Asomarse al abismo familiar

Verónica Chiaravalli
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23 de septiembre de 2019  

Todos tenemos nuestro Rosebud, ese nombre íntimo y críptico a ojos extraños, que cifra un sentido profundo de lo que somos y que acaso, como le ocurre al ciudadano Kane, de Orson Welles, solo descubramos al final del camino y con el último aliento. El de Manuel Vilas es Ordesa, un punto en el mapa que ha saltado de la memoria emotiva del autor a la conversación de miles de desconocidos, que han hecho del libro homónimo un inesperado éxito de ventas en España.

Poeta y novelista, Vilas apela al recuerdo y a la literatura para recrear la historia de una vida singular, no por extraordinaria, sino por única. Singularidad moteada de elementos comunes que ofrecen al lector diversas identificaciones posibles: la pertenencia a una generación, a una clase social; a un conjunto de preferencias, rechazos y prejuicios estéticos.

Ordesa es la crónica poética de una serie de derrumbes en la parábola del protagonista: el de la familia de origen, el de su matrimonio y su paternidad, y el de su vida afectiva y social. Construcciones sistemáticamente dinamitadas, a conciencia o sin habérselo propuesto; precariedad de andamios reducidos a escombros por la muerte de los padres y la incapacidad de sobreponerse a ese dolor.

Una profunda depresión impulsa al narrador a escribir. Desde el fondo de la soledad, la derrota y el alcohol brotará la palabra que restaña y da sentido. De pronto, en una existencia a la deriva, la vida del padre cobra el poder de explicar las desdichas del hijo: "Me miraba en el espejo y veía no mi envejecimiento, sino el envejecimiento de otro ser que ya había estado en este mundo. Veía el envejecimiento de mi padre". No hay placidez nostálgica en el reencuentro con el pasado, sino la tortuosa intuición de una fatalidad que se perpetuará por generaciones. Y todo se concentra en el punto irreductible del origen: "Pensé que el estado de mi alma era un vago recuerdo de algo que ocurrió en un lugar del norte de España llamado Ordesa, un lugar lleno de montañas, y era un recuerdo amarillo, el color amarillo invadía el nombre de Ordesa, y tras Ordesa se dibujaba la figura de mi padre en un verano de 1969".

El protagonista teje la red de su historia con más vacíos que certezas; los padres hablan poco de los abuelos, y el tiempo ido se vuelve inconsistente; una sucesión de anécdotas contadas a medias, de lazos que no alcanzan la densidad de vínculos. "Mi padre no fue al entierro de mi abuela. ¿Qué relación tenía con su madre? No tenía ninguna relación. Sí, claro, la tuvieron al principio de los tiempos, no sé, allá por 1935 o por 1940, pero esa relación se fue evaporando, desapareciendo. Yo creo que mi padre debería haber ido a ese entierro. No por su madre muerta, sino por él, y también por mí. Al desentenderse de ese entierro estaba decidiendo también desentenderse de la vida en general".

Todo el libro de Vilas es el intento de amarrar a alguna forma de permanencia aquello que tiende a la disolución: viejos testimonios, semblanzas de personas a las que nunca se ha llegado a conocer bien, fragmentos de un cuadro incompleto. "Mi madre murió hace un año. Cuando ella vivía, algunas veces quise hablar de mi padre, pero ella rehusaba la conversación. Con mi hermano tampoco puedo hablar demasiado de mi padre. No es un reproche. Entiendo la incomodidad y en cierto modo el pudor. Porque hablar de un muerto, en algunas tradiciones culturales, o al menos en la que me tocó a mí, supone un fuerte y acre grado de impudor. De modo que quedé a solas con mi padre. Y soy la única persona en este mundo -ignoro si lo hará mi hermano- que lo recuerda a diario. No es que lo recuerde a diario, es que está en mí de forma permanente, es que yo me he retirado de mí mismo para hacerle hueco a él". Esa confesión perturbadora es el aguijón del libro: las preguntas calladas en su hora las responde a veces el cuerpo, al precio altísimo de la propia carne.

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