Medea, un mito con voz actual

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11 de noviembre de 2014  

Algunas novelas son como máquinas de acción directa: apuntan al corazón, y allí se quedan. Otras semejan prismas que, en lugar de la luz, descomponen el tiempo. Y uno se deja llevar, mientras las palabras tejen sentidos, destilan recuerdos anclados más allá de lo que la memoria podría atestiguar.

Tengo en mis manos Medea, de Christa Wolf: un cristal de esquirlas imprevisibles, afortunadamente reeditado, que vuelvo a leer por estos días, cuando aún persisten los ecos del 25° aniversario de la caída del Muro.

Releo algunos párrafos de la novela: su inesperada cercanía, la fecunda alternancia de voces, la humanidad desbordante de un mito que blande su larga mano a través del tiempo, lo atraviesa, y nos llega a tocar. Me digo que sólo alguien profundamente atravesado por su propia época pudo haber contado la historia de la mujer de la Cólquida del modo en que esta autora lo hizo. Christa Wolf, la intelectual de izquierda. La mujer que, tras el fin de la Segunda Guerra, optó por el proyecto de Alemania del Este, donde vivió. La escritora cuyo nombre sonó en más de una ocasión entre las candidaturas al Nobel. La ciudadana que -en lo que para algunos es sombría maledicencia y para otros aún más sombría certeza- habría sido informante de la temible policía política de la ex RDA.

El dato no modifica el delicado sortilegio de la novela. Pero le imprime otras resonancias.

El mito de Medea es, ante todo, la historia de una mujer salvaje. No por el célebre filicidio -que en la versión de la Wolf no se comete-, sino por su condición de extranjera, su sabiduría arcaica, su reticencia (cercana a la de Antígona) a someterse a las leyes de una ciudad que no es la propia. Y, cómo obviarlo, su poder para hincar tan hondo en el deseo de Jasón como él lo hace en ella.

"Te voy a comer el corazón", le dice la Medea de Wolf a Jasón el argonauta, la noche del Mediterráneo extendida como un manto sobre los dos; sus cuerpos impelidos a un encuentro que no tardará en hacerse abismo. Jasón recordará luego esa frase, como azorado por el goce que en su momento le significó. Jasón, magnífico cuando reinaba en su nave y opaco cuando, de regreso a la ciudad, se rinde a las intrigas cortesanas. El poder tira sus dados y él no hace más que tomarlos: un juego donde no hay lugar para Medea la extranjera, la mujer a la que no puede renunciar, pero a la que de todos modos terminará traicionando.

Christa Wolf hace hablar al argonauta, y al dejar que fluyan sus palabras dota al ser mítico (esa figura dual, el aventurero y el pusilánime) de una imprevista carnadura. Como al resto de los personajes, logra volverlo -aun en sus acciones más nefastas- abrumadoramente humano. Y, con esa misma cercanía, da cuenta de la traición con la que Jasón provoca la ruina de su familia y la de su propia vida.

Tragedia con mayúsculas. Pero también tragedia en temblorosas, dubitativas, inútilmente aguerridas minúsculas: las de la vida de seres comunes -al fin y al cabo, un hombre, una mujer, sus hijos- devastados por la crueldad de eso que los mitos llamaban Destino. Algo muy parecido a lo que en el siglo XX -y esto lo debía saber muy bien la autora- solía denominarse Historia.

"Esta ciudad está fundada sobre un crimen": Medea la salvaje descubre (y caro lo pagará) hasta dónde pueden llegar algunos cuando es el poder lo que está en pugna. Me pregunto cuánto de los descubrimientos de Christa Wolf latirá en las palabras y gestos que imprime a sus personajes. Cómo su propio pasaje por tiempos turbulentos -el insidioso mecanismo del Estado totalitario- se habrá hecho carne en lo intempestivo de Medea, en la traición de Jasón.

Como un resabio de las celebraciones del domingo, aún reverberan imágenes de los fragmentos del Muro, esos que hace un cuarto de siglo caían bajo los golpes de maza y que hoy, interpelados por grafitis, memoriales y paseos turísticos, diseminan su memoria por todo el globo. Se gestaron proyectos, certezas, aspiraciones y sacrificios a ambos lados de esos paredones de hormigón. Hubo héroes y canallas, y quizá gente que fue un poco las dos cosas, alternativamente o a la vez. La historia, como los dioses paganos, tiende a movernos a su antojo. Y nadie sabe cuándo la maldición del poder -algo que va mucho más allá de las burdas maniobras de la política- puede llegar a tenderle una trampa.

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