
Marruecos, lección de convivencia judeo-musulmana
Por Julia Balkhausen Frankfurter Rundschau
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RABAT. En los años 40, vivían en Marruecos unos 250.000 judíos. Las grandes emigraciones subsiguientes a la primera guerra árabe-israelí, en 1951, y la posterior Guerra de los Seis Días redujeron esa cifra a 5000, el 80 por ciento de los cuales reside en Casablanca. Con todo, la comunidad aún mantiene una vida social muy activa. "En Casablanca, hay treinta y dos sinagogas, un cementerio judío, varios restaurantes kosher, un club deportivo juvenil, un hogar de ancianos y hasta una escuela rabínica -señala su líder nacional, Serge Berdugo-. Tendremos menos rabinos que antes, pero todavía egresan anualmente tres o cuatro estudiantes." Entre los de mayor renombre mundial, abundan los marroquíes, incluidos los grandes rabinos de ciudades tan importantes como París, Londres, Bruselas y Caracas.
Este año, inaugurarán un museo judío en Casablanca, el primero de su clase en el mundo árabe. Intentarán así despertar el interés de la población musulmana por una comunidad que, desde hace dos mil años, considera a Marruecos su hogar.
Su historia y la musulmana han estado estrechamente ligadas desde que los árabes conquistaron Africa del Norte e islamizaron el Magreb, a fines del siglo VII. Juntos partieron hacia España, donde coadyuvaron a marcar un glorioso período de ocho siglos. Juntos la dejaron, terminada la dominación musulmana, para retornar a Marruecos.
Ya en el siglo XX, cuando el régimen colaboracionista de Vichy aplicó las leyes antisemitas en Marruecos (por entonces, protectorado francés), el sultán Mohammed V quiso impedir que sus súbditos judíos llevaran la estrella de David. Ante la negativa del gobernador, según cuenta Berdugo, el sultán le preguntó cuántas iban a confeccionar para Marruecos. "Doscientas mil", respondió el gobernador. "Hagan cuarenta más, para mi familia", pidió el sultán. La gratitud y la confianza de la comunidad judía fortalecieron sus vínculos con la corte real, aún vigentes.
Al conquistar Marruecos su independencia, abrió las puertas de la administración pública a los judíos. Bajo Hassán II, André Azoulay ocupó uno de los cargos más altos alcanzados por un israelita: consejero real en comercio exterior. Berdugo fue ministro de Turismo entre 1993 y 1995.
A cambio de esto, la comunidad judía tiende a practicar su culto con discreción. Además, siguiendo una vieja costumbre, en las sinagogas se reza por la salud del rey. "Ante todo, somos ciudadanos marroquíes y un marroquí nunca puede perder su nacionalidad -señala Berdugo-. Cuando murió Hassán II, hace dos años, muchos judíos marroquíes que habían emigrado a Israel guardaron luto."
Política y religión
Pero no hay rosas sin espinas. Los violentos enfrentamientos entre israelíes y palestinos también han ensombrecido el reino de Marruecos. No obstante, Rabat siempre arbitró en el proceso de pacificación y mantuvo relaciones diplomáticas con Israel. En 1976, Hassán II recibió al primer ministro Yitzhak Rabin y, diez años después, a Shimon Peres. Poco antes de morir, pensaba concertar una entrevista con Ehud Barak para mayo de 1999.
Sin embargo, en octubre de 2000 unos 300.000 marroquíes se echaron a la calle, en Rabat, a manifestar en favor de sus hermanos árabes de Palestina. Quemaron banderas israelíes y enarbolaron retratos de combatientes muertos en la intifada. Estos incidentes forzaron la mano del joven rey Mohammed VI: de la noche a la mañana, cerró la oficina de enlace israelí. La comunidad judía publicó una declaración que exhortaba a la paz en Israel y buscó un camino intermedio pronunciándose por una Jerusalén unida bajo doble soberanía.
"Para convivir, no es preciso amarse", advierte Berdugo, en total acuerdo con algo que, para su comunidad, es una cuestión de principios: eludir todos los temas delicados. De ahí su negativa a discutir la problemática del Monte del Templo o el papel de los judíos ortodoxos en el trazado de las políticas de asentamiento. Insiste en que su mente separa en forma absoluta la política de la religión.
No obstante, se enoja al recordar la exigencia del foro de organizaciones no gubernamentales durante la Conferencia de la ONU contra el Racismo, en Durban, de que Israel fuera declarado públicamente un Estado racista que practica el apartheid . "Es totalmente opuesto a la posición adoptada por el gobierno marroquí", dice. Por cierto, en un reportaje reciente de Le Figaro , el rey habló de las profundas raíces de la cultura judía en su país y elogió a Marruecos como modelo único de asociación judeo-musulmana.
La posición de los 700.000 judíos norafricanos emigrados a Israel contrasta con esta unidad: allí los consideran el núcleo duro del electorado derechista. En los años 80, fundaron el partido Shas, enemigo implacable de sus vecinos palestinos.
Berdugo hace cuanto puede por mantener a su comunidad apartada de este conflicto. "Para nosotros, los judíos marroquíes, "común" es una palabra maravillosa -dice, explicando su reserva sobre el tema-. Queremos llevar una vida común, cotidiana, igual que los demás."
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)






