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Crónicas

Mi tía, la condesa asesina

Fernando García
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28 de octubre de 2018  

Sacha Batthyany tiene esas facciones características de los modelos masculinos de relojes o de alguna sofisticada loción que las marcas contratan para sus anuncios en las páginas de las revistas de moda y estilo. Pero lo suyo es otra cosa. Batthyany, que participará en el festival de no ficción Basado en Hechos Reales a realizarse en el CCK del 1 al 3 de noviembre, vive con su familia en Zúrich y es periodista en el Neue Zürcher Zeitung. Allí ha completado misiones de riesgo como acampar con refugiados o acompañar a una familia de inmigrantes en el tortuoso trayecto de Oriente a Occidente. Él mismo es hijo de la inmigración. Sus padres se instalaron en las afueras de Zúrich en los años de la Cortina de Hierro, dejando atrás un pasado aristocrático. Batthyany tiene aires de conde, aunque de aquel pasado le quede poco más que un apellido que trae el rumor asordinado de la caída del Imperio austro-húngaro. Su vida es la de cualquier suizo de clase media, ahora conectado a su computadora personal desde la habitación donde mantiene una videoconversación con la nacion a través de Skype.

La última misión de Batthyany no tuvo que ver con grupos étnicos desplazados ni con mafias del este enquistadas en alguna capital de la Unión Europea. No. La última misión de este periodista de investigación que habla un inglés claro y preciso de leve acento germánico fue desandar los pasos de una familia atravesada por los mayores totalitarismos del siglo XX: los que encabezaron Hitler y Stalin. En La Matanza de Rechnitz: historia de mi familia (Seix Barral), Batthyany tuvo que interpelar a sus propios parientes, echar mano a valiosos diarios íntimos, atravesar fronteras desde Moscú hasta Buenos Aires, para entender el silencio de los suyos sobre un episodio siniestro destapado por la prensa europea pocos años antes de la publicación de ese libro. El 24 de marzo (sí, 24 de marzo) de 1945 la multimillonaria Margit Thyssen-Batthyany celebró una fiesta en su palacete de Rechnitz, al sudeste de Viena, en la frontera con Hungría. Allí bailaron y bebieron numerosos jerarcas nazis. Una vez terminada la celebración, ejecutaron a 180 judíos húngaros y los enterraron desnudos en una fosa común en las inmediaciones de la finca. Esa mujer a la que la prensa inglesa llamó killer countess (condesa asesina) o a la que la prensa alemana bautizó "anfitriona del infierno", para Sacha Batthyany era simplemente "tía Margit".

"[…] Cuando era niño solíamos ir tres veces al año a comer con tía Margit, siempre a los restaurantes más caros de Zúrich. Mi padre echaba pestes por el camino y fumaba un cigarrillo tras otro dentro de nuestro Opel blanco. Mi madre me peinaba con un peine de plástico. La llamábamos tía Margit, nunca Margit, como si tía fuese un título nobiliario. Se había casado con el tío de mi padre, si bien el matrimonio fue un desastre desde el principio. Margit era la Thyssen multimillonaria y alemana; él, el conde húngaro venido a menos. Era alta, con un torso robusto sobre piernas delgadas […]. Después de su muerte, raras veces hablábamos de ella y mis recuerdos relativos a los almuerzos en el restaurante se difuminaron hasta el día en que, leyendo el periódico, tuve noticia de aquella localidad austríaca llamada Rechnitz. De una fiesta. De una matanza. […] ¿Y tía Margit? Estaba envuelta en el asunto".

La tía Margit, el eje de una historia siniestra
La tía Margit, el eje de una historia siniestra Crédito: FAMILIA SACHA BATTHYANNY

Escribe así Batthyany su recuerdo personal de la "anfitriona del infierno" en las primeras páginas de un libro que es una especie de cubo de Rubik, fetiche de la infancia de Sacha, donde según avanza la lectura (y la escritura) se torna de memoria personal a ensayo político; de investigación periodística a crónica de viaje y valiosa pieza de historia contemporánea en primera persona. Batthyany echa mano a una bibliografía canónica, tanto del Holocausto como del estalinismo: las memorias de aquellos que vivieron de primera mano el horror de la persecución y la tortura. El libro de Batthyany está indirectamente ligado a esa narrativa, pero se integra a otro cuerpo de textos, el de aquellos que tienen que indagar en las raíces de una identidad silenciada. "Creo que a mi generación le toca un trabajo distinto –cuenta–. Al tener mayor distancia sobre los hechos podemos permitirnos hacer preguntas sobre nuestro pasado cercano. Para mi padre, en cambio, lo más importante era seguir adelante".

Los diálogos con su padre a lo largo del libro hablan por cientos o miles de europeos que en el siglo XXI tienen que enfrentarse a un álbum de fotos familiar sellado por la historia del siglo XX.

"[…] Llamé por teléfono a mi padre y le pregunté si estaba al corriente de aquel hecho. Guardó silencio y oí que descorchaba una botella de vino. Lo veía ante mí, en aquel sofá desgastado que tanto me gusta, en su sala de estar de Budapest.

–Margit tuvo un par de líos amorosos con nazis. Es lo que se contaba en la familia".

Batthyany padre, hijo a su vez de otro húngaro que después de la guerra fue encerrado en un gulag de Siberia durante diez años, leyó el libro pero no emitió comentario alguno. Tal el estilo de quienes vivieron las consecuencias de la guerra de primera mano. "Papá estaba de acuerdo con que yo hiciera esta investigación y fue uno de los primeros en tener contacto con el texto, pero hasta el día de hoy nunca me dijo nada. Para él estuvo bien hacerlo y punto". La historia que cuenta Batthyany está atravesada por las atrocidades del nazismo y las del estalinismo. Pero para su familia húngara el tema siempre fue el padecimiento de los años comunistas. "Desde que era niño, en cada fiesta, en cada reunión familiar, siempre se hablaba del tema. De cómo los soviéticos habían arruinado Hungría. Sin embargo, hasta que empecé a hacer esta investigación nunca escuché que hablaran de los alemanes. Creo que para ellos fue más sencillo hablar desde el lugar de víctimas que asumir que una parte de la familia había colaborado con Hitler", cuenta Sacha.

La historia moderna de Hungría es la historia por detrás de la infame matanza de Rechnitz. Los padres de Batthyany volvieron a Budapest apenas caído el régimen comunista para rehacer la vida que habían dejado cuando marcharon a Zúrich. En el living de la casa de Batthyany padre cuelga un mapa de la gran Hungría, aquel país cuyos límites fueron esmerilados por la Primera y la Segunda Guerra Mundial. "En cada departamento, en cada casa de Budapest, uno encuentra ese mapa", explica Sacha. La última pregunta que le hizo a su padre después de que terminó de reconstruir la historia familiar fue por el presente: "¿Por qué Viktor Orban?" Batthyany tenía por delante un artículo sobre las elecciones en Hungría, y su propio padre era uno de los que contribuyeron con su simpatía y voto al ascenso del líder ultraderechista al poder. "La explicación de mi padre es la misma que la de la mayoría de los húngaros que están bajo su influjo. Hungría se ha sentido traicionada por Europa desde que las potencias se repartieron su territorio. Orban no ha hecho más que hablarle a la gente que sigue colgando aquel mapa de Hungría en la pared. Tiene un discurso nacionalista que se apoya en la memoria de un pasado glorioso y que busca restituir la identidad en los territorios perdidos. Hay que pensar que la influencia de Hungría en Europa se ha vuelto mínima. Polonia tiene más influencia. Orban explotó ese sentimiento".

En ese sentido La matanza de Rechnitz, como cualquier buen libro de historia, nos habla sobre el presente. Los países del Este, con sus vaivenes del comunismo al neoliberalismo y la autocracia nacionalista, son donde la aguja del téster de xenofobia e intolerancia marca su punto máximo. La región se ha vuelto el laboratorio de una Europa que pone proa a sus peores pesadillas. "El rechazo de los húngaros a los inmigrantes es puro racismo, no hay otra explicación. En Budapest no se ven musulmanes. Le he explicado a mi padre que él mismo fue un inmigrante político recibido por Suiza. Pero tiene mil explicaciones para negarlo. Y la más fuerte es que, después de todo, somos cristianos. Sabemos cómo adaptarnos a las costumbres de los otros países y comemos los spaghettis de la misma manera".

Tía Margit seguramente también sabía cómo hacerlo.

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