El poder del sonido empuja las imágenes

Humphrey Inzillo
Humphrey Inzillo LA NACION
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11 de enero de 2020  

"Sí, es por Bogart". Con unas pocas variantes, esa es la respuesta que más veces he tenido que dar en toda mi vida. A veces, con aclaraciones del tipo: "Un actor que le gustaba mucho a mis viejos, sobre todo a mi papá". Humphrey (escrito de formas tan diversas como "Janfri", "Chanfli", "Umprei", "Juan Rei", "Umpri", "Hands Free", "Hemp Free", "Jambrei", etcétera) es un nombre cinéfilo. "El de Casablanca", es otra referencia que utilizo con frecuencia. Muchas veces, trae un eco musical: o bien la frase impregnada en el inconsciente colectivo ("tócala de nuevo, Sam"), o bien la melodía canturreada de "As Times Goes By", la canción que inmortalizó Dooley Wilson, en su rol del pianista Sam, en Casablanca. Sin embargo, para mí el momento musical culminante del film dirigido por Michael Curtiz en 1942, no es ese, sino la escena donde un grupo de miembros del ejército nazi entona una canción alemana y Victor Laszlo (Paul Henreid) se acerca hasta la orquesta del Rick's Café y les ordena a los músicos que toquen "La Marsellesa". Rick (Bogart), da su silenciosa aprobación. Y la Resistencia tiene su momento de gloria. La magia del cine está en las imágenes, en los diálogos y, por supuesto, en la música.

El sábado pasado, emulando a esas tardes de cine en continuado que sobrevivían en algunos cines de barrio a fines de los 80 a la que me llevaba mi viejo, hice un doblete. Fui al Malba para ver dos de las películas más elogiadas en el circuito de festivales de los últimos meses, con un punto en común: bandas sonoras poderosas.

Puede entenderse a Las buenas intenciones, la ópera prima de Ana García Blaya, como una película "de época". Ambientada en Buenos Aires a principios de los 90, incluye clásicos del punk vernáculo ( Flema y Los Violadores) y la versión que Charly García hizo del Himno Nacional en una escena épica. Es un film maravilloso y emotivo, tan duro como divertido, que explora el vínculo entre una preadolescente con su padre sui géneris, bohemio y poco responsable, pero definitivamente entrañable; con sus hermanos menores, en un rol maternal; y con su madre, que decide mudarse a Paraguay con su nueva pareja. Hay imágenes de archivo, en formato VHS, que dialogan con el relato de ficción. Es una historia sobre vínculos, y es también un homenaje a la educación sentimental de una crianza en una disquería (Dick Tracy), rodeados de vinilos y casetes antes del revival actual. Pero funciona, sobre todo, para redescubrir algunas canciones mágicas, de adhesión instantánea, como "Estar vivo", de la banda paraguaya Ripe Banana Skins. Y, sobre todo, "Monstruo", de Sorry, la banda liderada por su papá, Javier García Blaya y su amigo Pablo Fisherman, ambos fallecidos. A la memoria de ese grupo entrañable -que llegó a contar con un feat. de Francis Ford Coppola cuando el director filmó Tetro en Buenos Aires- está dedicada la película. Busquen un videito en YouTube, se llama "El equipo de las buenas intenciones" y se encontrarán con un clip que funciona como diario de rodaje sencillamente encantador.

Fer Salem es uno de los creadores de Zamba y acaba de estrenar su segundo largometraje como director, La muerte no existe y el amor tampoco, que es la adaptación de Agosto, la novela de Romina Paula. Salem es, también, fanático de El Mató a un Policía Motorizado. Por eso convocó a su líder, Santiago Motorizado, para que componga el soundtrack de este filme, ambientado en la Patagonia. Es la historia de una veinteañera, radicada en Buenos Aires, que vuelve al pueblo para esparcir las cenizas de su mejor amiga. Se encuentra, allí, con su novio de la adolescencia, que tiene esposa y una hija. Del mismo modo que Salem encuentra belleza en esa historia sórdida, la gran virtud de Santiago Motorizado es la de capturar esa melancolía y condensarla en pasajes instrumentales trabajados a partir del clima de las escenas, y en canciones que propulsan esa melancolía con pulsiones rockeras.

Por estos días también vi Bacurau, de los brasileños Kleber Mendonça Filho (realizador también de la imperdible Aquarius) y Juliano Dornelles. Es un film ambientado en un pueblo escondido del nordeste brasileño, con varios guiños al western y el gore, con mucho de Tarantino y algo de Alex de la Iglesia y del realismo mágico. Allí también tiene preponderancia la música, especialmente por Carranca, encarnado por Rodger Rogerio, un músico nacido en Fortaleza, que a principios de los 70 integró el Pessoal do Ceará, un movimiento de música popular post Tropicalista, que como me indica mi amigo Juarez Fonseca, tuvo entre sus exponentes más populares a Belchior y Fagner. Una figura de culto, popular en su región, que gracias a la magia del cine, a sus 75 años comienza a trascender fronteras. ¡Saludenló!

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