El sentido espiritual de la música

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11 de abril de 2020  

Llegar temprano a las fiestas es de boludos", sentenció mi amigo Juan Manuel Tavella, el Tano, una noche de invierno de 1992, cuando teníamos 13 años. Una compañera de escuela nos había invitado a su cumpleaños de 15, y para hacer tiempo fuimos a la heladería Massera, muy cerca de la clásica esquina de Callao y Santa Fe. Mientras el Tano se tomaba un café con crema, vimos cómo Rolo Puente vecino de la zona se llevaba medio kilo de helado a su hogar. Hacía casi diez años que nos conocíamos con el Tano cuando ocurrió ese curioso incidente, y ahora, aunque hayan pasado tres décadas desde la noche en que me reveló aquella máxima, me aseguro de no ser nunca el primero en llegar a una fiesta.

La semana pasada cometí un error insólito. En un kintsugi del error, les cuento. Escribí que "Lazy", la canción que Paula Maffía había cantado como invitada en el disco del flautista Diego Spinelli, era de Led Zeppelin. Ese tema, como sabrán, es un clásico de Deep Purple. La equivocación pudo haber sido culpa del multitasking, pero yo creo que fue por otra cosa. En la adolescencia, el Tano me inició en el rock clásico y gracias a él, en los casetes que me grababa, escuché por primera vez a Deep Purple (También a Bob Dylan). Sin embargo, por esos años, el Tano usaba una remera de Zeppelin que llevaba adherida a la piel, casi tatuada. Creo que fue el inconsciente el que me jugó una mala pasada.

En los 80 el Tano inventó un país, Girilgulchilbertolandia, que ahora es el que escribe mi hija cuando le toca la G en el Tutti Frutti. En la primaria leía las historietas que le compraba su abuela Lala (¡Cariños!) y creó un personaje entrañable, el detective Bob Giménez. Quizás por eso se haya transformado en un historietista precoz, que registró los momentos más candentes de nuestro paso por el secundario en una relectura brillante de uno de los programas más bizarros de la televisión argentina: Sin Condena. Fue mi compañero de banco, de tae-kwon-do, de cientos de recitales (juntos vimos por primera vez a Leo Maslíah en el paseo La Plaza en un show que se llamaba "Opera, Castidad & Yogur Diet", también a La Mississippi, a John Mayall, a Demente Caracol, Aguante Baretta, Sometidos por Morgan y muchos más) y fuimos juntos, también, a escuchar una conferencia de Umberto Eco. Tuvimos una banda de blues que se llamaba Potemkin y una vez organizamos un concierto en homenaje a un blusero apócrifo: Burger King.

Cuando terminamos el secundario, empezó a estudiar Diseño Gráfico, pero nunca terminó la carrera. Durante un par de años fue un émulo de Bukowski. Pero hace 20 años, luego de un incidente que podría haberle costado la vida, abrazó una búsqueda espiritual profunda. Cambió la comida chatarra y el Jack Daniel's por el vegetarianismo, la meditación zen y la ceremonia del té. En busca del sentido de la vida, comenzó a estudiar las tradiciones espirituales, y la filosofía y la psicología oriental. A los 25 años recibió la ordenación monástica. También recibió la guía de un maestro de la orden Inayati, que lo inició en las prácticas del camino Sufi.

En todo este tiempo, hizo mil cosas. Se ganó la vida como tecladista de un grupo que hacía versiones de Sabina, pero también grabó con grupos de diversos estilos: de rock barrial, Chamuyo Reo; de punk rock, Angeles Caídos; de rock progresivo, William Gray. Si quisiera, podría ser un músico sesionista. También publicó ilustraciones en diarios y revistas de alcance masivo, y compartió las páginas de un libro con Rocambole, Hermenegildo Sábat, Gustavo Sala y Cacho Mandrafina. Cuando nació mi hija le pintó un cuadrito con un elefante que es dulzura pura. Es un artista plástico tremendo, pero no tiene la ambición de la trascendencia. Hace unos años, viajó a la India y pasó unas semanas en Auroville, una ciudad utópica fundada por uno de sus maestros espirituales, Sri Aurobindo. Cuando volvió, escribió una atrapante crónica para la revista Brando.

Por su curiosidad infinita, el Tano es una especie de Hombre del Renacimiento. Le habían conseguido un trabajo en uno de los bancos del mundo donde le pagaban mucho dinero y no le exigían demasiado. Renunció a los dos meses. Ahora toca el sitar, es consultor psicológico y se especializó en cuidados paliativos. En 2018 compiló unos escritos y poemas sobre arte, terapia y meditación en el libro Un corazón que escucha. Durante el inicio de la cuarentena, armó en versión PDF otro pequeño librito con textos y dibujos que giran alrededor de la música de la India, y de la música en relación a lo espiritual. Se llama Sruti y lo consiguen (muy barato) en escuchaintegral.com/contenidos. Pensé en contarles más sobre este libro, pero prefiero que lo lean y, ojalá, lo disfruten tanto como yo. Mientras tanto, le doy las gracias al cosmos, al azar o a lo que sea por tener un amigo como el Tano, que todavía conserva aquella remera de Led Zeppelin.

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