El loco y el gaucho

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
En el propio “Facundo”, se encuentra una descripción de los oficios que delata una gran admiración
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28 de octubre de 2014  • 00:22

Domingo F. Sarmiento fue siempre un personaje difícil de clasificar. Su clásica obra "Facundo" lo define como un enemigo de la barbarie, que miraba con desconfianza todo lo que oliera a campo. Por otra parte, no ahorró incorrecciones: en sus artículos se pronunció contra los estancieros, los judíos, los indios, los gauchos. En una palabra, no quedó bien con nadie. No dejó títere con cabeza. Son imborrables sus palabras sobre el indio: "Siento por el salvaje una invencible repugnancia". O sobre el gaucho, estampadas en una memorable carta al General Mitre: "¡No ahorre sangre de gauchos, que sólo sirve para abonar la tierra!". O sobre Ángel Vicente Peñaloza, el "Chacho", cuya muerte celebra: "Sobre todo porque tuvieron el acierto de cortarle la cabeza y clavarla en una pica; de otro modo la muchedumbre revoltosa no se habría sosegado por demasiado tiempo". Sarmiento era así: violento, tremendista, exagerado. Lo llamaban "El loco" y, a veces, sus correligionarios del Congreso preferían mantenerlo calladito, en un segundo plano, para no provocar escándalo durante los debates.

Otro detalle original de Sarmiento: fue admirador de los Estados Unidos de América. Hoy día, esto suena natural, son la potencia dominante del planeta desde hace más de un siglo. Pero en aquellos tiempos (digamos alrededor de 1830) la primera potencia del globo, por amplio margen, era Inglaterra, enemistada con los Estados Unidos, que constituían un país tan incipiente como la Argentina. En la mesa chica de las naciones imperiales se sentaban también la Francia napoleónica, Holanda, Prusia, apenas España y la lejana pero poderosa Rusia. Digamos entonces que, desde el punto de vista argentino, Sarmiento "descubrió" a los americanos.

Desde el punto de vista argentino, Sarmiento descubrió a los americanos

Una extravagancia, para su tiempo.

Entonces, en el "universo Sarmiento" el gaucho era sinónimo de analfabetismo, brutalidad con los animales, primitivismo religioso, violencia. El gaucho era puñalada trapera, traición, degüello del adversario entre risas y burlas (como cuenta "La Refalosa" de Hilario Ascasubi) sin que se le pudiera descubrir, ni por casualidad, una virtud.

Sin embargo, en el propio "Facundo", se encuentra una descripción de los oficios del gaucho que delata una gran admiración. La historia escolar suele retratar a los próceres con tintes equivocados. Por ejemplo, Sarmiento ha quedado como un alumno-maestro siempre puntual, respetuoso y cumplidor de los buenos modales, cuando en verdad fue un periodista de origen humilde, polémico, deslenguado, irreverente, y un espíritu libre que ejerció como Gran Maestre de la Masonería Argentina. Facundo Quiroga perdura en la imagen de un paisano indomable, cuando en realidad fue un distinguido hacendado, que enarbolaba una bandera negra donde podía leerse: "Religión o Muerte".

En su exposición de los oficios del gaucho, Sarmiento destaca: el cantor, el baquiano, el rastreador y el gaucho malo. Curiosos perfiles que son delineados con indudable admiración.

Por ejemplo, sobre el cantor: "Es el vate, el trovador de la Edad Media, que se mueve en la misma escena, entre las luchas de las ciudades y el feudalismo de los campos, entre la vida que se va y la que llega. El cantor anda de pago en pago, de tapera en galpón, cantando a sus héroes de la pampa perseguidos por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios le robaron los hijos en un malón reciente, la derrota y la muerte del valiente Rauch, (Nota: General prusiano que, alistado en nuestro Ejército, combatió encarnizadamente a los indios, y murió lanceado por el capitanejo ranquel Nicasio Maciel, apodado "Arbolito") la catástrofe de Facundo Quiroga y la suerte que cupo a Santos Pérez". En la Argentina de Sarmiento viven el siglo XIX, de las luces europeas, y el siglo XII, de la Edad Media fanática y ciega. Los dos juntos, en el mismo tiempo y en el mismo país.

Cuando dibuja la semblanza del baquiano, Sarmiento se deslumbra

Para Sarmiento, el más extraordinario de todos estos personajes es el rastreador. En un mar de llanuras donde no hay caminos ni señales, donde las sendas se cruzan en todas las direcciones, donde las bestias pacen libremente, el hombre precisa seguir la huella de un determinado animal y distinguirlo entre mil, saber si va despacio o ligero, suelto o tirado (de una rienda) cargado o vacío. Es ciencia popular. "Una vez –recuerda Sarmiento- caía yo de un camino de encrucijada al de Buenos Aires, cuando el peón que me acompañaba echó la vista al suelo como era su costumbre, y dijo: Aquí va una mulita mora muy buena...es de la tropa de Don Nicasio Zapata…es de muy buena silla… va ensillada…ha pasado ayer". El paisano venía de San Luis, la tropa volvía de Buenos Aires, y hacía un año que no veía a aquella mulita mora (una cabalgadura más entre miles) cuyas pisadas en el suelo se mezclaban con muchas otras en una ancha rastrillada. Y era un simple peón, no un rastreador profesional. Pero en el arte de seguir los rastros, Sarmiento ve una especie de magia: aquellos hombres leían en la tierra una escritura desconocida para todos los demás, que en este sentido eran –y somos- analfabetos.

Cuando dibuja la semblanza del baquiano, Sarmiento se deslumbra: "Gaucho grave y reservado, conoce palmo a palmo veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el topógrafo más completo. Cuando un general conduce su ejército durante una guerra civil, a su lado va el baquiano, silencioso y sereno. Todo depende de este hombre: la derrota, la vida, la conquista de una provincia. El baqueano sabe del vado oculto de un río, más arriba o más abajo del paso común; y esto en cien ríos o arroyos. Conoce el sendero para atravesar ciénagas, cangrejales o guadales, y esto en cien pantanos diversos. En lo más oscuro de la noche, se orienta en un campo sin límites ni señales, sin caminos definidos, y oliendo los pastos o masticándolos dictamina: "Estamos en dereceras de Salliqueló, a cincuenta leguas de las casas...el camino ha de ser hacia el Sur". ¡Y resulta ser así nomás! El baquiano sólo necesita que le conserven la huella de un animal o persona, que la preserven del viento y la lluvia que en un rato la borrarían, para seguir esa pisada hasta el fin del mundo. Luego sabrá si entró en una chacra, si salió o no salió, si iba cansado o herido...¡Nunca se equivoca!

Sarmiento detestaba al gaucho, pero lo admiraba

El gaucho malo es otro ejemplar retratado por Sarmiento, que lo compara con el outlaw de los Estados Unidos. No es ladrón, pero roba. No es asesino, pero mata. La vida lo lleva a enfrentarse con la justicia, y vive perseguido por "la partida". El sanjuanino cuenta las andanzas de un gaucho malo que, sorprendido por la partida en un fogón, se ve rodeado y sólo tiene, a las espaldas, el río Paraná. Sin pensarlo, monta, cubre con el poncho los ojos de su montado para que no se espante, y salta la barranca a las aguas del río. Luego de unos minutos, lo ven prendido a la cola de su caballo y nadando tras él. Los dos suben a un islote en medio de la noche, bajo la luna llena. Algunas balas de las tercerolas han dado en el río. Nada. Agua.

Sarmiento detestaba al gaucho, pero lo admiraba. Y a la hora de referirse al más gaucho de todos, don Juan Manuel de Rosas, decía: "El general Rosas, masticando los yuyos, por el sabor, puede determinar si se encuentra en la estancia de Anchorena o en la de Ramos Mejía".

¿Exageración o admiración sin límites, en el enemigo de la barbarie? Sabe Dios.

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