Hombre versus naturaleza

Pedro Moreno
Pedro Moreno PARA LA NACION
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26 de diciembre de 2011  

Mientras parece más y más absurdo dar por sentado que venimos a esta vida principalmente a maximizar rentas y consumir indiscriminadamente, viene a la mente la advertencia de Ban Ki-moon, secretario de la ONU, acerca del sistema imperante y sus consecuencias ambientales: "Estamos con el pie atascado en el acelerador dirigiéndonos hacia el abismo". También tengo presentes los informes científicos que sostienen que en unas pocas décadas, si no damos un decisivo golpe de timón, el calentamiento global sería de tal magnitud que sus efectos en nuestra realidad cotidiana y las generaciones venideras resultarían muy complicados. Gaia Vince compiló pronósticos de algunos expertos; uno de ellos deslizó la hipótesis de un 2100 con "el 90% de la humanidad desaparecida". A su vez, es evidente que la contaminación crece exponencialmente, con la consiguiente reducción de la biodiversidad y la destrucción de ecosistemas.

La pregunta del millón es por qué cuesta tanto entrar en razones y reaccionar. Los medios de comunicación y los centros educativos podrían ser cruciales para una concientización. Para ello, periodistas y docentes deberían haber dado un salto cualitativo en esta materia y, lamentablemente, no parece que esto sea así.

Por otro lado, no parece posible esperar mucho de los políticos y, menos aún, de los empresarios. De hecho, la reciente cumbre de la ONU sobre el cambio climático de Durban fue un fracaso, al igual que las anteriores (las últimas fueron las de Copenhague y Cancún).

La película Home finaliza con la reflexión: "Sabemos muy bien que hay soluciones; todos tenemos el poder de cambiar… entonces, ¿qué esperamos?".

Así las cosas, lo fundamental es empezar por uno mismo, sin especular cuánto sumaría nuestro aporte. Simplemente, hay que ir informándose de cuáles son esos cambios que deberíamos implementar. Desde ya, bien podríamos demandar diariamente productos y servicios que, además de cumplir los criterios del comercio justo, sean lo más ecológico posible, sobre todo alimentos, ya que benefician nuestra salud. Además, está en uno presionar a los gobernantes con demandas de políticas ambientales, y si nos unimos entre vecinos con ese objetivo, mucho mejor. También sería determinante que apoyemos a los medios que les dan cabida a estos temas. Sería vital también que instemos a maestros y profesores a que se involucren y vayan predicando con el ejemplo.

¿No pretendemos, necios, ser independientes de la naturaleza –como si no fuésemos parte de ella– y la depredamos a más no poder, cual adolescente rebelde que se va de su casa y se insolenta con sus padres? ¿No estamos despuntando ciegamente el individualismo y la uniformidad, a pesar de que se oponen a la interdependencia y la diversidad, que, según un principio de la ecología, son claves para que la vida sea posible? ¿No estamos fascinándonos con la tecnología y el confort como si fuesen el fin último de la existencia, sin reparar en los estragos que pueden ocasionar? ¿No tendremos que ir retornando paulatinamente a la gran casa naturaleza y, a su vez, reorganizarnos en comunidades más pequeñas, fundadas decididamente en el respeto y la solidaridad, valores inspirados en la diversidad y la interdependencia? ¿No debiéramos religarnos con lo esencial, replantearnos a fondo nuestro estilo de vida, revisar las reales necesidades que tenemos y repensar los modos de satisfacerlas?

Permítaseme compartir mi experiencia. Hace unos años, me fui del Gran Buenos Aires y me establecí con mi familia en un paraje del oeste de la provincia de Córdoba. Aquí estoy reaprendiendo que mis patrones de conducta se ajusten a la forma más armoniosa de interactuar con el hábitat natural, que, a la vez, es para mí el mejor de los templos. Esto no implica verse impedido de consumir lo que se quiera (productos culturales incluidos) ni tampoco renunciar a la tecnología. Hoy todo –lo físico y lo virtual– llega a los sitios más recónditos; donde vivo hay casas cada cien metros, y calles de tierra y piedra, pero puedo disponer de electricidad, teléfono, señal de celular, Internet y TV satelital. Francamente, me siento muy feliz al comprar alimentos orgánicos (el paladar me acompaña), al esforzarme por cuidar y agradecer el agua que nos da un arroyo, al esmerarme por generar poca basura y tratarla como corresponde, al comprometerme en minimizar el consumo de energía sucia, como la nafta (disfruto mucho de caminar) o el gas y la electricidad producida con combustibles fósiles; al negarme a darle un peso al negocio de la minería contaminante…

Seguramente esto tiene que ver con que, a medida que voy disipando mis miedos, me convenzo cada vez más de que si se hace lo que se debe, ello beneficia al universo todo, incluido uno mismo. Y cuando le erramos, también perjudicamos por igual tanto a nosotros mismos como al resto del cosmos… ¡aunque a veces todavía caigo en la trampa de pensar que es necesario que los demás pierdan para que yo gane!

Cabe señalar que el término "versus" originalmente simbolizaba una conjunción: "ir hacia" o "en dirección de". Vaya uno a saber por qué hace un par de siglos empezó a utilizarse como sinónimo de confrontación en la jerga judicial y deportiva y así quedó invertido su sentido. Aquello ocurrió en la misma época en que se produjo la Revolución Industrial y el éxodo a los centros urbanos. Hoy vivimos en medio de un hiperproductivismo y de un consumismo sin freno, con más de la mitad de la población mundial concentrada en junglas de cemento que ocupan el 1% de la superficie terrestre… ¡De modo que el título de esta nota podría tener dos interpretaciones! © La Nacion

El autor es conductor del programa Integrantes, de radio El Mundo

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