Malvinas. La necesidad de nombrar una guerra incómoda

Un nuevo aniversario del conflicto armado con Gran Bretaña en el Atlántico Sur es una oportunidad de repensar lo vivido en el triste otoño de 1982
Federico Lorenz
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31 de marzo de 2019  

Trabajos de identificación de los restos de excombatientes en el cementerio de Malvinas, en junio de 2017
Trabajos de identificación de los restos de excombatientes en el cementerio de Malvinas, en junio de 2017 Crédito: Hernán Zenteno

En Malvinas hubo héroes y cobardes; familias orgullosas de que sus hijos fueran a combatir y otras que lo lamentaron o directamente los escondieron; oficiales que fueron un ejemplo y otros que resultaron el peor enemigo de sus subordinados; hubo estaqueos y acciones de inaudito coraje; pilotos audaces y enfermeras que vieron el efecto del metal sobre la carne; en grandes ciudades la guerra dio paso a los resultados del Mundial de fútbol y en otras las alarmas y los oscurecimientos fueron el pan de cada día; hubo regresos a escondidas y ciudadanos que alojaron a los soldados en sus casas, como en Puerto Madryn; padres que supieron por boca de jóvenes sobrevivientes que su hijo había caído en combate, y otros que aguardaron meses una noticia; tumbas con nombre y otras anónimas hasta hace muy poco.

La guerra de Malvinas tiene todos los ingredientes de las conflagraciones del siglo XX. Pero solo para los argentinos es inagotable: aquí, a nadie deja indiferente ni satisfecho lo que se dice sobre ella. Casi cuarenta años después, las formas de calificarla generan controversia: "gesta", "guerra absurda", "epopeya", "muertes inútiles". Ante las visiones sesgadas, las experiencias personales terminan siendo el último refugio para pensarla, como si fueran los pozos de zorro que en junio de 1982 protegieron los infantes argentinos.

Las controversias son secundarias e irrelevantes frente a la forma en la que los protagonistas directos eligen recordar y nombrar lo que vivieron. Sin embargo, la guerra de Malvinas fue decidida y conducida por la dictadura militar, y es imposible abstraerla de su contexto histórico. De allí que cada año las discusiones se renueven. Como escribió Ítalo Calvino en Palomar: "Los que siguen viviendo pueden, a partir de los cambios vividos por ellos, introducir cambios también en la vida de los muertos, dando forma a lo que no la tenía o que parecía tener una forma diferente: reconociendo por ejemplo un justo rebelde en quien había sido vituperado por sus actos contra la ley, celebrando a un poeta o un profeta en quien se había visto condenado a la neurosis o al delirio. Pero son cambios que cuentan sobre todo para los vivos. Ellos, los muertos, es difícil que saquen partido".

La guerra y la posguerra de Malvinas fueron vividas de maneras muy diferentes. Se desarrollaron en un campo de desinformación, tergiversaciones y ocultamiento que favoreció la circulación de historias fantásticas, en el contexto de las revelaciones sobre el terrorismo de Estado. La guerra en el Atlántico Sur fue procesada por la sociedad argentina mientras se enteraba de los abismos a los que había descendido.

Por eso, desde el final de la guerra conviven dos visiones antagónicas e irreconciliables: aquella que la pinta como una gesta en nombre de la Patria, y otra en la que los principales enemigos de los soldados fueron sus propios oficiales. Cada una puede ser abonada con ejemplos individuales, pero lo cierto es que la crisis de la dictadura militar condicionó la posibilidad de narrar épicamente la guerra al estilo de la historia escolar que muchos aprendíamos por esos días. Lo cierto es que el desinterés oficial (a la fecha, por caso, no hay publicada una historia oficial de la guerra), el peso de la retórica binaria, la sacralización de los temas y el blindaje a cualquier aproximación crítica que produce el hecho de que Malvinas sea una "causa nacional" dificultan reflexión sobre lo vivido en ese triste otoño de 1982.

Acaso haya una razón cultural más profunda que vuelve difícil pensar la guerra de 1982. En una conferencia de 1979 titulada "El libro", Borges señaló que los países necesitan una panacea que cure sus problemas, "una suerte de contraveneno de sus defectos". Con ironía, dijo que "nosotros hubiéramos podido elegir el Facundo, de Sarmiento, que es nuestro libro, pero no; con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido el Martín Fierro, que si bien merece ser elegido como libro, ¿cómo pensar que nuestra historia esté representada por un desertor de la Conquista del desierto?".

¿La tierra que tenía en el general San Martín a su referente militar, que tenía un pasado militar del que enorgullecerse, puede identificarse en la figura de un gaucho rebelde y desertor? El Martín Fierro, entre otras cosas, es un catálogo de las vejaciones sufridas por los soldados argentinos a finales del siglo XIX. Con el tiempo, las duras condiciones de vida del soldado Fierro fueron desdibujadas por el halo romántico de su figura. Cuando Borges pronunció esas palabras, la guerra de 1982 ni siquiera aparecía en el horizonte. ¿Es tan paradojal, a la luz de los acontecimientos del Atlántico Sur, que el poema nacional de los argentinos hable sobre un desertor y soldado maltratado del siglo XIX?

Los fantasmas de la guerra se alimentaron de la falta de información, de la mezcla de orgullo y vergüenza, dolor y alivio. Malvinas, esa guerra contra una potencia colonial, no escapó a lo que la sociedad argentina era en esos años: un país que había aprendido a convivir con la muerte.

Al finalizar la guerra corrió un macabro rumor. La historia contaba que un soldado que había perdido ambas piernas en las islas llamaba desde un hospital a sus padres y les pedía permiso para alojar a un supuesto compañero que había vuelto en esa condición. Cuando sus padres se negaban a hacerlo, argumentando que sería un trastorno, el joven mutilado replicaba que el inválido era él. Luego cortaba la comunicación y se suicidaba. La historia, con variantes, circuló por todo el país y aún hoy aparece en evocaciones de la guerra. ¿Qué es lo que la volvió verosímil?

En un trabajo de investigación, La llamada, exploré no tanto si fue posible que eso sucediera, sino por qué le dimos fuerza de verdad en aquellos años que tanto tuvieron de "primavera democrática" como de "show del horror". Si la historia parece reflejar solo las dificultades que encontraron los ex combatientes en los primeros tiempos posteriores a la derrota, con el paso de los años este rumor encarnó el abandono y el desinterés -sobre todo estatal, pero no solo- que los ex combatientes sintieron que hubo hacia ellos.

La mutilación es literal: los que han ido a la guerra ya no serán los mismos, hayan vuelto enteros o no. Que el diálogo sea entre el joven soldado y su madre dice varias cosas. Es una familia rota por la guerra. El mutilado, metafóricamente, no encaja ni en su hogar ni en su sociedad. Es el relato del regreso a la patria. Acaso sus compatriotas no hayan querido o podido escucharlo.

El soldado que protagoniza el rumor ha sobrevivido. Ha perdido la posibilidad de ser aquello que le habría dado sentido a su experiencia: un caído por la patria, un "santo laico". En su condición de herido de guerra, es una presencia molesta, porque alguien a quien le faltan los miembros recuerda, a quienes lo ven, las consecuencias de la guerra. Durante la década del 80, el rumor del mutilado expresó la dificultad de los veteranos para ser parte de un mundo que, parido por la guerra en la que habían peleado, no parecía tener lugar para ellos. Así, el peso de las contradicciones de la posguerra cayó sobre los ex combatientes.

La sociedad argentina no ha enfrentado la responsabilidad de los muertos que produjo, entre otras cosas porque aún no le ha puesto nombre a lo que vivió. El rechazo al soldado que protagoniza el rumor sugiere que los argentinos no estaban dispuestos, en esos años fundacionales de la democracia, a hablar de la guerra. La incomprensión, la imposibilidad de comunicación, no se debieron a la derrota, sino a una voluntad de olvido más amplia. No solo la de la derrota en las islas, sino la de la matanza interna.

El rumor no solo habla de derrota y frustración. El joven suicida, con su gesto, habría expresado la oposición a ser absorbido por un relato histórico en el que no se reconocía. Sin embargo, en ese gesto final que echó a rodar el mito anida la posibilidad de una reparación: la justicia realizada en una narración sobre el pasado que lo incluya con sus actos, sus motivos y sus deseos. Esa es la demanda recurrente en cada aniversario.

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