El desperdicio del talento

Juan María Segura
Juan María Segura PARA LA NACION
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22 de febrero de 2012  

En 1997, la consultora McKinsey&Co publicó los resultados de una provocadora investigación titulada The War for Talent (La Guerra por el Talento). Con ella, anticipaba que la generación de una fuerza laboral bien capacitada se convertiría, en los siguientes 20 años, en la más importante ventaja competitiva de organizaciones y naciones. Y no se equivocaron, pues muchos autores e instituciones académicas se hicieron eco de este augurio, vinculándolo con casos concretos de ganadores y perdedores del nuevo orden competitivo del siglo XXI.

Por esto, y con el fin de mapear el labor realizada por las naciones para garantizar la provisión a gran escala de trabajadores preparados para generar valor en la nueva sociedad del conocimiento, The Economist Intelligence Unit (que pertenece al mismo grupo que publica la reconocida revista The Economist ) y la consultora Heidrick & Struggles publicaron en 2007 el Global Talent Index (GTI). El objetivo de ese trabajo, más allá de ubicar en un ranking a los 30 países relevados, fue identificar las principales razones que llevan a una región o país a producir gran cantidad de ciudadanos talentosos.

Las conclusiones fueron, en algún sentido, esperables: los países en donde más talento se produce son política, social y económicamente estables, poseen economías pujantes y bien capitalizadas, sistemas educativos de calidad y alta dotación de recursos para realizar actividades de investigación y desarrollo y para apoyar programas de becas de estudio en todos los niveles de enseñanza.

Posteriormente, en 2011 se publicó una nueva edición del GTI, pero esta vez cubriendo 60 países. Las conclusiones, en esta oportunidad, estuvieron más dirigidas aún hacia el sistema universitario de cada país, y se encontró una sólida correlación positiva entre la ubicación en el ranking y la "capacidad para formar y graduar ciudadanos bien equipados con el rigor intelectual necesario para prosperar en la competitiva economía del conocimiento".

También se identificaron aspectos vinculados a la adaptabilidad y capacidad de innovación de la fuerza laboral, a la presencia de ambientes de trabajo con sistemas meritocráticos y a leyes laborales inteligentes y flexibles que permiten que el talento y potencial productivo y creativo de los trabajadores florezca.

Nuestro país aparece en ambos informes "a mitad de tabla" en la medición general (17/30 en 2007, y 28/60 en 2011) y primero en la región, pero proyecta un descenso de 4 posiciones en los próximos 4 a 5 años. Sin embargo, la novedad más notable en la nueva medición es que para 2015 la Argentina perderá por primera vez el liderazgo de la región como mejor país productor de talento, y sería desplazado por Chile, que subirá 5 posiciones. Y, muy pronto, México (+3) y Brasil (+4) también nos desplazarán.

Sin ser dogmáticos ni fundamentalistas, debemos preguntarnos si esta medición del GTI es coincidente con nuestra propia visión de la Argentina.

De acuerdo con el Informe Estadístico Universitario, publicado por la Secretaría de Políticas Universitarias, el 80% de nuestra educación superior es pública, y el sistema de educación estatal, a pesar de los esfuerzos presupuestarios, tecnológicos y regulatorios de los últimos años, está mal. Un reflejo de esto es el aumento de la población estudiantil universitaria, que en el sistema público creció en los últimos 10 años a tasas anuales inferiores al 2% (0,6% la UBA) mientras que en la educación privada lo hizo a más del 6%. Este trasvasamiento desde un sistema gratuito hacia uno con costo es la punta del iceberg. Y cualquier índice que intente capturar esta condición ubicará a nuestro país en desventaja respecto de otras regiones. El 33% del GTI lo componen métricas del sistema universitario de cada país, así que no es de extrañar el mal rendimiento de nuestro país en el informe ni la proyección regional negativa.

Sin embargo, más allá del GTI, lo que considero trascendente es la discusión de fondo. ¿Acaso ya no nos conmueve que nuestro sistema universitario, principalmente el estatal, esté colapsado, desprestigiado y casi degradado en su esencia? ¿Cuánto creemos que nos afecta como nación que prácticamente no tengamos presencia entre las 500 mejores universidades del mundo, siendo que allí es donde se forman el talento y la ventaja competitiva de un país? En definitiva, ¿nos molesta en algo nuestra incapacidad para crear las condiciones institucionales necesarias para aprovechar el gran talento y potencial que tienen nuestros adolescentes?

Una sociedad se puede enfrentar a fugas de distinta naturaleza y con diferentes consecuencias. La fuga de divisas ( money drain ) enfría la economía, pero se puede revertir en el corto plazo con un buen clima político y de negocios. La fuga de cerebros ( brain drain ) es más compleja e incluye situaciones familiares de desarraigo, pero con buenas políticas públicas también se puede revertir, aunque en períodos más largos de tiempo. La fuga de talento ( talent drain ), en cambio, no tiene remedio, pues desaprovecha de una vez y para siempre el potencial de aquellas personas que, estando en condiciones etarias de recibir la formación y educación diferencial, no encuentran las instituciones en condiciones de proveerla. Y luego, ya es tarde para ellos.

Si la Argentina desea avanzar en la dirección de las sociedades más desarrolladas del planeta, debe complementar el actual modelo inclusivo con instituciones de mejor calidad, en especial en el sistema universitario público.

© La Nacion

El autor, ingeniero, es director de Desarrollo Institucional de la Universidad de San Andrés

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