Milei, el rey del verano
La frase que pasea un avioncito por los cielos de las playas marplatenses: “playa de día, teatro de noche”, sintetiza a la perfección el estado de ánimo ideal que aspira experimentar quien pisa las arenas de Mar del Plata. La bienvenida ocurrencia del productor Carlos Rottemberg, santo patrono protector de las taquillas en tiempos de vacas flacas, apuntala el imaginario de todo turista: pasarla lo mejor posible durante su merecido descanso veraniego.
El exintendente de Pinamar y actual diputado por Pro, Martín Yeza, comentaba días pasados, en charla con la encargada de un comercio de esa ciudad: “Tenemos que ser conscientes de que somos generadores de recuerdos felices”. Aludía a que, en la memoria de todos, las vacaciones en familia, en un bello lugar turístico, suelen dejar una huella entrañable que permanece en el tiempo.
Más allá de las altas responsabilidades que a Javier Milei le competen como presidente de la Nación en el manejo de los destinos del país, ha captado como nadie la decisiva importancia que tiene para su cruzada por la mentada batalla cultural de la que tanto habla, colarse precisamente en esos “recuerdos felices” vacacionales que todos aspiramos a coleccionar en cantidad a lo largo de nuestras vidas. Él le agrega su propia impronta y los rotula “tour de la gratitud”, casi como un eco que ya pronto se volverá lejano, de los comicios nacionales de octubre que ganó con holgura.
Así lo hizo en Córdoba y días pasados en Mar del Plata. Más que a sus rudimentarias herramientas políticas, apela en esas circunstancias al gran histrión que anida en su compleja personalidad disruptiva. Para tocar las emociones más básicas de la gente, apela a su expertise como celebridad televisiva y, principalmente, de las redes sociales. Así se zambulle en medio de pequeñas multitudes (parece un oxímoron, pero no lo es) de gente que lo quiere tocar o hacerse una selfie con él, más por cholulismo que por afán militante. Y canta, ya sea en el festival de Jesús María, junto al Chaqueño Palavecino, o con Fátima Florez, con consecuencias bien dispares para ambos artistas. Al primero todavía se le pide que rinda cuentas de manera muy crítica y se lo pretende castigar por haberle regalado el escenario del festival de Jesús María, donde entonaron juntos, el tema Amor salvaje. La segunda, en cambio, todavía le debe estar agradeciendo que le haya duplicado la cantidad de espectadores en la función de la que participó el martes último. Una formidable difusión que la hizo saltar a las primeras planas de los diarios y que la convirtió en tema obsesivo de los programas de TV y radio, las redes sociales e infinitas páginas de internet.
Con una temporada lánguida en la costa atlántica, de consumos acotados y flujos intermitentes de turistas que aparecen viernes, sábado y domingo, pero que se retraen el resto de la semana, la inyección de la colosal publicidad presidencial al espectáculo Fátima universal es una mágica bendición a la showwoman por parte de las fuerzas del cielo. Montado sobre el escenario del teatro Roxy-Radio City, el Presidente entonó (es una manera de decir) el Rock del gato, hit inoxidable de Los Ratones Paranoicos que, en otro contexto, podría haber sonado como un tributo involuntario (y burlón) a Mauricio Macri. Principalmente los kirchneristas -tanto sus dirigentes más notables como sus anónimos replicantes y trolls en el mundo virtual-, pero también otras fuerzas, criticaron duramente estas incursiones frívolas del jefe del Estado, mientras los incendios no ceden en la Patagonia. Fingieron amnesia, ni se hicieron cargo, de la indiferencia que desplegaban cuando Cristina Kirchner estaba en la cúspide del poder y también hacía exteriorizaciones escénicas inoportunas en coincidencia con otras tragedias. O, tal vez, extrañan la consabida fotito de Alberto Fernández mirando desde el cielo y a la distancia, montado en el helicóptero presidencial, alguna catástrofe natural similar o de otro tipo. Y eso era todo. Lejos está Milei de recrear esas imágenes del pasado y fabrica las propias, que fidelizan a su tropa, aunque provoquen escozores de todo tipo en los demás. A las cansadas cedió, por fin, a firmar un DNU que declara la emergencia ígnea y destinó recursos para combatir las llamas.
El Mundial le regalará este año al Presidente otra supervida
El Presidente prefiere levantar su perfil para cuestiones más festivas o belicosas, como cuando decide confrontar con algún antagonista mediático, se llame Cristina Kirchner, Chiqui Tapia o Paolo Rocca.
“La nueva política es diversión, no amargura”, dictamina el sumo pontífice de los consultores, Jaime Durán Barba. Refiriéndose concretamente a Javier Milei, dijo por LN+ que “comprende que la gente no está para entristecerse” y que por eso se conecta por medio del canto y la fiesta. “El éxito del liderazgo se expresa cuando la gente baila”, afirma Durán Barba.
Ya bastante deprimen las onerosas cuentas por pagar, los sueldos magros y la falta de puestos de trabajo de calidad como para que quienes no tragan al oficialismo les vengan a repetir, sin ninguna solución alternativa concreta, la letanía archisabida de que la plata no alcanza.
El Presidente agita la bandera de la diversión en el momento más propicio del año para hacerlo: enero, sin Congreso, con feria judicial, colegios en receso y millones de personas en éxodo hacia playas y entornos más descansados y frescos (aunque un gran porcentaje de ellos en el exterior, incentivados por un dólar comprimido que impacta de lleno en las cuentas del fisurado turismo nacional).
El jefe del Estado no solo ocupa el centro del escenario que atrae el interés público, sino su totalidad. Si hubiese que decirlo en términos teatrales, no hay otros protagonistas que le disputen la atención de la gente. Milei, muy cómodo, interpreta un singular unipersonal con su estilo habitual, de extroversión extrema no exenta de ribetes desaforados.
Como si hubiese recibido la descarga de una pistola Taser cuando se abrieron las urnas por última vez, la oposición permanece inmóvil y acalambrada tirada en el suelo. Profiere aullidos y quejas que no entusiasman en lo más mínimo a las muchedumbres que prefieren celebrar con desenfadado cholulismo apolítico al mismo personaje que cuando vuelve a los despachos oficiales profundiza medidas contractivas de los ingresos salariales, el consumo y la producción nacional. En tanto que su gran logro –la baja de la inflación– exhibe últimamente una inquietante resistencia que pone en seria duda su repetida promesa de que a mitad de año habrá sido derrotada por completo.
Estrechar manos, hacerse selfies, dejarse llevar por mareas humanas, visitar populares hamburgueserías y heladerías, recorrer pequeños tramos de calles emblemáticas de Córdoba y Mar del Plata, para terminar homenajeado por sus propias huestes en la edición marítima de la Derecha Fest, es el prematuro puntapié inicial, sin competidores a la vista, para el todavía lejanísimo y crucial partido por la reelección, a la que aspirará en las elecciones presidenciales del año próximo. También fue su pequeña revancha del sabor amargo que le dejó haber hablado ante el auditorio semivacío de Davos.
Como en los jueguitos electrónicos, el verano bien utilizado por el político hábil, con buenos reflejos y empático con el sentir popular más instintivo, suele regalarle varias vidas que irá perdiendo indefectiblemente en el correr del año si es que no sabe resolver pronto los desafíos pendientes que titilan en el tablero de alarmas de su gestión.
En efecto, así como el mes que acaba de quedar atrás suele ser manso y concesivo con el gobernante de turno, este que comienza hoy trae el regreso activo de la Justicia y el bullicio áspero de las sesiones extraordinarias del Congreso. También los tironeos salariales de último minuto con el gremio docente y su ya clásica amenaza de no comenzar las clases a tiempo, más la vuelta a casa de todos y volver a lidiar con los problemas cotidianos y las protestas infinitas que reaparecen, vuelve el panorama, hoy casi idílico para el oficialismo, mucho más problemático. Cualquier patinada pone al gobernante mejor plantado a ver el abismo de cerca. Y todo eso sin contar las metidas de pata autogeneradas, como sucedió con el caso $Libra, reactualizado con la aparición del acuerdo secreto entre Milei y Hayden Davis.
La buena noticia para el Presidente es que este año el Mundial le regalará otra supervida, ya que los argentinos entraremos en trance durante cuarenta días, por más medidas antipopulares que puedan tomar él y su staff. Nada será más importante que hacer fuerza para que la Selección nos regale la cuarta estrella que nos siga acreditando como campeones del mundo. Y si aún tiene más suerte, rogará que se sumen más líos ajenos al Gobierno como el affaire de la AFA, el escándalo por las maniobras con el dólar blue y que permanezca el peronismo/kirchnerismo en coma 4. Si, a la vez, se agregan buenas noticias para el campo oficial, como el crecimiento de las reservas, la baja del riesgo país y el subidón de las exportaciones, ¡bingo!
Así, zarandeándose, cantando y tirando consignas libertarias con un megáfono, Milei se siente en su salsa y es el nuevo rey del verano, trono que nadie osa disputarle ahora mismo. Todo se limita a lastimosos quejidos y tramar venganzas en oscuros rincones. Tiros con cebita. Nada.
El cultor máximo y más consecuente del exclusivo título nobiliario que otorgan las altas temperaturas fue por años Daniel Scioli, que nunca deja de aparecer por Mar del Plata, por más metamorfosis ideológicas que vaya pariendo. Bajar a la Bristol es lo único que no cambia en su vida.
Una vida de película (o de miniserie), en el sentido más estricto de la palabra: un poderosísimo productor, con intereses en un rubro muy clave de la economía, financiaría el proyecto. Pichichi, tal el apodo que reivindica el exgobernador, ya habría elegido al actor que desea que lo represente. En estos días, Martín Bossi habría recibido una llamada telefónica para sondearlo si aceptaría ser de la partida. Créase o no.







