
Mentiras piadosas
Por Enrique Tomás Bianchi Para LA NACION
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El pensamiento del filósofo Leo Strauss (1899-1973), nacido en Alemania y después emigrado a los Estados Unidos, inspira a una parte intelectualmente importante del llamado neoconservadurismo norteamericano. Algunos de sus discípulos lograron gran relevancia académica. Otros detentan posiciones importantes de poder político. Por eso es cada vez más frecuente estudiarlo para encontrar algunas claves de lo que está pasando en nuestro mundo.
Strauss es conocido por su crítica del historicismo relativista, del positivismo y, en general, de la modernidad, así como por su tentativa de hacer revivir la cuestión del derecho natural. Anticomunista convencido, desconfiaba de Kennedy y admiraba a Churchill.
En sus clases, leía a los autores clásicos lentamente, línea por línea, tratando de extraer de los textos todo el sentido posible, en un estilo que alguien definió "talmúdico". Proveniente de una familia judía religiosa, un punto central en su obra es el análisis de la relación conflictiva entre lo que Strauss denominó metafóricamente Atenas (los filósofos que tratan de desentrañar los enigmas del ser guiados sólo por la razón) y Jerusalén (los creyentes que aceptan una revelación y sus mandatos).
Crítico de la Ilustración europea, en la que encontraba un cuestionamiento radical de la religión y una "cólera antiteológica", Strauss creyó hallar en ciertos sabios medievales –como el judío Maimónides y el musulmán Farabi– la posibilidad de conciliar a Atenas con Jerusalén.
La ley divina (revelación) comprendería dos categorías distintas: las creencias verdaderas y las creencias necesarias. Las primeras (creencias verdaderas) son idénticas a los principios filosóficos que conocen los sabios y que la ley revelada enseña de manera sólo implícita. Las segundas (creencias necesarias) no son verdaderas en el plano teórico, pero resultan útiles a la comunidad política y a su supervivencia.
Son mitos útiles para la conservación del buen orden social y son enseñados al vulgo. La ciudad terrestre –decía– no está preocupada por la verdad, sino por su propia conservación.
Esa necesidad de una "noble retórica" (o sea, la utilización retórica de "nobles mentiras") se remontaba –según los aristotélicos musulmanes y Maimónides– hasta el mismo Platón.
Por ejemplo, la existencia de una providencia particular (es decir, que Dios premia a los buenos y castiga a los malos) sería, en esta perspectiva, una creencia necesaria, útil para la vida social y la elevación moral de los individuos, pero carente de todo valor cognitivo. Afirmar la utilidad política de la religión no significa, por lo tanto, sostener que la religión sea verdadera.
Esta visión es, sin duda, elitista. En efecto, en tanto que Kant sostenía que todos los hombres eran iguales y debían ser liberados de la superstición y la opresión ("Sapere aude: ¡Ten el coraje de servirte de tu propio entendimiento! He ahí la divisa de las Luces"), Strauss pensaba que la desigualdad entre los sabios y el vulgo era un hecho fundamental de la naturaleza humana. A los filósofos les estaba reservado el conocimiento auténtico o –para expresarlo mejor– el planteamiento de las verdaderas preguntas. Al resto de las gentes les estaba destinada una versión adaptada y sólo poética de las cuestiones supremas, apta para ser comprendida por el común y, sobre todo, útil para evitar que la mayoría cayera en la desesperanza y el nihilismo. Vida filosófica, sin duda la más perfecta, por un lado, y ámbito de lo moral-político, por el otro.
Strauss –que era muy consciente del carácter subversivo de las preguntas que se formula el filósofo– quería para éste, más que la impertinencia de un Sócrates, la prudencia de un Platón, que buscaba no escandalizar las opiniones religiosas de la mayoría. Esa moderación también la encontraba en sabios como Farabi y Maimónides, a los que admiró.
Por eso pensaba que había un arte esotérico de escribir, que estaba dirigido a los filósofos, únicos aptos para develar las verdades ocultas en el texto, distinto del modo exotérico de hacerlo, dirigido a la común comprensión. Aquel arte de escritura habría sido practicado por los clásicos y se vincula con el deseo de no escandalizar al vulgo y, a la par, permitir la libertad de espíritu del filósofo. Ese arte parece haber sido ejercido por el mismo Strauss, "a quien le gustaba embrollar las pistas" (Georges Balandier).
Hay muchísimo más en el pensamiento de Strauss, maestro exquisito cuyas lecciones son recordadas por quienes tuvieron el privilegio de escucharlas. Aquí me interesó destacar su perspectiva ciertamente aristocrática, que distingue entre el saber de los pocos destinados a la vida contemplativa y los restantes habitantes de la ciudad terrestre, a quienes los últimos interrogantes y las cuestiones supremas parecen estar vedados.
Aunque él cuestionó a la Ilustración europea (las "luces" del Iluminismo), la pretensión utópica de hacer de cada uno su filósofo, prefiero esa utopía antes que el pesimismo straussiano, con su distinción entre los filósofos y el resto, o sea, nosotros (a los que en el bar llamaríamos "la gilada"). Es que uno no quiere ser destinatario de relatos que, como en el título de la canción de Joaquín Sabina, son sólo mentiras piadosas.





