Instrucciones para leer una flor

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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26 de diciembre de 2018  

Con un poco de ayuda, la pasionaria, también llamada mburucuyá, trepó hasta rodear por completo una de las columnas de la galería, que quedó de este modo vestida de verde. A propósito, mburucuyá era el apodo cariñoso de la doncella de una trágica historia de amor asociada con las extraordinarias flores de esta enredadera.

Muy pronto, la pasionaria se llenó de sus flores hipnóticas y llegaron los gordos abejorros a polinizarlas. Como si supieran que duran muy poco, trabajaron presurosos y a destajo, y al día siguiente o al otro, con un ímpetu que uno solo aguardaría de las plantas anuales, aparecieron los frutos.

Los abejorros habían cumplido y ya no regresarían. Veinte días más tarde les tocó el turno a las mariposas. Todo el mundo se admiró de esta visita nueva y presuntamente más bucólica. Pero no hay nada bucólico, créanme. Las señalé con el dedo y dije:

-Son malas noticias.

Como cada vez que pronuncio estas advertencias, recibí una extensa y variada retahíla de críticas. Que soy un exagerado. Que cómo van a ser malas noticias. Omití hablar de esa fea dermatitis conocida como lepidopterismo y solo sugerí que vinieran a mirar lo que los simpáticos insectos estaban haciendo. Buscaban con cuidado y, cuando encontraban el lugar correcto, implantaban un minúsculo huevo amarillo en el reverso de las hojas.

-En unos días esto va a estar lleno de orugas -pronostiqué.

De pronto, las bonitas mariposas se habían convertido en enemigos públicos y, como es usual, circularon toda clase de sugerencias para evitar la catástrofe. Desde eliminar los huevos uno por uno hasta -claro- echar mano de algún veneno.

Una de las muchas cosas que la civilización ha olvidado es que en la naturaleza nada es porque sí. Las mariposas, como los belicosos abejorros, son polinizadores indispensables para que ciertas plantas se reproduzcan.

Esas plantas a su vez sirven de alimento o de refugio a otros seres vivos, algunos invisibles, sin los que otras criaturas u otras plantas no podrían existir. Así que, contra lo que imponía el sentido común (que casi siempre falla cuando se trata de asuntos de verdad complejos), dejé a los lepidópteros hacer su parte. Me señalaron que las orugas arrasarían con la pasionaria.

Tenían razón. Unas pocas semanas después, de la orgullosa enredadera no queda casi nada, salvo el tronco, unas ramas devastadas y las crisálidas vacías y ya resecas de las que habían nacido más mariposas anaranjadas. Ahora quiero ver cómo sigue la historia. Detalle para nada menor: las orugas se comieron hasta la cáscara de los frutos, pero no tocaron las deliciosas semillas carmesí, que fueron cayendo a la tierra. La columna ahora no tiene buen aspecto, pero debe haber aquí una lección. Al parecer, estas mariposas necesitan a las pasionarias. ¿Tiene sentido que la aniquilen? Lo ignoro, pero, de todos modos, en esta historia mínima de insectos y de plantas hay todavía otra capa de significado.

Escribí este texto ayer. La pasionaria se llama así porque los misioneros españoles vieron en la frondosa y desgarbada enredadera los símbolos de la Pasión de Cristo. Los zarcillos enroscados eran los látigos con que lo flagelaron. Los diez pétalos y sépalos de las hermosas y fugaces flores representaban a los apóstoles incondicionales. En el ovario abombado adivinaron el Santo Grial. En los tres estigmas, los clavos. En los cinco estambres, las heridas infligidas a Jesús. Y en los agudos filamentos que se abren alrededor del receptáculo, la desalmada corona de espinas.

Ayer a la mañana miré la estampa del mburucuyá aferrado a su columna. Era la imagen opuesta a la del esperanzado pesebre junto al arbolito navideño. Pero era el día de la Navidad y sentí que la pasionaria reverdecerá pronto y el ciclo volverá a empezar.

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