María Obligado: un largo siglo de olvido

María Paula Zacharías
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14 de julio de 2019  

La pintora María Obligado vivía en un palacio en las barrancas del Paraná. En Ramallo, era una construcción rara e imponente, que fue agrandando desde 1880 hasta el fin de sus días. Tenía el cuarto propio más grande que se haya visto. La rodeaban más de mil de sus obras, una biblioteca de 20.000 ejemplares, una pinacoteca personal de 60 piezas escogidas, esculturas y muebles que pertenecieron a personajes como San Martín o Deán Funes. También guardaba la porcelana de Rivadavia.

De cada viaje traía aves que cantaban en sus jardines. La leyenda dice que llevaba un diario de sus uniones y defunciones, que los mandaba embalsamar cuando morían y que podía entender su canto. También volvía con fervor de faraona, y agregaba salones y detalles a la estrambótica vivienda, suma de todas las modas y los estilos. Terminó en desguace: se demolió en 1945 para extraer la gran cantidad de hierro que había en sus paredes.

María Obligado de Soto y Calvo (1857-1938) heredó una fortuna familiar, y por eso pudo dedicarse sin presiones a lo suyo, con largas estadías en París (con idas y venidas, alrededor de 15 años), donde se formó y triunfó. Cuatro veces integró con éxito el Salón de París, con gran eco en la prensa francesa y argentina. Pero el tiempo no le hizo justicia. "María Obligado ha permanecido marginada de esta historia heroica de argentinos que conquistan París", dice la investigadora que recuperó su memoria y desempolvó su obra, Georgina Gluzman, en su libro Trazos invisibles (Biblios, 2016).

En su apellido hay dos poetas: su famoso hermano, Rafael (ilustró la tapa de su libro Santos Vega), y su prolífico esposo, Francisco Soto y Calvo, que publicó más de veinte libros en ediciones pagadas por él mismo y la fama le fue esquiva. Soto y Calvo la acompañó en su carrera con devoción y atesoró su obra. La relación de la artista y el escritor es tan fuerte que los retratos de cada uno incluye al otro, él con su barba blanca y vestir bohemio, ella de batón y pinceles. No tuvieron hijos.

Antes de morir, Obligado legó su obra y parte de sus bienes a un futuro museo de historia. Puso una condición: que se construyera antes de un año y medio. Julio Marc lo logró en 1938 y desde entonces funciona el Museo Histórico Provincial Julio Marc en Rosario (MARC). Con gratitud, en el despacho del director siempre estuvo el retrato de la primera donante. Después, desde 1918 hasta hoy, no se hizo ni una retrospectiva de su obra. Recién hace diez años Gluzman rastreó su pista y la muestra que curó y que hoy se ve en MARC es el resultado. "María Obligado, pintora" resume 50 años de labor y repara más de cien años de olvido.

El poeta Rubén Darío escribió en LA NACION en 1901: "Esta señora, estudiosa y amante del arte, logra imponerse sobre el receloso grupo de aficionadas y se atreve a empresas que honran su voluntad y su inteligencia". Igual, la ignoraron todos los historiadores, menos José León Pagano, que reconoció que merecía un lugar junto a los más importantes artistas de su generación.

En la muestra del MARC hay una línea de puntos en una pared. Marca el tamaño de 4,43 x 3,21 metros de una pieza que falta, que es fundamental: La Hierra, que Obligado presentó en el Salón de París de 1909. La pintó con los bocetos que tomó durante la marcación de ganado de un campo vecino. Fue sensación, porque además de la destreza técnica y su tamaño, incluye la osadía de llevar un tema costumbrista al formato salón, según escribe Gluzman. Aunque la pieza está donada al museo e integra su inventario, nunca estuvo ahí.

Desde tiempos inmemoriales, esa obra poderosa adorna una peña, donde se suceden bailes, recitales y comilonas. Nadie recuerda desde cuándo está en el Instituto de la Tradición Martín Fierro, en Laprida 1419 (Rosario), fundado hace 76 años una encantadora réplica de la Casita de Tucumán, declarada sitio histórico e institución benemérita. Cuelga de una pared con humedad.

Quizás esté ahí desde siempre porque no pasa por las puertas. La intención del director del MARC, Pablo Montini, es desmontarla (aunque en la fonda dicen que ya están "encariñados") y mandarla directo a Taller Tarea, único lugar donde se podría revertir el desgaste de casi ocho décadas de choripaneadas y chacareras. "Si no, no es posible moverla. Para eso hacen falta 50.000 dólares", dice Montini. El MARC acaba de festejar sus 80 años y se anunció que recibirá 30 millones de pesos para restaurar y climatizar sus salas y sumar una nueva reserva museológica. Se están por licitar las obras. "Ya se restauró la fachada y volvimos al diseño original de Ángel Guido", cuenta Montini. Piensa que quizá pueda recuperarse La Hierra, que parece tener un destino ya marcado. El director quiere instalarla en una pulpería que va a reconstruir dentro del museo, como la que tuvo en sus orígenes. Los gauchos de la pintura seguirán a gusto.

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