Dos muertes injustas: Liniers y Alzaga

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
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21 de febrero de 2012  • 02:43

En la escuela se nos enseña que la Argentina (más bien, el Río de la Plata) fue blanco de dos invasiones inglesas, en 1806 y 1807. Ambas fueron rechazadas, según nos dicen, con poco armamento y mucho corazón. La anécdota habla de los baldazos de agua (o aceite) hirviente que arrojaban las amas de casa sobre los infantes británicos, desde las azoteas, en las calles que hoy se llaman Defensa, Reconquista y Bolívar, en el barrio de San Telmo, que era antiguamente la parte más distinguida de la ciudad.

El héroe de la Reconquista fue, según nos dicen, un militar francés adscripto a las tropas españolas, don Santiago de Liniers. Y junto a él, un riquísimo comerciante español, fundador de una gran familia argentina: don Martín de Alzaga.

Intentaremos contar ahora la vida y la muerte de estos dos personajes.

Primero, Liniers

A los 57 años, cuando corría 1809, Liniers se encontraba radicado en las sierras de Córdoba. Desde allí contaba a sus amigos que había olvidado las rutinas militares, absorto en dar órdenes "al albañil, al hortelano, al capataz, al peón, al domador y al carretero [...] soy un hombre de campo, ocupado sólo del arado, el buey, el caballo y el molino". Después de los extraordinarios servicios prestados al Río de la Plata, y habiéndose desempeñado en su tiempo como virrey Español, disfrutaba de un retiro relativamente próspero.

Liniers odiaba a Alzaga por ser demasiado progresista. Alzaga detestaba a Liniers por ser demasiado militar. Buenos Aires los fusiló a los dos

Santiago de Liniers perteneció a una familia militar, sin fortuna. Su padre lo entregó a los 12 años a una orden militar europea, para que formase su carácter y le diera preparación profesional. Lo mismo que hacía, por esos años, el Capitán Juan de San Martín con su hijo José Francisco. Liniers, adolescente, participó en batallas navales contra las monarquías árabes (igual que San Martín, a los 14 años en Orán) y a los 25 años el rey de Francia lo distinguió como miembro de la nobleza militar. Sus biógrafos dicen que odiaba a los musulmanes y que, convencido de que debía llevarse a cabo una guerra contra ellos en Marruecos y Argelia, decidió enrolarse en la flota española. De esa manera, su suerte quedó ligada a España. No se sabe bien por qué detestaba a los árabes: lo más probable es que su ambición fuera, sencillamente, hacer fortuna. Se trataba de un profesional, que combatía para aquel que mejor pagaba.

Luchó, entonces, a las órdenes de España, intentando reconquistar el Peñón de Gibraltar. Ganó ascensos por su participación en batallas encarnizadas, hasta que en 1788 (un año antes de la Revolución Francesa) lo destinaron al Río de la Plata. Y aquí quedó para siempre.

Después de toda una vida de militar, se encuentra en Buenos Aires con las invasiones inglesas. Una vez rechazada la primera invasión, y mientras viene en camino la segunda, su sensación es de impotencia: "¿Qué no trabajaría yo en los once meses después de echar a los ingleses de Buenos Aires, para hacer guerrero a un pueblo de negociantes y ricos propietarios, donde la suavidad del clima, la abundancia y la riqueza debilitan el alma y le quitan energía?", escribe a sus amigos.

Es que en la ciudad porteña "se trabajaba poco, la gente comía bien y dormía mucho", según escribió otro francés, don Paul Groussac. Luego acotó: "Liniers era un militar, un hombre de orden. Esencialmente, un noble francés del ‘ancien régime". Es decir, una personalidad que rechazaría con asco la revolución en su patria, primero, y después en su segunda patria. Sobrevivió a la primera, pero la Revolución de Mayo lo aniquiló.

La primera invasión de los ingleses (William Carr Beresford-Home Popham) lo encontró destinado en el puerto de Ensenada, con amplia experiencia en el Río de la Plata, donde navegaba desde hacía casi 20 años. Los ingleses enviaron apenas 1.500 hombres a la aventura de Buenos Aires, y les sobraron para tomar la ciudad. Fue entonces cuando Liniers, instintivamente, reaccionó, sin encontrar mucho eco. Aparentemente, las propias autoridades desertaron, y los porteños no supieron bien qué hacer, acostumbrados como estaban a comer y dormir bien. Manuel Belgrano (entonces funcionario del Consulado , una especie de Secretaría de Gobierno) salió a la calle pensando en resistir, pero relata lo siguiente: "Volé a la Fortaleza, sede del gobierno, y aquí no había orden ni concierto en nada, como era inevitable con hombres que ignoraban toda disciplina".

De cualquier modo, en el fondo de todas las historias hay siempre una lucha por el poder, el dinero y el territorio, que son la misma cosa

Liniers, siendo súbdito francés, no tenía prohibido moverse por Buenos Aires, como los españoles y los nativos, confinados en sus domicilios por la autoridad británica de ocupación, y aprovechó esta facilidad para organizar la reconquista. Lo ayudó también la francesa Ana Perichon ("la Perichona") casada con el súbdito británico Tomás O´Gorman. Más adelante, en la Historia, ocurrirían dos cosas: Liniers virrey mantendría unos amores escandalosos con Ana Perichon. Y la descendiente del Sr. O´Gorman, la infortunada Camila, protagonizaría otra historia de amor prohibido, con el RP Uladislao Gutiérrez.

Liniers se las arregló para reunir 1.200 hombres en Colonia (actual Uruguay) entre veteranos, milicianos y marineros de fortuna de un corsario francés. Luego sobreviene la Reconquista, y posteriormente la Segunda Invasión.

En mayo de 1808, Liniers había sido designado Virrey con carácter interino, en medio de nuevas amenazas políticas y militares, provenientes de España y del Brasil. A este último punto había llegado la familia real portuguesa. En esta nueva posición, Liniers demostró su lealtad a España, y su autoritarismo feroz en el trato con el alcalde Martín de Alzaga, quien lo sostuviera en 1806, cuando juntos organizaron la reconquista de la ciudad.

La convivencia entre Liniers Virrey y Alzaga, alcalde de primer voto, fue fatal. Liniers le dijo con grosería: "¡Zapatero, a tus zapatos!". El alcalde debía ocuparse sólo del orden, el abastecimiento y las artes. En materias de Estado e ideas de alto gobierno, Alzaga no era nada más que "un topo", según el francés. Pero el español, hombre rico y seguro de su posición, se declaró atrozmente injuriado, por un funcionario recién designado, mientras el propio Alzaga llevaba años, haciéndose cargo de todo.

En los días siguientes, la batalla política ganó las calles. En la Plaza Mayor (hoy, de Mayo) la muchedumbre clamaba contra el francés Liniers y pedía su dimisión. Aquella antigua disputa personal, en una colonia que tocaba a su fin, la resolvió Liniers como eximio golpista: ocupó el fuerte con los militares que lo seguían y metió presos al español y su séquito, que fueron embarcados a la fuerza, aún con la ropa de gala propia de la ceremonia en la que pensaban destituir a Liniers como Virrey. Y para construir un ejército propio, Liniers generó 1.400 puestos de oficiales, cuando el ejército contaba apenas con 5.000 hombres. Entre esos nuevos oficiales había –dicen- presos, delincuentes y vagos. En otras palabras: Liniers manipuló los grados militares para rodearse de sus partidarios.

La política argentina empezaba a girar hacia la violencia.

Algo curioso: al establecerse el gobernador inglés Mr. Beresford, pudo escribir plácidamente a sus superiores en Londres: "La satisfacción del pueblo va creciendo día a día". El clero de la ciudad estaba conforme, los comerciantes de habla inglesa (48 en ese entonces) todos expertos contrabandistas, colaboraban con el nuevo jefe, y el prior de los domínicos no vaciló en afirmar en un documento: "Haber perdido el propio gobierno suele ser el principio de la gloria de un pueblo".

Los distintos testimonios de la época señalan que William Beresford se mostró siempre como un político sagaz. Gobernando Buenos Aires o de prisionero en Luján, cultivó la amistad de muchos argentinos. Especialmente, Manuel Aniceto Padilla y Saturnino Rodríguez Peña. Se dice que entre Beresford y Liniers (enemigos en las armas) había una profunda comprensión, propia de colegas de alto estilo.

Después de su gestión tempestuosa como virrey, Liniers se radicó en Alta Gracia, Córdoba. Allí disfrutó de unos años de paz, hasta 1810. Esto se quebró sin remedio después del 25 de mayo. Córdoba se convirtió en el foco de resistencia contra los planes de Buenos Aires, y Liniers en su cabeza más importante.

Pero entre tanto, alejado de las armas y el poder, Liniers había desarrollado un proyecto de negocios: una sociedad de minería en La Rioja, donde había visto la perspectiva de un "incalculable lucro". Los españoles le habían prometido la concesión de la "plata piña" de Famatina, una masa esponjosa formada por el sobrante de plata después de la extracción del rico mineral. En abril de 1810, el gobierno real autorizó un gasto importante para financiar la extracción de plata en La Rioja. Este era el negocio que Liniers estaba esperando para gozar de un retiro aún más próspero. Nos preguntamos si era el momento adecuado para que un hombre despierto y ambicioso, como el francés, se lanzara a tejer peligrosas conspiraciones. O tal vez, por eso mismo, porque vio en peligro una fortuna infinita, participó de una gran conjura contra los hombres de Buenos Aires. El hecho es que, un mes después de que se le abrieran las puertas de una gran fortuna, se produce el Cabildo Abierto.

En esas estaba, cuando fue condenado a muerte, el 28 de julio, por la Junta de Buenos Aires.

Liniers huyó de su hacienda para refugiarse en una estancia, donde pagó a un peón negro para que lo escondiera. Llevaba mulas para cambiar durante la fuga, y fueron estas lo primero que descubrió la partida militar que le seguía los pasos para fusilarlo, el 26 de agosto de 1819. El peón, asustado, confesó la identidad del fugitivo. La patrulla emprendió el saqueo de los equipajes de la pequeña comitiva de Liniers. Este, aparentemente, llegó a gatillar en falso dos tiros de su escopeta.

Fue muy duro el final. Amarrado con tanta presión que "la sangre brotaba por la yema de sus dedos", un oficial de baja graduación, encargado del fusilamiento, lo tuteaba sin respetar edad ni grado. Este "milico" lo tildaba de "pícaro sarraceno"…¡Tan luego a Liniers, que había jurado combatir a los musulmanes! Vaya uno a saber lo que entendía aquel uniformado por "sarraceno".

Según supo decir Mariano Moreno, para quien el francés se había convertido en la peor amenaza contra la Revolución, complotado con otros cuatro individuos que pretendían conservar el dominio español, "Liniers ha sido arcabuceado".

Segundo, Alzaga

El 6 de julio de 1812 , don Martín de Alzaga fue fusilado en la Plaza de Mayo , y luego colgado de una horca. Un testigo dejó escrito que la muerte del antiguo alcalde fue tan aplaudida que, al expirar, se gritó "viva la patria" y "muera el tirano". La banda tocó, luego, una canción patriótica.

Este hombre, que había salido de la cárcel sin grillos y sin sombrero, con tanta serenidad que no parecía hallarse ante la muerte, era alto, flaco, seco, muy blanco, muy tieso y apenas encorvado. Tenía la cabeza cana ( más de 60 años) y una cara y aspecto general muy respetables. Dejaba en su casa mujer y catorce hijos. Suponemos que este es el origen de numerosas familias patricias: los mismos Alzaga, los Gómez Alzaga, los Alzaga Unzué y muchas otras. Don Martín había salvado dos veces a Buenos Aires de las Invasiones Inglesas, y el pueblo lo llamó alguna vez "Padre de la Patria".

Luego, la historia lo condenó durante más de un siglo y hace sólo 50 años empezó a revisarse su figura.

Ya no es razonable llamarlo "traidor", sino más bien precursor y mártir (junto a Liniers) de la Independencia. Este poderoso comerciante (el más destacado de la América Hispana, apenas igualado por los Lezica y los Anchorena en el Río de la Plata, según buenas fuentes) tenía representantes en todas las ciudades del continente, en Cádiz y en Londres.

¿Por qué era tan peligroso, para la Junta, un comerciante rico, y nada más? Dice Enrique de Gandía en su "Estudio Preliminar" para el libro "Rosas y la desorganización nacional" de Tomás de Iriarte: "Alzaga fue, en esta parte de América, uno de los políticos de ideas más avanzadas. Lejos del despotismo, cerca de los revolucionarios franceses y los norteamericanos. Es conocida su amistad inicial con Mariano Moreno, cuyas ideas liberales nadie ignora. En segundo término, mantuvo relaciones con gran cantidad de criollos, muchos pertenecientes al cuerpo de Patricios, como su defensor José Domingo de Urien, y todos enemigos del absolutismo napoleónico. En tercer término: fue notoria su tentativa de crear una Junta de Gobierno en Buenos Aires, el 1 de enero de 1809, que debía emanar del pueblo, sobre los principios de los derechos naturales del hombre. Cuarto: consta en el proceso de la Independencia, estudiado primero por Mitre y luego por Levene, que Alzaga se expresó en muchas oportunidades contra el yugo del gobierno español sobre estas regiones. Quinto: sabemos, por el mismo proceso, que los amigos íntimos de Alzaga, como el catalán Felipe Sentenach, jefe del regimiento de artillería La Unión, creado y costeado por Alzaga, eran admiradores de los Estados Unidos. Sentenach explicaba que, expulsados los ingleses en 1807, y siendo ellos los amos, harían lo que les pareciese, al modo de las Provincias Unidas del Norte de América. El grupo de Alzaga tomaba como modelo a los Estados Unidos, y de allí que utilizara una expresión similar, que perduró en el antiguo nombre de nuestro país: Provincias Unidas del Río de la Plata. Sexto: Alzaga era apodado "Robespierre" por sus enemigos, quienes lo acusaban de sostener las ideas más extremas de la Revolución Francesa".

Luego de estos puntos, el Sr. Gandía se interna más aún en el tema de vascos y catalanes como extrahispánicos. Señala, por ejemplo, que la Sociedad Vascongada de Amigos del País, fundada en 1765, tuvo hasta comienzos del siglo XIX una influencia liberal y francófila extraordinaria, tanto en España como entre los vascos diseminados por el mundo. En Guipúzcoa sola se habían editado más libros revolucionarios franceses que en el resto de España. Además, distintos testimonios en el proceso de la Independencia presentan a Alzaga como organizador de la independencia política, de la separación de España y de la constitución de una nueva nación.

Las provincias vascas no eran exactamente España, a fines del siglo XVIII y principios del XIX. No era lo mismo, entonces, el Sr. Alzaga que otros españoles. Ningún vasco renunciaba, ni podía renunciar, a sus fueros. Tenían tribunales especiales para sus cuestiones civiles y criminales. España vivió un régimen de gobierno plurinacional hasta la total abolición de los fueros por las Cortes Españolas, el 21 de julio de 1876. El fuero reformado de 1526, por ejemplo, libraba a los vascos de todo género de tributos e imposiciones. Sólo debían prestar servicio militar en Vizcaya y cuando ello fuese necesario a la defensa del señorío.

En el año 1800, el imperio español hace implosión, los franceses se convierten en amos del continente por medio de Napoleón, los ingleses imperan en los océanos a la pesca de colonias e islas desprotegidas. El asunto vasco-catalán, introducido por Enrique de Gandía, nos deja estupefactos. No porque creamos que ese tema no existe, sino porque nunca se lo mencionó en el contexto (y en la época) de la Revolución de Mayo. Todos los libros de Historia dicen que Alzaga fue fusilado por traidor, por haber intentado sustituir a las personas del gobierno por otras de su confianza, haber preparado la muerte de incontables funcionarios, y planeado la expatriación o la prisión de los criollos, mestizos, mulatos, indios y negros de Buenos Aires. Esto es lo que dijo "La Gaceta" de nuestra ciudad –dice Gandía- cuando tuvo que explicar al pueblo su ejecución. "Esta leyenda –sigue diciendo- comenzó a circular en Buenos Aires en enero de 1809". Nació del odio de Liniers y otros personajes contra Alzaga, después de su intento de crear una junta popular de gobierno e independizar estas regiones.

Aquella versión fue penetrando en el pueblo como una verdad y una amenaza.Y aquí viene la acusación final de Gandía: "Hasta que un loco, en los terrores persecutorios de su enfermedad, la creyó cierta. Dos años antes, la Junta había hecho fusilar rápidamente a Liniers y a sus compañeros". Seguimos con todo respeto la exposición de Gandía, pero nos preguntamos: si Liniers sólo pensaba en las minas de Famatina…¿En qué lo acompañaban sus compañeros? Sigue el historiador: "La misma decisión, con hombres aún más ejecutivos, se impuso en 1812. Juan Martín de Pueyrredón se indignó contra estas matanzas, que calificó de crímenes, y presentó su renuncia a Rivadavia. Pero la política de Chiclana y la efervescencia del pueblo, que nada sabía, lo obligaron a callar y a seguir firmando sentencias de muerte". Conclusión final: "La muerte de Alzaga y sus cuarenta compañeros fue el error judicial más fantástico de la historia de América".

Así pues: Liniers odiaba a Alzaga por ser demasiado progresista. Alzaga detestaba a Liniers por ser demasiado militar. Buenos Aires los fusiló a los dos, que habían sido líderes populares de la Reconquista en 1806 y 1807. A uno por vasco y al otro por monárquico. Más que injusto, esto resulta inexplicable.

Entre otros detalles trágicos: el fin del dominio español significaría, para Liniers, la extinción de su propio negocio de la plata de Famatina, que apenas comenzaba. ¡Sí, Famatina! Ya lo tenía en la mano y encerraba un futuro fabuloso. Alzaga, junto a sus amigos vascos y catalanes (entre ellos don Felipe Sentenach) anhelaba el modelo americano de comercio liberal, y poco o nada sentía por España. Sin embargo, se lo tildó de conspirador español y anti-criollo. Pero meditemos este punto: en caso de que Alzaga procediera a expatriar a todos los nativos, indios, negros y mulatos, en la Argentina de entonces no habría quedado nadie.

Tenemos la modestísima impresión de que Alzaga fue odiado, envidiado y sentenciado por su condición de hombre rico, soberbio y capaz. En el contexto de una pugna en la que los criollos (nativos de este parte del mundo) sacaban del medio a todos los españoles "nacidos allá". Alzaga, aunque vasco, era de allá. Es decir: tan extranjero como Liniers. De cualquier modo, en el fondo de todas las historias hay siempre una lucha por el poder, el dinero y el territorio, que son la misma cosa. A veces, estos apetitos están mejor escondidos. Pero siempre mueven los hilos. Aquí no hay perversos ni malditos, sólo seres vivos que quieren crecer, comer, devorar, multiplicarse y seguir.

Aún desconcertados por el triste fin de Alzaga y Liniers (más el de sus "compañeros" y el "loco" o "los locos" que los condenaron, sin saber quiénes habrán sido esos verdugos) se nos ocurre una clara advertencia a los triunfadores de la actualidad. ¡Atención! Los mismos que hoy te nombran "padre de la patria" y "salvador de los pueblos", mañana te fusilan y te cuelgan por "traicionar la causa sagrada", con unas acusaciones que nunca se terminan de entender.

Así suelen terminar las cosas. Más estudiamos la Historia, más raras nos resultan las conductas humanas.

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