
Menú de uvas, champagne y ostras para tres mujeres
Era la primera vez que la baronesa Karen Blixen, conocida por su nombre de fantasía Isak Dinesen, visitaba Estados Unidos y terminó siendo también la última. La exquisita escritora danesa había sido invitada por la Fundación Ford para dar una serie de charlas; su salud era precaria, la sífilis, la anorexia nerviosa y las anfetaminas no eran buena combinación a sus 74 años y sus 38 kilos de peso le daban aspecto de ligero fantasmita de ojos grandes. Sabía que la esperaban y que iba a pasar sus días de evento en evento; tenía un deseo y lo hizo público: quería conocer a Marilyn Monroe. Carson McCullers estaba sentada a su lado durante la cena de la Academia de Artes y Letras. Adoraba a Dinesen y hasta la consideraba su amiga imaginaria. Cuando escuchó lo que deseaba la baronesa, McCullers supo que podía darle el gusto. Se levantó con esfuerzo. Con su mano izquierda convertida en un garfio y con la otra mano apoyada en el bastón, dio un paso hasta la mesa de al lado en la que estaba sentado el dramaturgo Arthur Miller, marido de Marilyn, y acordaron el encuentro. Sería un almuerzo, sí. Sería en casa de McCullers, una construcción victoriana sobre el río Hudson en Nyack, Nueva York. Atropellada por el vértigo y la emoción, le comunicó el menú: ostras, uvas y champagne, para acompañar la excéntrica dieta que Blixen venía llevando en los últimos años. Ok, dijo Miller. Y avisó: pero vamos tarde, Marilyn nunca se levanta temprano.

Tal como se preveía, el 5 de febrero de 1959 debieron esperar la llegada de la pareja; según parece, la rubia además se demoró mientras terminaba de elegir cómo vestirse para la ocasión. Con 32 años y en el esplendor de su belleza, enfundada en un ajustado vestido negro de escote cordial y un saco corto con importante cuello de piel, Marilyn estaba tan hermosa que dolía. A sus 42, abrumada por crisis mentales, enfermedades y cirugías, Carson McCullers parecía una anciana. La muchacha que a los 24 había deslumbrado con su primera novela, El corazón es un cazador solitario, se había transformado dramáticamente en una mujer amarga y sombría. En 1953 había quedado viuda luego de que su atormentado marido Reeves se suicidara en un hotel de París. Su obra, en la que personajes apesadumbrados exhiben miserias, soledades y angustias filosóficas del sur de Estados Unidos, seguía destacada como una de las más originales y profundas. Ella y Marilyn ya se conocían, cuatro años antes habían estado alojadas al mismo tiempo en el Gladstone Hotel, de la calle 52, en Nueva York. McCullers estuvo allí mientras dictaba conferencias en la ciudad. La actriz había llegado al hotel en plena crisis de su matrimonio con Joe Di Maggio, luego de la pelea que tuvieron por la recordada escena de su blanco vestido al viento en La picazón del séptimo año. La crisis, en realidad, era también espiritual; el gran ícono sexual de Hollywood se hallaba al borde de sí misma, agotada del personaje que le había dado fama. En Nueva York la esperaban, además de una psiquiatra, clases de actuación con Lee Strassberg y el encuentro y matrimonio con Miller, que duraría hasta un año antes de su muerte, en 1962. Blixen murió también ese año y McCullers, cinco años más tarde.

La baronesa era un mito. Su vida en los internados suizos y, más tarde, en los países africanos, entre la naturaleza salvaje y los animales exóticos, eran motivo de curiosidad y admiración y sus relatos tenían lectores en todo el mundo. McCullers leía Out of Africa una vez al año, a la manera de ritual. Durante el almuerzo, la dama fumó y sostuvo su copa todo el tiempo. Las fotos sociales de ese encuentro tan bizarro como inesperado son increíbles, pero hay una en la que vale la pena detenerse. A la derecha, Karen Blixen bebe su champagne, concentrada en sí misma. Se la ve de perfil, la cabeza cubierta por una especie de chalina que la hacía parecer "una vela en una iglesia antigua", en palabras de McCullers. Juntas y efervescentes, a la izquierda de la imagen Carson le está dando un beso en la mejilla a Marilyn, quien sonríe con los ojos cerrados. Durante el encuentro, Marilyn contó que usaba el secador de pelo para apurar la cocción de las pastas. Más tarde Blixen dijo que Marilyn le pareció "increíblemente preciosa y de una vitalidad desenfrenada". Y la comparó amorosamente con un cachorrito de león que una vez le llevaron sus sirvientes nativos.

Carson McCullers dijo que había sido el mejor almuerzo que dio en su vida. Una versión aseguraba que las mujeres lo habían pasado tan bien esa tarde que, incluso, habían danzado sobre la mesa de mármol. Al menos Marilyn. Arthur Miller lo negó años más tarde.
"No fue para tanto", dijo.







