El hechizo de un clásico secreto

Diana Fernández Irusta
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12 de noviembre de 2019  

En los años en los que le tocó escribir (a mediados del siglo que pasó), la intimidad y el mundo puertas adentro todavía eran los territorios casi exclusivos donde se esperaba que abundase la escritura femenina. Pero -tal vez como un eco de su propio nombre- Libertad Demitrópulos desplegó las alas de una poética frondosa; dejó, podría decirse, que sus palabras salieran en busca del ancho mundo.

Algo de eso ocurre en Río de las congojas, libro con vocación de clásico secreto, novela histórica con un eco de relato de viajes, alucinada inmersión en los tiempos de la colonia donde la lectura se mece -como lo hacían las canoas y barcos de entonces- por entre las aguas de un mítico río Paraná. En ese universo anduve los últimos días, recuperando el sabor de un libro escrito a principios de los años 80, saboreando -hace bien, de vez en cuando- el módico gusto de leer y releer al margen de lanzamientos, noticias o éxitos de mercado. Demitrópulos no fue autora de best sellers y hoy no es tan fácil encontrar su nombre en las librerías, pero el hechizo de sus textos hace que merezca la pena buscarla.

Lo que se cuenta en Río de las congojas es la primitiva fundación de la ciudad de Santa Fe, y el tránsito de obstinaciones, rencores y padecimientos entre ese flamante asentamiento, Asunción -la ciudad de donde salían las expediciones- y Buenos Aires, población que, desde más abajo del curso del agua, asomaba nueva y dominante. "Que así se teje el tejido de la vida", escribe Demitrópulos y enlaza, en su libro, la música de dos voces: la del mestizo Blas de Acuña y la de la criolla María Muratore. Son ellos dos, sus puntos de vista y su modo de contarlos, los que nos conducen a un tiempo entre la leyenda y la historia.

La autora, que comenzó su camino literario escribiendo poesía y luego -en una suerte de "división del trabajo" con su marido, el poeta Joaquín Gianuzzi- se abocó a las novelas, comentó en una entrevista que lo suyo era algo así como crear "poemas en prosa". Y eso se nota en Río de las congojas. Blas y María hablan, describen el mundo donde les toca vivir, y a través de ellos Demitrópulos construye otra lengua, un caudal de palabras que viene de un tiempo distinto; los hace hablar como, quizás se hablaría hace demasiados siglos, y nos sumerge -realmente lo hace- en las aguas de otro mundo. Blas, empecinado y desposeído, ama a María; María, dueña de una sensualidad explosiva, solo tiene ojos para Juan de Garay, el "hombre del brazo fuerte", conquistador, explorador, fundador de ciudades y pródigo en amoríos.

Las evoluciones de ese triángulo, donde todos saldrán desairados, se superponen con la violencia de un territorio que unos querían tomar y otros se negaban a ceder. La ferocidad de los enfrentamientos con las tribus del antiguo litoral se siente en la piel, tanto como el hilo precario del que pendían ciudades que hoy parecen haber estado siempre ahí. La riqueza feroz de aquellos tiempos emerge por entre los relatos de Blas y María: el mestizaje, ese poso de sangre nativa que hacía que Blas, cada tanto, se encomendara a Tupasy, "madre de Dios" y del río; el esclavismo, los traficantes, las rebeliones, las Calles de los Pecados donde confluían creencias, orígenes, mitos. Y la sangre de todos y cada uno de ellos, abonando lo que empezaba a ser una nueva era.

"Uno es el mestizo, el distinto", piensa Blas. Y, aunque así no lo diga, María Muratore, que no es mestiza pero es mujer, de eso sabe. Hija de un portugués traficante de esclavos que nunca quiso saber de ella y de una española que tardó poco en dejarla al cuidado de un padrino, María se fue haciendo sola. Nada de coser o bordar y mucho de arcabuces; apenas prudencia y un desborde de coraje. Y a elegir y a ponerle el pecho a la corriente, aunque viniese en contra. La Muratore merece un lugar entre las grandes heroínas, y su creadora, entre quienes renuevan el sentido de las palabras.

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