
Milei propone atarse al mástil de la ortodoxia
¿El Presidente siente que predica en soledad? ¿Que eso podría afectar las expectativas? Es probable. El primer trimestre del año, que fue económicamente duro y lo llevó a pedir paciencia a la sociedad, volvió a poner a prueba la columna vertebral de su modelo: el equilibrio fiscal
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En su discurso del martes en la Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina, Milei hizo una enérgica defensa de su programa económico y, a diferencia de otras veces, no les habló a sus detractores o adversarios políticos. Al contrario: parecía estar dirigiéndose más bien a quienes están de su lado y quisieran verlo triunfar. Lo prueba un detalle que pasó inadvertido cuando el Presidente citaba a quienes le aconsejan inyectar pesos en la economía: “‘Hay que inflar, hay que estimular, hay que hacer esto y esto va a permitir ganar elecciones’, dicen. Es falso”. Un mensaje al 100% de los propios: enfrente no tenía opositores, sino una platea más sofisticada de empresarios y una audiencia televisiva o de YouTube, que no tendrían inconvenientes en votarlo en octubre de 2027, pero que acaso han empezado a dudar o a discutir la aplicación del modelo.
Es un cambio sutil de audiencia que acaso explique por qué últimamente los libertarios lo ven más intenso. ¿Siente que predica en soledad? ¿Que eso podría afectar las expectativas? Probable. El primer trimestre del año, que fue económicamente duro y lo llevó a pedir paciencia a la sociedad, volvió en todo caso a poner a prueba la columna vertebral de su modelo, el equilibrio fiscal. Ya le había pasado a principios del año pasado y durante la campaña, cuando en sus propias filas empezaban a oírse algunas objeciones. No al rumbo en sí mismo. Pero sí algunos consejos de instrumentación: como la Argentina es difícil de gobernar y no hay muchas oportunidades ni tiempo para acertar con elecciones cada dos años, tal vez un pequeño retroceso táctico en el combate contra el gasto público le permitiría cobrar vigor, ganar popularidad, mayor holgura en las urnas y, después sí, ya con todo allanado, retomar la ortodoxia. Nada nuevo. Pero Milei piensa exactamente al revés: nunca hay que apartarse del camino. “La senda de la ortodoxia innegociable”, la llamó el martes.
El modo en que habló ese día describe también la urgencia de que esa convicción personal acabe cumpliéndose en la realidad. No es que no le tenga fe al programa. Pero la economía es una ciencia social y, como tal, tiene sus propios plazos y depende en gran medida de lo que sus agentes suponen que va a pasar. Lo que sí está claro es que Milei preferiría irse del poder antes que resignar el modelo. Fue taxativo al respecto: “Si no nos acompañan, nos volvemos a casa, no pasa nada: todos pueden volver a trabajar al sector privado”.
El mercado financiero suele celebrar esta especie de paradoja del liderazgo de Milei. El ahorrista le cree en la medida en que lo ve dispuesto a irse. Esa condición de “jugado” le permitió al Presidente hasta ahora cumplir un puñado de objetivos, y entre ellos el más difícil: equilibrio fiscal en un país de enorme brecha entre la productividad de su economía y lo que la sociedad demanda. Al borde de lo inviable. ¿Cuántos referentes de la política están en condiciones de convencer al establishment económico argentino de que podrán evitar la tentación del gasto aun en condiciones de impopularidad? El dueño de un grupo nacional se hacía esta semana la pregunta y no hallaba respuestas. “No se me ocurre nadie que no sea un outsider. Brito, Galperin”, se resignó.
La dificultad para dar con un nombre interpela a la oposición entera, incluido Pro, y explica por fin la diferencia entre el riesgo país de los bonos que vencen antes de octubre de 2027 y los que lo hacen después. La duda del mercado vuelve a ser la continuidad de Milei más allá de su mandato.
El modelo económico no depende entonces de un partido o un sistema, sino de una impronta personal. “Sin Milei se acaba todo”, dijo ayer a LA NACION Nicolás Márquez, biógrafo y amigo del líder libertario. Luis Caputo suele recordar en la intimidad un episodio de 2024 que todavía le causa gracia. Había ido a Olivos a ver al Presidente con los números de lo que representaban en términos de PBI dos leyes que el Congreso estaba a punto de aprobar, la de movilidad previsional y la de financiamiento universitario, y Milei ni siquiera se detuvo en la planilla: le dijo que ya tenía decidido vetarlas y, acto seguido, ambos se abrazaron dando saltos como si estuvieran festejando un gol. Esta adrenalina por lo políticamente incorrecto, algo que críticos y opositores definen como “crueldad”, coincide en simultáneo con una lógica de política tradicional: detrás de una concesión presupuestaria viene siempre una larga fila de reclamos.
Milei puede, con todo, fracasar. Los tiempos de la política son cortos; las sociedades, menos pacientes que antes, y los afectados, gente de carne y hueso. ¿Cuántos meses aguanta, por ejemplo, el ajuste en el sector de la salud? El ministro Mario Lugones está preocupado. Cuando le trasladó sus desvelos al ministro de Economía, la semana pasada, Caputo le contestó con una obviedad: la orden de Milei es no incurrir en ningún rojo y, en todo caso, es al Presidente a quien debería intentar convencer.
Es otro tema explosivo, porque afecta a millones de personas y los números no cierran. En el PAMI, por caso, que se nutre de los aportes de trabajadores y jubilados y contribuciones de las empresas que recaudan cada vez menos. Y así en todo el sector, sea público o privado. Guido Giana, viceministro de Salud, acaba de ser convocado a una reunión para la semana próxima con Andrés Vázquez, jefe de la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA), para intentar resolver el drama de clínicas y sanatorios privados que desde hace años se financian incumpliendo con ese organismo. La ley de emergencia sanitaria, la única emergencia que Milei renueva cada seis meses, muestra el abismo por sí sola: hay más de 5000 centros de salud que, sin ese mecanismo de excepción que les impide desde 2002 ser ejecutados por incumplimientos, cerrarían en pocas semanas. ¿Mal momento para confrontar con los laboratorios por la propiedad intelectual, como creen algunos en el establishment? La pelea empezó con la derogación de la resolución que aplicaba desde 2012 criterios de patentabilidad y favorecía a la industria nacional, y empezará a manifestarse. Son grandes proveedores del Estado, con enorme poder de lobbying y capacidad de financiar campañas. ¿Era el mejor enemigo?, se preguntan los libertarios.
Pero ni Milei ni quienes siguen su lógica razonan de ese modo. Federico Sturzenegger, por ejemplo, irá la semana próxima a la Cámara de Diputados en busca de un segundo paso: que el recinto apruebe la adhesión de la Argentina al Tratado de Cooperación de Patentes que reclama la Casa Blanca. Lleva un argumento provocador: dice que no resguardar la propiedad intelectual perjudica a los científicos del Conicet porque los obliga a registrar sus invenciones en países limítrofes.
Es cierto que esta cruzada de convencidos no funciona ni con internas, ni con errores no forzados ni con sospechas de corrupción. “Estoy harta de los inútiles”, la oyeron decir esta semana a Sandra Pettovello. A favor, el Gobierno tiene por delante un año no electoral y ciertas perspectivas de mejora. Morgan Stanley, por ejemplo, acaba de proyectar el fin de la famosa restricción externa: la Argentina podría exportar este año más de 100.000 millones de dólares en bienes y terminaría 2026 con superávit en cuenta corriente, algo que no consigue desde los años de Néstor Kirchner.
Sobre ese escenario se sustenta el optimismo del equipo económico. José Luis Daza, viceministro, definió en Washington, durante una reunión con inversores, el momento argentino como “sweet spot”: el punto o combinación óptimo de factores. Luego del derrumbe en la demanda de dinero durante el cuarto trimestre del año pasado como consecuencia de la tormenta cambiaria, cree Daza, abril estaría registrando variables significativas en recuperación: mejor recaudación y actividad, baja en la tasa de interés y compra de reservas, a las que habría que agregar la liquidación de dólares del agro en las próximas semanas y el respaldo del BID y el Banco Mundial para pagar vencimientos.
Es el mismo entusiasmo de Milei. Que debe ahora contagiarlo a quienes quisieran ver que fuera reelecto. El martes aconsejó no escuchar “los cantos de sirena”. La metáfora se explica sola: atarse al mástil de la ortodoxia o taparse los oídos indica que la tentación es fuerte.






