Goering, el saqueador de lo bello

Daniel Muchnik
Daniel Muchnik PARA LA NACION
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21 de julio de 2012  

Se dirá, con pruebas evidentes, que todos los ejércitos vencedores en las guerras saquean, como una forma del plus salarial por combatir y por ganar. En la Segunda Guerra Mundial hubo formas distintas de saqueo. Pero un método muy especial, oculto, ilegal, abusador y millonario fue la expoliación del arte de los países ocupados, que no quedó en manos de las tropas sino de los jerarcas nazis. El rey de esas maniobras, el jefe más temido, fue el hedonista mariscal Hermann Wilhelm Goering, número dos del régimen y sucesor del Führer por decisión del propio Hitler, en caso de su desaparición. Ese idilio con Hitler duró hasta 1943, hasta su derrota en la batalla de Stalingrado.

Cuando se entregó a las tropas norteamericanas, Goering recibió graves acusaciones como criminal en acción y como ladrón desembozado de arte. Fue un delincuente de acciones monumentales, con cargos de los que no podía alegar inocencia. Organizó la Gestapo, creó la Luftwaffe para la guerra de agresión, bombardeó poblaciones civiles, sembró terror en los territorios ocupados y jugó un papel decisivo en la persecución y despojo de los judíos alemanes y del resto de Europa.

Goering creía en la impunidad. Al desmembrarse en mil pedazos el régimen al que pertenecía, no huyó de la justicia. Fue con buenos deseos al encuentro con los oficiales norteamericanos. El creía que lo tratarían como un "emisario" de un pueblo derrotado. En las primeras horas, los norteamericanos lo trataron muy bien. Enterado de inmediato, el general Dwight Eisenhower, responsable máximo del ejército aliado, dio la orden de que se lo detuviera en una celda común y se le dispensara el mismo trato que al resto de los detenidos. Más aún: lo mandaron a una cárcel especial, donde imperaban limitaciones, lo hicieron adelgazar y lo forzaron a un tratamiento para desintoxicarlo de varias drogas de las cuales era adicto. De todas maneras, el veredicto del Tribunal de Nuremberg fue terminante. Estuvo a punto de ser ahorcado como otros responsables nazis, pero logró zafar y se suicidó con la ayuda de uno de sus guardias, a quien sobornó -según varios historiadores- para poder ingerir el veneno fatal.

La reciente aparición de un libro, El Mercader de la muerte. Goering y el robo de obras de arte durante el nazismo (Edhasa), investigación rigurosa del especialista alemán Hanns Christian Löhr, permite recorrer cada uno de los movimientos del mariscal, de sus ayudantes, de los marchands que trabajaron para él y de los agentes y galeristas que colaboraron a cara descubierta en los saqueos. La lista de culpables, de cómplices, de encubridores y beneficiarios es muy extensa. De todas las nacionalidades e identidades.

Goering se aferraba a la siguiente consigna: "Todo hombre tiene precio". El mismo se autodefinía como un "hombre del Renacimiento" y vivió en la fastuosidad que correspondía a reyes inescrupulosos. Se sintió digno de aquello desde su infancia. Desde los ocho años vivió con su familia en el castillo de Veldenstein, propiedad de su padrino, el barón Hermann von Epstein, amante de su madre. Goering se consideraba un aristócrata cuyos deseos debían ser acatados. Incorporado a la aviación militar en la Primera Guerra Mundial, se le atribuyeron numerosas victorias en los combates en el aire, acciones por las cuales recibió importantes condecoraciones.

En 1923 participó del putsch en Baviera conducido por Hitler. Para curarse de sus heridas en su fuga al exterior, usó drogas y adoptó el hábito. Intentó desintoxicarse en Suecia, pero sin resultado. Desde que fue herido, Goering tomó a diario de 20 a 60 comprimidos de analgésicos, a los que luego reemplazó por morfina, con una inyección diaria. Luego prefirió el opio y la codeína. Esas drogas lo llevaban de una incontrolable euforia y optimismo a profundas depresiones. También, le provocaron una gordura extrema.

Cuando los nacionalsocialistas tomaron el poder el 30 de enero de 1933, fue nombrado en diferentes cargos. Controlaba todos los distritos de caza, fue ministro de la Aviación, dirigió el rearme aéreo del Reich, fue comisario de materias primas y de divisas y tuvo facultades para dirigir la economía de la nación. También fue gobernador de Prusia, negociador del Führer en varios países de Europa y figura dominante en la cuestión del trato a la minoría judía dentro del país. Se vestía de modo estrafalario y vivía en un "lujo extravagante", como si fuera un "sátrapa occidental". Así lo describió el conde Galeazzo Ciano, ministro de Relaciones Exteriores fascista y yerno de Mussolini.

Goering erigió una villa berlinesa en el Leipziger Platz, una casa de campo regalada por el estado de Baviera, a la cual agregó un búnker antiaéreo. En uno de los cotos de caza creó la mansión de Carinhall, que remodeló varias veces, a la que invitaba a figuras destacadas y con poder en el exterior y admiradoras del nazismo, como algunos altos representantes de la nobleza británica.

Inició su colección de arte en 1933. La hizo colocar en Carinhall. Enseguida se rodeó de regalos que recibía tanto de empresarios, entre ellos el tabacalero Philipp Reemtsma, como de directivos de compañías químicas y automotrices, de subordinados y hasta del mismo Hitler. Al comienzo adquirió sus cuadros en el mercado del arte y los remates. Allí conoció al comerciante Walter Andreas Hofer, que le facilitó su entrada en la rica colección del coleccionista judío Fritz Guggenheim. El experto Hans Posse fue, luego, su principal asesor.

De inmediato Goering evidenció una ansiedad devoradora, febril y enfermiza por quedarse con todo lo que encontrara a su paso. Apeló a todos los resortes del poder para quedarse, por ejemplo, con la pintura Diana cazando ciervos , de Rubens, con obras de Pieter Brueghel el joven, y con esculturas en madera medievales. Rechazó, aunque superficialmente, las obras catalogadas por el nazismo como "arte degenerado". Porque se quedó con trabajos de Van Gogh y de la mayoría de los impresionistas franceses, y también de los expresionistas alemanes.

Viajó en varias oportunidades a París y se incautó de importantes colecciones de millonarios judíos que habían podido escapar. Acudía siempre al mismo pretexto: "Estamos en guerra contra los judíos y el pueblo debe tener acceso a las riquezas que ellos guardan".

Contó con el colaboracionismo de galeristas y funcionarios franceses, que le conseguían lo que pedía. Algunos procuraron frenarlo en sus apetencias por las obras de arte de museos y de iglesias de los países ocupados por los alemanes, pero fue en vano. También colaboraron con la colección de Goering galeristas judíos, tanto en Francia como en Holanda, chantajeados, para poder conseguir su libertad y salvar sus vidas. Goering cumplió. Casi todos esos operadores consiguieron sobrevivir.

Con el desmoronamiento del nazismo, las mansiones del mariscal fueron robadas por vecinos y por oficiales norteamericanos y soviéticos. Goering había ocultado gran parte de las piezas de su colección (850 cuadros, muchas esculturas y 80 tapices antiguos) en distintos sitios. Algunas, enterradas. Sin embargo, gracias a los testimonios y delaciones de sus ex colaboradores, fueron encontradas. Varias obras fueron devueltas a sus propietarios y otras, archivadas (hoy son muchos los que siguen reclamando su propiedad). El resto desapareció para siempre.

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