
Match point o la suerte inmoral
Por Diana Cohen Agrest Para LA NACION
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¿Qué importancia cobra el que una pelota de tenis caiga de un lado o del otro de la red? Si cae de un lado, ese hecho fugaz y en apariencia trivial inaugurará un curso de acontecimientos. Si cae del otro, un hecho casi idéntico al primero inaugurará un curso absolutamente diverso. Desde una perspectiva cósmica, si cada uno de los acontecimientos que seguirán será la consecuencia de una combinación infinita de factores que dan lugar a ese efecto y no a otro, podríamos pensar en una superposición igualmente infinita de mundos posibles, de cursos de acontecimientos no realizados. Nosotros mismos fuimos engendrados en un determinado y particularísimo encuentro, como quienes somos y no como otros. Unas horas más tarde, un minuto más tarde, tal vez un segundo, y nuestra identidad sería otra. Como la pelota de tenis indecisa sobre la red, por momentos parecería que es el azar la fuerza que mueve los hilos de la historia.
El azar es el núcleo del reciente film de Woody Allen. Con la colaboración de una benéfica e injusta fortuna, su protagonista, Chris, encarnará al individuo que, tras barrer con todo aquello que entorpece su camino, no logrará ser absuelto por su propia conciencia.
En nuestro universo moral, fuimos educados en la creencia de que la suerte no tiene nada que ver con el valor moral que solemos asociar, exclusivamente, a la intención que nos impulsa a comportarnos de cierta manera. La ética de la intención nos modeló en la creencia de que la buena voluntad no es buena por lo que logra, ni por su adecuación para alcanzar ciertos propósitos, sino que es buena en sí misma, como "una joya que brilla por derecho propio", al decir de Kant. Y con la misma lógica y con el mismo derecho, podríamos afirmar que si una mala voluntad logra o no sus propósitos perversos, es absolutamente irrelevante desde el punto de vista moral.
La moral que expulsa las consecuencias y se ampara en la pura intención, niega por principio el peso de la suerte en nuestras decisiones. Y en su dominio, hasta la expresión "suerte moral" parece ser una yuxtaposición imposible de dos conceptos tan diferentes que jamás podrían ser reunidos: porque si es suerte, se trata de un factor extrínseco a la voluntad que tiene vedado el ingreso al reino de lo moral, y si es moral, debe fundarse en principios que poco tienen que ver con el azar.
Pero lo cierto es que en las diversas dimensiones de la existencia humana, la suerte parece jugar un papel nada despreciable: el efecto extendido y profundo de la suerte en la vida humana pende sobre nosotros como una amenaza que silenciosamente nos recuerda que no tenemos un verdadero control sobre nuestras vidas. Corroe nuestra ilusoria sensación de seguridad, y hasta nuestras presuntas certezas sobre proyectos, vínculos humanos y objetivos de vida. Vivimos a merced de la suerte. Y mal que nos pese, la moralidad no puede ser inmune a ella: si la suerte afecta las decisiones que tomamos en nuestras vidas, entonces esa suerte posee un contenido moral, y es -para desdicha de muchos- ni más ni menos que una suerte (in)moral.
Thomas Nagel (junto con Bernard Williams, quienes treinta años atrás dispararon esta problemática filosófica) sostuvo que la suerte afecta a la moral bajo figuras diversas, las que nos ayudarán a comprender la escisión interior sufrida por el protagonista del film.
La primera de las figuras es la "suerte constitutiva", la cual alude al hecho de que fuimos arrojados a la vida con un bagaje genético y en un medio social que, aunque ajenos a nuestro control, configuran parte de lo que somos. La lotería de la vida incide en la clase de persona que somos, la que no depende de lo que se hace deliberadamente, sino de las inclinaciones, capacidades y temperamento. En el film esta figura se encarna cabalmente en el pérfido y codicioso Chris, quien gracias tan sólo a un esfuerzo de su voluntad, logra ocultarse tras una máscara socialmente aceptable. Otra de las figuras en la que se encarna el azar es la "suerte circunstancial", que reúne la clase de problemas inherentes al vivir y, en el caso puntual de Chris, los acontecimientos inesperados con los que se habrá de confrontar: a diferencia del Raskolnikov, ahogado en la culpa de Crimen y Castigo (cuyas páginas lo acompañan en sus noches de insomnio), Chris enfrenta las circunstancias con una actitud opuesta al personaje de Dostoievski.
Por último, la figura de la "suerte resultante" designa el desenlace finalmente azaroso de nuestras acciones y proyectos. Y en la historia de Chris, un destino exonerado por la familia, la sociedad civil y la ley positiva.
Un crítico acérrimo de la suerte moral debería probar que cada una de estas figuras no tienen efecto en la moral. Pero, ¿es posible?
Con el ingreso del factor suerte en la dimensión de la moralidad, no son los conceptos de bien o de mal los puestos en duda, sino las nociones de culpa, responsabilidad y justificación de nuestras acciones. Si la moralidad dependiera de la suerte, entonces nuestros juicios morales discurrirían sobre acontecimientos que se encuentran fuera de nuestro control. Pues sólo exoneramos de responsabilidad moral si lo sucedido no puede evitarse. O si sucede por ignorancia, como cuando tendemos un manto de piedad frente a la tragedia de Edipo y Yocasta. Más aun, la idea de que la moralidad es inmune a la suerte parece redimir al mundo de sus injusticias. Si la moralidad no depende de los avatares de la suerte, entonces se puede creer en la justicia. Justicia concebida ya como la opción de ser moral -disponible como tal para cualquiera-, ya como el recto merecimiento en concordancia con la calidad moral de nuestras intenciones y acciones.
Pero una vez que consentimos a la existencia de la suerte moral, esto es, a la creencia de que factores extrínsecos interfieren en las decisiones humanas, no nos queda sino admitir con T. Nagel la paradoja del concepto de responsabilidad: una persona sólo puede ser moralmente responsable por lo que hace. Pero lo cierto es que aquello que hace, es el resultado en gran parte de lo que no hace (la suerte). Por lo tanto, no puede ser moralmente responsable por aquello de lo que es y no es responsable. El yo responsable parece desaparecer, diluido en o devorado por el curso de los acontecimientos.
La paradoja, aun cuando lastime nuestras ansias de justicia, parece ser irresoluble. Y es cierto sentimiento de injusticia aquello que logra trascender los valores artísticos hasta adquirir un estatuto casi cósmico. Y también es aquello que distancia el final de Match point del clásico happy end.





