
Más policías inmolados
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La delincuencia sigue tratando de amedrentar, mediante el desenfrenado empleo de la violencia, al conjunto de la sociedad e incluso a las instituciones que tienen la misión de defenderla. Parecería empeñada en lograr que poco a poco nadie se atreva a interferir en sus perversos designios. Hace algunos días, en sólo una jornada tres integrantes de la Policía Federal sumaron sus nombres a la ya extensa nómina de quienes entregaron sus vidas para preservar el orden público y las leyes que lo sustentan.
Ninguno de los policías abatidos vestía de uniforme: uno, suboficial retirado, trabajaba como custodio en un supermercado e intentó impedir que el comercio fuera asaltado; las restantes víctimas no estaban de servicio y trataron de frustrar sendos ilícitos. Al dar a conocer su condición, sólo lograron enfurecer más a los asesinos.
Al parecer, los malhechores han perdido el respeto que antaño les inspiraba la presencia de la autoridad policial, que en muchas oportunidades de por sí bastaba para sosegarlos; por el contrario, ahora esa circunstancia exacerba su ferocidad. La población tiene motivos para experimentar un sentimiento de desprotección. Si la delincuencia no se arredra ante la policía, ¿cuál es el destino que les espera a los particulares, de suyo indefensos y, además, atemorizados por las fechorías que se perpetran diariamente en la ciudad?
Más que nunca y en su propio beneficio, la comunidad tiene que colaborar -en la medida de sus posibilidades y circunscribiéndose al estricto marco de las leyes- con las fuerzas policiales. Para alcanzar ese objetivo, es urgente lograr el total restablecimiento de la mutua e imprescindible confianza que debe regir las relaciones de la población civil con las instituciones de seguridad que son parte integrante de ella.
Hace pocos días, un tribunal dictó severísimas penas a los policías bonaerenses que fueron encontrados culpables de la desaparición del estudiante platense Miguel Bru. El hecho de que la imposición de esas condenas haya coincidido en el tiempo con el comportamiento ejemplar de esos tres servidores públicos que cayeron en el cumplimiento del deber mueve a una reflexión sobre los contrastes éticos y humanos que caben en toda institución integrada por hombres. El honroso sacrificio de los policías inmolados en el ejercicio de su alta misión pone de relieve, una vez más, la magnitud de los riesgos asumidos por los servidores públicos que, sin desalentarse por las múltiples dificultades que afectan su labor específica -entre ellas, las magras retribuciones que perciben-, asumen cotidianamente la dura tarea de enfrentar al delito. Esa meritoria dedicación los hace merecedores del apoyo y la confianza de la comunidad, que reconoce -con razón- en la policía al único recurso eficiente y apto para contener los embates de la delincuencia.






