
Malvinas: dialogar y acercarse a los isleños podría ser el camino necesario
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Hace 40 años, desde la culminación de la Guerra de las Malvinas, que la Argentina reclama, con justicia, la soberanía de las islas. Un reclamo que hasta ahora terminó siendo inconducente. Seguimos pidiendo soberanía sobre un territorio que el estado argentino no administra y que no gobierna.
Es cierto que tenemos fallos en foros internacionales que acompañan nuestra postura. Por ejemplo, Naciones Unidas establece que las islas Malvinas son un “territorio no autónomo” que tiene pendiente un proceso de descolonización. El tema es que los habitantes de las islas, los que la Argentina llama “ocupantes ilegales”, no reclaman ser autónomos o descolonizarse. El resultado obtenido es que por más que durante las cuatro décadas que siguieron a la guerra los distintos gobiernos reclamaron ese derecho soberano en distintos foros y tribunales internacionales, muchas veces con fallos y reconocimientos favorables, hoy los argentinos estamos más lejos que nunca de Malvinas. Tan lejos, que para llegar a las islas desde la Argentina hay que viajar seis días, recorrer 24.000 kilómetros y atravesar tres continentes, como bien lo relató en una de sus excelentes crónicas durante esta semana desde las islas, el colega Hugo Alconada Mon, en LA NACION.
Malvinas está cerca geográficamente, pero demasiado lejos de los argentinos en realidad. Pensemos en los familiares de los soldados sepultados en el cementerio de Darwin que para poder visitar las tumbas de sus hijos carecen de vuelos directos, salvo excepciones donde se autorizaron vuelos humanitarios y pudieron hacerlo, en muy contadas ocasiones, en vuelos chárter.
Pero las islas están cada vez más lejos, mucho más desde que sucedió la guerra en 1982, porque antes del enfrentamiento bélico existía una convivencia por necesidad, con isleños que viajaban al continente a atenderse a hospitales, a tener sus hijos o a estudiar. Además, desde 1971 un grupo de maestras argentinas viajaba a las islas a enseñar español y en base a un acuerdo con las autoridades locales, existía presencia de empresas públicas argentinas en las islas, como YPF, Gas del Estado, Correo Argentino, hasta se abrió una oficina de LADE (Líneas Aéreas del Estado) en Puerto Argentino que se mantenían funcionando cuando desembarcaron las tropas argentinas el recordado 2 de abril. De hecho, existe un relato que da cuenta que fue un funcionario de LADE quien llevó una bandera blanca hasta la residencia del gobernador inglés, Rex Hunt, para solicitar su rendición mientras permanecía en su residencia de Moody Brook resistiendo acompañado de un grupo de marines. Ese día murió el capitán Pedro Giachino, única víctima que dejó el Operativo Virgen del Rosario, y primer caído en la guerra del Atlántico Sur.
La guerra dilapidó todo tipo de convivencia e interacción con los isleños que, de alguna manera, necesitaban de nosotros. Y quizás ahí esté el punto en cuestión a revisar para comenzar a entablar una relación más cercana de la Argentina con las islas: un acercamiento con ellos.
Es cierto que no es tarea sencilla, que los isleños están reticentes y rechazan todo tipo de intervención argentina. Tienen un gobierno autónomo que administra su economía, y una dependencia directa con Reino Unido, que vale decir, les prestó más atención a los pobladores y mejoró muchísimo su calidad de vida luego de la guerra.
Existe un hecho reciente que demuestra que, por una condición humanitaria como fue el Plan Proyecto Humanitario Malvinas, puede existir un dialogo que nos acerque a ellos. Este programa, que permitió la identificación de 119 cuerpos de caídos argentinos sepultados en Darwin, también se convirtió en una política de Estado para argentina, donde no sobran estas iniciativas de estabilidad de gestión y política, ya que comenzó con el gobierno de Cristina Kirchner, se realizó casi en su totalidad durante el período de Mauricio Macri y hasta tuvo un segundo episodio el año pasado, con la identificación de una tumba colectiva, durante el actual gobierno de Alberto Fernández.
Este programa humanitario contó con la absoluta colaboración de los isleños. Ayuda reconocida por los propios familiares de los soldados identificados y por quienes fueron iniciadores y protagonistas de este programa: el veterano argentino Julio Aro y el coronel inglés Geoffrey Cardozo, el hombre que tuvo a su cargo recoger, identificar y sepultar con honores a 246 soldados argentinos en febrero de 1983. Allí nacieron las famosas tumbas de Darwin con la ominosa leyenda “Soldado argentino solo conocido por Dios”. Esos héroes merecían recuperar su identidad mucho antes y no hacer esperar a sus familias entre 36 y 38 años para saber dónde fehacientemente descansaban sus hijos.
Esto se logró en base al dialogo donde lograron darle valor a una causa justa que todas las partes comprendieron. Quizás este programa humanitario, que será tomado como modelo de trabajo en el mundo por los elementos que condujeron al éxito de la negociación entre los dos Estados dándole el valor del derecho internacional humanitario, podría ser lo más importante que sucedió en torno a Malvinas para el interés argentino desde la culminación de la guerra.
Y fue exitoso porque existió un diálogo donde también participaron los isleños. Hay un hecho histórico que da cuenta de esto. En todo el territorio isleño está prohibido desplegar banderas o consignas argentinas en favor de la soberanía, para evitar situaciones violentas o agresiones con los habitantes locales. Algunas experiencias sucedidas de ese tipo entre argentinos e isleños llevaron a la legislatura local a tonar esa determinación. Sin embargo, el 13 de marzo de 2019, con motivo de un viaje que realizaron familiares de soldados caídos al cementerio de Darwin, lo que para muchos fue la primera vez en la que podían estar frente a las tumbas identificadas donde descansan sus hijos y seres queridos, se dio esa situación memorable: ese día la bandera argentina volvió a flamear en las islas Malvinas por primera vez desde el 14 de junio de 1982.
Nada asegura el éxito, pero las estrategias diplomáticas adoptadas hasta ahora solo alejaron a las Malvinas de la Argentina. Quizás hoy sea por ahí, acercándose a los isleños, tomarlos como sujetos de derecho y no como okupas, comprendiendo que muchas de esas familias llevan entre seis y ocho generaciones viviendo allí y así comenzar a construir confianza mutua. Este podría ser un camino que nos lleve de a poco a compartir, estrechar lazos y así iniciar un lento, pero forme proceso de recuperación de soberanía con nuestras islas Malvinas. Algo que hasta ahora no solo no hemos logrado, sino que nos estamos alejando cada día un poco más.





