En la senda de Arguedas

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
(0)
28 de marzo de 2012  

Da gusto que se renueven las metáforas. Da gusto de verdad, como si hiciera falta condimentar la lengua con nuevas imágenes. Un ejemplo inquietante: "La puerta abierta nos sonreía como una boca sin dientes". La frase es del joven escritor peruano Carlos Yushimito (elegido de la prestigiosa revista Granta ). Sucede que sus cuentos son verdaderas puertas (con o sin dientes). Puertas de la percepción, pero no a la Huxley ni a la Jim Morrison (quien se inspiró en Huxley para nombrar a su grupo The Doors). Se trata de una percepción literaria del espacio, un modo en que las palabras consiguen apresar esencias perdidas o el milagroso atisbo de lo humano, como ansiaba el maravilloso escritor brasileño Guimaraes Rosa. ¿Será por eso que Brasil es el escenario dilecto de Yushimito? Tijuca, San Pablo, Sao Clemente, Río. Gal Costa y la bossa nova.

Llega a nuestro país, además del autor, su nuevo libro, Lecciones para un niño que llegó tarde , editado por Duomo. Los relatos ocurren en distintas zonas de Brasil (ya conquistadas en libros anteriores, El Mago y Las islas ). El territorio es casi fundamento de la historia en la que los personajes se desenvuelven. Sus historias son caramelos de ficción. Hay que desenvolverlos para llegar al jugo, por lo general ácido y sabroso, que deja la impresión de haber estado allí. En una isla o en un jardín. Como el del cuento que da título al libro, "Lecciones para un niño que llegó tarde", que transcurre en el suculento jardín de la casa Chevalier, "una gran explanada de césped rebelde que compensaba sus charcos de tierra seca con una rudeza de mala hierba, irregularmente saltada donde le viniera en gana. No importaba lo que uno hiciera, crecía siempre con la incontinencia de un hambre vieja". Allí, una niña mezcla de Alicia con Merlina Adams escarba la tierra bajo el almendro para obtener cochinillas, gusanos y caracoles para compartir con el niño protagonista su gusto por descuartizarlos o hacerlos crujir con sal o fuego. "Nunca dejó de sorprenderme el inventario de perversas e ingeniosas maldades que podía improvisar una niña tan pequeña y dulce como Margarita." El cuento es un juego de observaciones en espejo. Margarita observa los bichos y es observada por el niño que la acompaña en sus investigaciones domésticas. La interpretación del dolor de los diminutos insectos se asemeja al desamparo que el niño advierte en Margarita. Como ella es sorda, él adquiere una "peculiar forma de escucharla" a través de cartelitos que Margarita le escribe. "Esa torpe letra suya, que imitaba su voz, exigía a mis ojos que imitaran los sonidos que ella escribía." Tenía un trazo ladeado, "como si cada letra inclinada fuera una inflexión, un pequeño síntoma de su voz metida en mi cuerpo".

Si bien Carlos Yushimito forma parte de la nueva generación de escritores, lo suyo no es de generación espontánea. Les rinde culto a sus lecturas. Por eso, se inscribe en una senda frondosa y rica, trazada, entre otros, por José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. Bienvenido sea.

© La Nacion

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.