
Mensaje desde el ombligo (vasco) del mundo
"¿Votás en las elecciones gallegas?"
La oficina del correo está a escasos cien metros, promedia septiembre, le acabo de pedir una fotocopia de la primera página de mi pasaporte español. El encargado de la librería, desde luego, sólo tuvo que sumar indicios.
"No, en las del País Vasco", le respondo. Entonces -con la naturalidad de quien habla no de una región más allá del océano, sino de un barrio acá a la vuelta- me empieza a contar que ya emitió su voto para el Parlamento gallego. En eso anda la charla cuando un segundo empleado, desde la otra punta del mostrador, lanza: "¡Gora Euzkadi!". Lo miro sorprendida; me pregunta, quizá suponiéndome conocedora: "¿Se dice así, no?". Le confieso que, en lo que hace al euskera, del "¡agur!" no paso. Y nos reímos los tres.
Ya en el correo, mientras preparo el sobre dirigido a la Junta Electoral de Territorio Histórico, me digo que a Esme le hubiera encantado toda la situación. Esme es mi prima. Mi prima vasca. Y entre las cosas que trajo en una reciente visita a Buenos Aires, había un afiche, la típica reproducción masiva de una obra de arte, firmado por un tal Jek Larson, del Wissenschaftler Art Group de Nueva York. "No sé si te gustará -me dijo mi prima, un poco dubitativa-. Pero allí está por todos lados. Y como dicen que los vascos somos unos fanfarrones..."
Lo que Jek Larson hizo (y así lo aclara en un extremo de la obra) es un "Mapa del mundo. Proporción real". Y ahí está, en el centro y ocupándolo todo, Bilbao. Ombligo del planeta Tierra y alrededores. Porque, asomando en el borde superior del planisferio, aparecen la luna, alguno que otro planeta y hasta el dibujo de una pequeña "Puerta estelar para venir a Bilbao desde las estrellas en plan rápido". Los trazos son rápidos, juguetones, falsamente inexpertos. Hay humor, bastante desfachatez, una considerable dosis de ternura. Puppy, la conocida escultura de Jeff Koons que custodia el Museo Guggenheim (un enorme cachorro recubierto de flores), es, en el mapa de Larson, simplemente "el perro". España aparece como una franja diminuta de tierra llamada "Spain" y Europa es una zona medianamente indeterminada coronada por algo denominado "Rusia y tal". Como ya me había pasado con la película Ocho apellidos vascos, disfruto de la cercanía que me permite identificar más de un guiño de endogamia aguda. Confirmo, también, las zonas de inevitable distancia.
Pero ¿quién es Jek Larson? ¿Un artista contemporáneo? ¿Un norteamericano repentinamente fascinado con el universo euskaldún? Artista, sí. Fascinado con lo vasco, desde luego. Pero en absoluto nacido en otro lugar que no sea esa misma ciudad pequeñita que él emplazó en el centro del universo.
Porque en realidad se trata de Juan Echegoien Krug (de allí Jek), nacido en Bilbao, residente durante dos décadas en los Estados Unidos, en su momento habitué del MoMA y de las galerías de la Quinta Avenida, que hoy se ufana de haber conocido a Andy Warhol. Autor de esculturas en acero y delicadas acuarelas, inicialmente no firmó su "Mapamundi de Bilbao" porque no quería que esa obra gráfica -marcada por el humor y cierta proximidad con la historieta- se mezclara con sus trabajos "serios". Por eso lo del Wissenschaftler Art Group, tan inexistente como el ficticio Jek Larson. Hasta que la vertiginosa diseminación de su mapa por todo Bilbao, reproducido en las más variadas formas y soportes, lo decidió a comenzar a firmar con su verdadero nombre. "Tengo una serie de pedidos para hacer mapas similares para Honolulu, donde vive mi hija Mariana, para Manhattan, Barcelona...", le enumeró el artista hace unos meses a El Correo, medio digital vasco, donde también aseguró que el mismísimo Guggenheim le encargó versiones de su célebre edificio.
Dicen los suspicaces que para muchos bilbaínos el mapa de Jek Larson/Echegoien no tiene nada de sorprendente ("Bilbao epicentro del planeta... una obviedad, vaya", ironizó la periodista vasca Isabel Ibáñez). Por mi parte, estoy encantada con el tono gozosamente naif del afiche, su humor despreocupado, el atento descuido de las inscripciones y dibujos. Acabo de enmarcarlo y sólo falta decidir en qué rincón de mi casa -porteña, porteñísima- ubicarlo. Por aquello de lo local-global. Porque el mundo cruje demasiado y a veces uno necesita aferrarse a cualquier cosa -un cuadro, un voto internacional, una palabra dicha en otra lengua- para soñar que la construcción de puentes es posible. Porque todos, al fin y al cabo, en algún momento nos sentimos el ombligo de algo y a todos nos viene bien reírnos un poco de eso.





