
Malvinas, la razón y la emoción
Por Gabriel M. Astarloa Para LA NACION
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Un nuevo aniversario del 2 de abril de 1982 nos invita a la reflexión, siempre enriquecida con la perspectiva que brinda el paso del tiempo. Cuando se ha tenido, como en mi caso, la posibilidad de realizar hace pocos días una breve, pero intensa visita por vez primera a las islas Malvinas, la meditación se vuelve todavía más profunda e inquietante.
Las Malvinas fueron, son y seguirán siendo por mucho tiempo una espina clavada en nuestra alma colectiva y en el corazón de cada uno de los argentinos. Por ello, cuando regresamos de este viaje no nos sentimos los mismos que éramos al partir. Estar en las Malvinas es vivir la alegría de pisar esa tierra tan añorada, pero también sentir el dolor que sacude y conmueve; la razón y la emoción nos sugieren allí cosas que, como a veces ocurre, pueden transitar por caminos diversos.
Los sentimientos se adelantan. Poco después de que el piloto del Piper bimotor PA 31 nos dio aviso a los cuatro pasajeros de que estábamos por sobrevolar la isla Gran Malvina, la tierra se apareció bajo un manto de nubes que nos recordó de inmediato la marcha que hemos cantado tantas veces.
Tras tocar tierra, el cartel de "Stanley Airport" y el sellado del pasaporte nos provocan un lógico cosquilleo. Los pozos provocados por las bombas al costado de la pista y los carteles de peligro por los campos minados en el trayecto a la ciudad capital evidencian aún las frescas huellas de la guerra.
No nos parecen dos pequeños islotes sin valor perdidos en el mar austral. Sorprende su vasta extensión, así como su particular belleza; es un paisaje patagónico, pero con características propias. No se ven árboles, pero sí abundante agua y piedra entre la turba; las elevaciones brindan una agradable perspectiva y los caseríos se dejan ver cada tanto a la distancia como verdes praderas sobre el mar. Al atardecer, el sol pugna por salir entre las permanentes nubes haciendo brillar los campos como el oro bajo el azul intenso del cielo.
El silencio y el dolor calan el alma cuando llegamos al cementerio argentino en Darwin. Los cientos de cruces blancas lucen ahora acompañadas por una cruz de más de tres metros de altura que preside el sobrio monumento construido en homenaje a todos los caídos, bajo el impulso de la comisión de familiares. Falta sólo la llegada de la imagen de la Virgen de Luján, cuyo manto blanquiceleste cobijará a los héroes que allí descansan.
Cerca de Goose Green, los restos del A4 que explotó en el aire, pilotado por el teniente Gavazzi, nos acercan las reconocidas hazañas de los pilotos argentinos. El paso por Monte Longdon y las trincheras todavía abiertas en Tumbledown, escenarios en las inmediaciones de la ciudad capital de las últimas y duras batallas, ofrecen todavía a la vista indubitables pruebas de la presencia de nuestra tropa, como morteros, un cañón antitanque de 105 milímetros, cables de Entel que servían para las comunicaciones, una manta, un piloto de lluvia, un par de medias y hasta un cepillo de dientes. Se recrean en nuestra mente las imágenes de la heroica resistencia de tantos hombres bajo el viento y el frío y las de los muchos combatientes que regresaron, pero cuyas vidas han quedado marcadas para siempre. Sentimos en esos momentos muy próximos en las islas a quienes muchas veces, teniéndolos cerca, olvidamos en el continente.
Entre tantas emociones, una mirada más serena permite también advertir realidades que, aunque cueste aceptar, resultan insoslayables. Pese a la heroica y patriótica gesta de muchos militares que allí estuvieron y a las ejemplares muestras de solidaridad de todos los argentinos, la ocupación de las islas en 1982 fue, con todo, una decisión irresponsable, en la que se cometieron gruesos errores políticos y militares, incluyendo los estratégicos, operacionales y logísticos reconocidos por las propias Fuerzas Armadas.
En las islas, según lo destacan hoy los propios malvinenses, existe un antes y un después de 1982. Los 74 días de la guerra generaron un fuerte trauma en toda la población, pero trajeron, con el tiempo, considerables beneficios para el progreso y desarrollo. Hoy no se ven "kelpers", sino una comunidad próspera y organizada que desea conservar su status por el próximo tiempo, pero que no descarta en el futuro avanzar hacia un régimen de mayor independencia. A diferencia de antes de la guerra, hoy poseen caminos, modernas telecomunicaciones, conexiones aéreas frecuentes con Londres, un buen sistema de salud y educación primaria y secundaria y nuevas posibilidades de negocios a través de la pesca, cuyo régimen se encuentra actualmente en discusión, y del turismo, especialmente a partir de la inclusión de las Malvinas en el itinerario de los cruceros que navegan por los mares australes. Existe una creciente infraestructura en las islas para recibir a los turistas, atraídos por lo que se promociona como un reservorio natural y por conocer el escenario del último enfrentamiento bélico convencional entre dos países occidentales. Un solo dato es de por sí revelador: en esta última temporada de verano, entre noviembre y marzo, casi 45.000 turistas visitaron las Malvinas.
Pese al respeto y cortesía con que fuimos tratados, puede palparse la sensación de fuerte rechazo y desconfianza que sigue generando la Argentina. La necesidad de contar con un vecino continental para el comercio, transporte y mano de obra es hoy satisfecha por las crecientes relaciones con Chile. Esto queda evidenciado por el hecho de que ya casi el cinco por ciento de la población de las islas es originario de dicho país.
Realidades, emociones, dudas sobre cuál puede ser la estrategia para intentar dar algunos pasos para revertir el grave retroceso padecido tras la guerra. Todo ello golpea muy fuerte en la mente y en el corazón. Pero ninguna pregunta resulta tan aguda y estremecedora como la que se siente surgir de cada tumba en el cementerio argentino de Darwin: "Decime, para los argentinos, allá en el continente, ¿he muerto en vano?".
La razón puede amenazar con inclinarse a una cruel respuesta que nuestro ser no quiere ni puede acompañar. La recuperación del sistema democrático es un beneficio que luce causalmente remoto como respuesta: nadie fue allí a pelear por eso. Deploramos la decisión de ir a la guerra, pero nos invade la gratitud por quienes dieron su vida luchando por esta causa noble y digna. Queremos encontrar una respuesta adecuada frente a tamaño sacrificio y se nos ocurre que tal vez podamos hallarla en el futuro. Sólo cuando los argentinos nos empeñemos y comprometamos en serio en la construcción de un país mejor, siguiendo el ejemplo de abnegación y amor a la Patria que demostraron quienes allí descansan, entonces sí, nos parece, podremos contestarles con la frente alta que su entrega ha tenido también para nosotros un sentido.




