El señor González es maltratado por su mujer

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Después, cuando están por los sesenta, se ponen buenos, casi buenudos. Nos quieren, nos besan, nos hacen regalos
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26 de febrero de 2013  • 04:16

El señor González es un hombre bondadoso y trabajador. Todavía no se jubiló: a los 59 años, sigue rigiéndose por los principios de trabajo, honestidad y ahorro que le transmitió su padre asturiano.

Lleva ya 25 años de casado y mantiene una relación de gran confianza con su mujer, Helena, así como con sus hijos Adrián y Constanza, que ya están independizados.

El señor González tiene también, como todo el mundo, una hermana, algo mayor, llamada María Esther, que ha hecho su vida lo mejor que ha podido y hoy se encuentra viuda y jubilada. A veces, hermano y hermana toman un café, juntos, para hablar sobre las cosas de la vida.

- ¿Helena está enojada con vos? – pregunta María Esther.

- No – responde González - ¿Por qué?

- Veo que te habla mal, en tono cortante, te da órdenes, te saca el auto sin pedirte permiso, te responde de un modo un poco insolente…

- ¡Ah, eso no es nada! A veces me obliga a pasar a buscarla por el club porque tiene un té de señoras, o me deja clavado en casa sin saber qué hacer, horas y horas, porque ella tiene las llaves, ella sabe dónde se guardan las cosas, yo solo no puedo ni limpiarme el traste...

Lleva ya 25 años de casado y mantiene una relación de gran confianza con su mujer

Unos días después, María Esther charla con su cuñada, Helena, a la cual está unida por décadas de celos, aprecio, odio y malentendidos compartidos.

La conversación es a solas.

- Mirá Helena, yo no me voy a meter en tu vida a esta altura del partido, sabés cuánto te aprecio (¿)... finalmente sos la señora de González…¿no? ¡Somos hermanas! He notado que lo tratás mal a mi hermano, como con rabia contenida, como dándole órdenes, como si no te importara lo que él te pueda contestar…Te pido mil disculpas por plantearte esta cuestión, pero es que no me gustaría que entre ustedes dos hubiera un cortocircuito...

- Te lo voy a explicar con todo gusto, María Esther. Yo me casé con tu hermano y soy la señora de González hace 25 años. Estaba locamente enamorada de él cuando era joven, buen mozo y lleno de sueños. Y hoy, que ya somos abuelos, sigo enamorada, lo cuido y lo atiendo igual que siempre. Pero…¿Vos tenés idea de lo que pasó en estos años? Mientras yo criaba a nuestros hijos, gorda, deformada y pidiendo licencia en el Correo, mi marido (tu hermano) iba ascendiendo en su carrera de ingeniero. ¿Te acordás que vivíamos en un departamento que nos dejó mi madre, y teníamos otro departamentito en Belgrano, que alquilábamos cuando necesitábamos plata, que era casi siempre? Bueno, yo a veces iba a limpiar ese departamento con escoba, trapo, balde y detergente. Siempre encontré un lápiz de rouge, una bombacha, un clip, un broche. ¡Siempre! Ya aprendí que las chicas, cuando salen con un tipo casado, procuran olvidar una prenda en el bulín, incluso una bombacha, para destruir su matrimonio. Es así, son así. Y los hombres son insaciables. Cuando tuvimos lancha, González se llevó minas a la lancha en feriados libres, en días de semana, en Pascua, en fin. Siempre. Y una, que es mujer, conoce cada rincón de su casa, su lancha, su quinta y su cuartito de chirimbolos. Conoce incluso hasta las telarañas que limpia cada día, aunque al día siguiente vuelva la misma arañita a tejer. Y en esos lugares tan íntimos ha andado tu hermano, trayendo minas, minitas, coristas, secretarias, prostitutas, muchachitas, aspirantes al matrimonio... ¡Qué sé yo!

- ¡Ay Helena, qué espanto! ¿Y eso sigue?

- No, no sigue. En realidad, durante toda esa época tu hermano me atendió y me cuidó, y sexualmente fue mío y me hizo feliz. Yo tenía mucho miedo de él: terror de que un día se escapara con una de sus amantes y me dejara sola. Conozco el nombre, la cara de cada una de ellas, he visto las fotos, recuerdo las lagunas en los horarios del Sr. González, los detalles que no podía explicar... ¿Para qué seguir interrogando? ¡Yo no soy un policía torturador!

- ¿Entonces?

Cuando están por los sesenta, se ponen buenos, casi buenudos. Nos quieren, nos besan, nos hacen regalos, nos llevan de viaje... pero... ¡Ya no los amamos!".

- Entonces lo dejé pasar, lo amé, lo atendí, crié a los chicos. Y en un momento determinado, cuando ya empezaba a sentirme vieja e inútil, tu hermano volvió a mí. Con besos, caricias, palabras... con una paz diferente. Y nuestra vida íntima volvió a tener el calor de otros tiempos. Claro, con menos, menos... menos posibilidades físicas. ¡Pero es lindo!

- ¿Y qué pasa?

- Nada, no pasa nada. Estamos juntos como siempre. Lo trato bien, como una igual. Si estoy de mal humor, a veces se lo demuestro. Y él a mí. Lo único que cambió es que ya no tengo miedo de que me deje por otra. Una más joven que se olvida el rouge, la bombacha o la cédula de identidad en un bulín de Villa Devoto. ¿Entendés?

- Sí. Entonces...¿Te estás vengando?

- A veces, un poco, sí. Pero sin maldad. Le hago de comer, le preparo la ropa y, cuando me requiere de amores...Bueno...¡Felicidad para todos!

María Esther se despidió de su cuñada, y, mientras caminaba hacia la estación Saavedra, recordó el pensamiento de su peluquera: "Los hombres son lindos cuando tienen 25 años. Se emborrachan, desaparecen por un mes, se acuestan con otra, son unos canallas pero los amamos. Después, cuando están por los sesenta, se ponen buenos, casi buenudos. Nos quieren, nos besan, nos hacen regalos, nos llevan de viaje... pero...¡Ya no los amamos!".

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