
Menem en los Estados Unidos
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Sin demasiadas reservas, cabe considerar la visita que acaba de hacer el presidente Carlos Menem a Washington como altamente significativa para el afianzamiento de la línea política que su gobierno procura seguir en la relación con los Estados Unidos, como definición del papel internacional de la Argentina.
La aceptación plena y consecuente de los postulados rectores de la posición internacional norteamericana y la firme adhesión a los principios que recomiendan una economía abierta de mercado le han valido, finalmente, al presidente argentino, la satisfacción de un recibimiento inusualmente cálido de su anfitrión, según señalaron las crónicas periodísticas con motivo del encuentro que mantuvo con Bill Clinton. Independientemente de los efectos que esas conversaciones puedan tener en el curso futuro de las relaciones entre ambos países, y sin desconocer las fricciones que todavía afectan a nuestro país en su relación con la sociedad norteamericana, es evidente que ese clima favorable que rodeó a los encuentros constituye un punto a favor para Carlos Menem.
Enunciados como el de la posible modificación del régimen legal de las Fuerzas Armadas argentinas de modo que puedan intervenir en la lucha contra el narcotráfico según es expreso deseo del gobierno norteamericano, quizá contra la compensación de obtener una alianza militar directa -extra OTAN- con los Estados Unidos; el pedido a Clinton de que interponga sus buenos oficios ante el Reino Unido para que se avenga a considerar la espinosa cuestión de soberanía sobre las islas Malvinas; la renovada promesa de que serán reformadas las normas de propiedad intelectual, de suerte de adecuarlas a los requerimientos de la Casa Blanca en materia de patentes, y las gestiones para liberalizar el acceso de las carnes argentinas al mercado norteamericano revelan la existencia de propuestas y objetivos de indiscutible relevancia, cuya efectiva ejecución entrañaría, sin duda, cambios sensibles en diversos campos de la vida nacional, a la vez que mostraría a la Argentina como decidida adherente a la política internacional de los Estados Unidos.
Durante su permanencia en territorio norteamericano, Menem se vio en situación de responder en diversas oportunidades a los interrogantes de empresarios y de diversos sectores de opinión respecto de las situaciones de corrupción y de inseguridad jurídica en nuestro país. Es evidente que en esas materias, cualquiera sea la realidad objetiva, el Estado argentino adeuda a la comunidad internacional, a esta altura, una respuesta moral categórica, que también le reclama la sociedad en el propio país.
Contrariamente a lo sucedido en las anteriores visitas presidenciales a Washington, los asuntos económicos fueron relativamente opacados, esta vez, por los temas de política general, en claro trasunto del carácter protagónico que el propio Menem quiso dar a esta gestión. En efecto, sin perjuicio de que todo lo ocurrido durante el viaje presidencial -o casi todo- pueda reportar mejoras en las relaciones económicas y financieras, es claro que el tono de la visita fue sustancialmente político, incluidas sus nuevas declaraciones en pro de la democratización de Cuba y el anuncio de una visita de Clinton a la Argentina.
Es éste un resultado relevante, por cierto, de la visita de Menem a los Estados Unidos, lo que de ningún modo significa ignorar lo mucho que queda por hacer para consolidar satisfactoriamente los vínculos entre Buenos Aires y Washington. Pese a los desvelos de las partes, lo crucial de las relaciones entre ambos países sigue avanzando por un camino desparejo, en condiciones seguramente ajenas a la voluntad de los estadistas. Se repite, así, el clásico esquema que regula los tratos entre una gran potencia y otra mucho menor que sigue buscando un lugar en el mundo mientras procura resolver sus problemas más angustiosos, que no son sólo de carácter económico, y que requieren más que cordialidad y buenos deseos.






