Militante
Nunca me gustó la palabra “militante” en contexto político, como cuando se dice “militante del liberalismo” o “militante del socialismo”. No me gusta porque en la palabra “militante” y en lo que denota está la visión bélica de la política. Y la guerra está relacionada con la inevitable “cadena de mandos”, es decir, la “obediencia debida”, un tema que puede llevar a extremos como los que se exhibieron en el juicio de Nuremberg y en los juicios a militares argentinos del Proceso.
Un militante, un diputado, un senador o un funcionario político no puede contradecir a sus dirigentes frente a las cámaras o al aire, ni reconocer públicamente las evidencias irrefutables de delitos partidarios, aunque se dé cuenta de que sus “mandos” están del lado malo de la calle; tampoco pueden aceptar que sea mejor una medida o una ley propuesta por la oposición. Queda mentir o callar. Aunque también es posible hundir un brillante proyecto del adversario, “apropiárselo” con descaro, y hacerlo ley. La obediencia militante impide a veces la honestidad y los acuerdos en beneficio de la sociedad. Esa actitud muestra hasta qué punto muchos militantes y políticos no están interesados en la verdad ni en “su pueblo”, sino en el poder.







