Medz aghed. Genocidio armenio

Claudio Avruj
Claudio Avruj PARA LA NACION
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24 de abril de 2020  • 12:35

Se sabía, claro que sí.

El diario LA NACION en su edición del 9 de octubre de 1915, entre otras muchas, publica dos notas. Una primera bajo el título: "El martirio de Armenia" donde cita: "Una información recibida por el New York American nos hace volver, una vez más, los ojos a los horrores de Armenia.". La segunda, "La guerra europea: las matanzas de armenios, atrocidades atribuidas a los turcos", dice en su interior: "De un millón y medio de armenios que habitaban últimamente en Turquía, han perecido hasta ahora más de las tres cuartas partes. La matanza continúa con encarnizamiento, los perseguidores se llevaron más de las dos terceras partes de las niñas del colegio y seis niños de siete años.".

MEDZ AGHED, MEDZ YEGHERN TSEGASBANUTIUN. Catástrofe, Crimen o Crimen de Estado, respectivamente, son las palabras en su lengua natal con las que el Pueblo Armenio nombra al Genocidio Armenio perpetrado por los Jóvenes Turcos entre 1915 y 1918.

El Genocidio Armenio fue el primero del siglo XX, tal como lo afirmó el Papa Francisco en 2015, en ocasión de conmemorarse el centenario de la tragedia que costó las vidas de 1.500.000 de hombres, mujeres, ancianos y niños, solo por la lealtad a su identidad y pertenencia milenaria.

Seguramente, si las Naciones Unidas hubieran tomado conciencia de su significado e impacto el Holocausto perpetrado por los nazis no habría sido posible.

En los esfuerzos que el mundo democrático realiza para alentar la convivencia y la paz, nuestro país en 2006 dio un paso gigante desde el punto de vista político y defensa de los derechos humanos al reconocer el Genocidio Armenio, siendo además uno de los primeros en hacerlo.

La aprobación por unanimidad de la ley que consagra esta fecha como Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los pueblos que es pensada "con el espíritu de que su memoria sea una lección permanente sobre los pasos del presente y las metas de nuestro futuro", es un tributo a la verdad histórica, un acto de justicia, y también un reconocimiento a la comunidad armenia argentina por su compromiso y aporte permanente.

Hoy la Diáspora Armenia se unirá en oración por sus héroes y mártires, elevando una vez más su voz que evoca el dolor, que pronuncia verdad, que exige reconocimiento, que convoca a la justicia, que invita a la reflexión. Con ellos estaremos muchos de distintas creencias e identidades, pero con las mismas convicciones. Este día nos congrega a todos.

Años atrás, en ocasión de un reportaje que le hiciera en su casa, Jorge Pushidjian me obsequió el libro "Regocijas mi Corazón". Una bellísima e importante obra del autor turco Kemal Yalçin quien se sincera al decir que "tras numerosas entrevistas comprendí que cada armenio es una gota en un mar de sufrimientos, una flor abierta en medio del incendio, un corazón abrasado por el fuego".

Este escrito además trae el plus del prólogo de nuestro entrañable Leandro Despouy, emblemático hombre de los derechos humanos, defensor a ultranza de la causa armenia y crucial en su reconocimiento por parte de Naciones Unidas. "El derecho a la verdad es un derecho autónomo. Los hechos aberrantes que presupone -crímenes contra la humanidad, violaciones masivas, Infracciones graves al Derecho Internacional Humanitario- extienden el agravio a toda la sociedad para invocarlo, ejercer lo y llevar adelante los reclamos", decía.

Para la comunidad armenia no hablar y no enseñar es imposible. Para nosotros es un deber conocer los acontecimientos históricos y sus consecuencias. Se lo debemos a las generaciones futuras.

En estos días de encierro forzado he visto la película "Negación". Es la historia del juicio que el tristemente célebre negacionista del Holocausto David irving lleva adelante contra la historiadora Deborah Lipstadt. El fallo es ejemplar, aleccionador, que provoca el descrédito definitivo del absurdo demandante. El juez deja en claro que ningún historiador objetivo y sincero puede negar la existencia de Auschwitz y que allí funcionaron las cámaras de gas que asesinaron a cientos de miles de judíos.

Desde 1915 las pruebas están aquí, los sobrevivientes dieron testimonio, la prensa dejó documentada la tragedia, y los descendientes saben de qué se trata. Son testigos. No hay lugar para negadores o distraídos. No hay lugar para el silencio y tampoco para la inacción.

En tiempos donde la incertidumbre gana espacio en nuestras vidas se torna indispensable comprender el valor que en Argentina tengamos jornadas como la de hoy que nos llaman a apostar día a día por la convivencia, la cultura del encuentro y el diálogo, basados en la verdad y el reconocimiento mutuo.

En 1915 el mundo sabía. Hoy sabemos mucho más.

Ex Secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación y Presidente Honorario del Museo del Holocausto

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