Reseña: Peregrinaciones profanas, de Fernando Noy

Memorias con ímpetu transgresor
Felipe Fernández
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18 de noviembre de 2018  

"La infancia es un don que en verdad solo algunos privilegiados logramos mantener intacto", dice Fernando Noy en Peregrinaciones Profanas, libro de memorias que recorre, con ímpetu dionisíaco, momentos y lugares, y constituye un afectuoso recordatorio de las personas que han formado parte de su vida.

Noy –poeta, performer, una figura cultural polifacética– nació en 1951 en San Antonio Oeste (Río Negro). La rama materna de su familia proviene de Irlanda. Del lado paterno hay un abuelo que fue un legendario malevo del Abasto, mencionado por Borges y por un tango de Cadícamo.

Estas crónicas "sin brújula ni límites precisos" abordan los episodios esenciales que van delineando la personalidad del autor. El chico de diez años, que ya se sentía poeta y viajó a Buenos Aires para rendir el examen de ingreso al Instituto Social Militar Dr. Dámaso Centeno, tuvo, al probarse los guantes plateados de una señora, otra clase de iluminación que actuó "como aviso inconsciente de lo que se vendría". Su paso como interno de ese colegio terminó abruptamente la tarde en que el rector le dijo a su abuela que su nieto se comportaba como una mujer.

Viviendo con su familia en Ituzaingó, conoció a la Manola, "aquella primera loca que adoré". A través de ella supo de Lorca y Cernuda, pero también de "Las Locas del Oeste", como Marisol, Lulú o la Estreya, un ex boxeador que luego de haber sufrido un terrible nocaut se despertó sintiéndose mujer.

A lo largo de Peregrinaciones Profanas fluyen innumerables anécdotas como la de su debut actoral en una versión de Cenicienta y la forma en que se salvó de hacer el servicio militar ("¿Tuvo sexo con hombres?", "Absolutamente"). Además, irrumpe un impresionante desfile de gente talentosa con la que Noy ha mantenido amistad: Paco Jamandreu, la poeta uruguaya Marosa di Giorgio, Olga Orozco, Elvira Orphée, Mercedes Sosa, Leda Valladares, el fotógrafo Alejandro Kuropatwa, María Luisa Bemberg, el chileno Pedro Lemebel son algunos de los nombres. Quizás el capítulo más conmovedor es el que le dedica a Alejandra Pizarnik de quien fue "cómplice para su interminable deriva insomne" y sobre cuyo suicidio afirma: "Alejandra muere de amor. De una pasión arrasadora por otra grande, Silvina Ocampo".

Noy habla también de su fervorosa adhesión al hippismo y evoca toda una época regida por el Instituto Di Tella. Luego vino su exilio en Brasil, alertado por su padre de que lo iban a terminar matando por su ropa estrafalaria. En Bahía se convirtió en un referente fundamental del destape de los años setenta hasta que en 1982 lo deportaron a la Argentina.

Durante una estadía previa en París había oficiado de dealer para un amigo y trabajado de modelo en la Escuela de Bellas Artes. A su regreso a la Argentina, vivió de lleno los "tiempos parakulturales", el nacimiento de una contracultura donde Cemento era "una estratégica trinchera de vanguardia", y el underground (o el "engrudo"), "un carnaval eterno y sin pausa", compartido con artistas como Batato Barea y Alejandro Urdapilleta.

Estas memorias –acompañadas de una galería de fotos que traen nostalgia, divierten y emocionan– testimonian, de un modo vital y fulgurante, los cambios que cíclicamente transforman los mandatos sociales imperantes. Lo que antes se consideraba marginal, transgresor e incorrecto es aprobado, se populariza en nuevas convenciones, pierde su gesto amenazante y se institucionaliza. Sin embargo, más allá de estas metamorfosis exteriores, Peregrinaciones profanas manifiesta en un plano más profundo, casi mitológico, la perpetua lucha entre Eros y Tánatos en los ámbitos más íntimos del deseo y el espíritu.

Peregrinaciones profanas

Por Fernando Noy

Sudamericana. 232 páginas, $ 429

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