabulador y un sinvergüenza”, dijo en un tuit. Fue un antes y un después para De no creer, que tenía un año de vida: le dio una visibilidad impensada, porque legiones de lectores quisieron conocer esa columna que inventaba historias. Al sábado siguiente escribí que nos habíamos reconciliado con abrazos y llantos durante un encuentro en su despacho de la Casa Rosada, y también lo negó. Cómo no encariñarse con semejante personaje. Anteayer, mi buen amigo, tantas veces injustamente acusado de conexiones con barras, delincuentes y narcos, dijo que si este año gana la oposición habrá “sangre y muertos en las calles”. Tremendo escándalo. Sinceramente, pienso que lo sacaron de contexto: lo que quiso decir es que si no gana el peronismo, él en persona va a salir a hacer justicia por mano propia. Aníbal, intento ayudarlo; please, no me desmienta.
Tiene razón Máximo Kirchner: “El kirchnerismo no vino a esto”, a vaciar parrillas, góndolas y heladeras, a disponer tarifazos y ajustes salvajes, a triplicar la deuda, a que asistiéramos a sus luchas fratricidas, a que dejaran la Patagonia a merced de usurpadores que se disfrazan de mapuches, y, ahora, a amenazar con convertir el país en un campo de batalla. Yo sabía que un día este chico Máximo me iba a caer bien.
El miércoles, Alberto volvió a dar clase en la Facultad de Derecho.
Cae el telón.






