La tradición y el talento

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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14 de noviembre de 2019  

Hace algunos años tuve la idea poco original de preguntarle a un pianista de jazz estadounidense qué era para él la tradición. La pregunta estaba en parte justificada porque ese pianista tocaba en un estilo más bien epigonal, algo imitativo. "¿La tradición? -me dijo-. La tradición es lo que estuvo antes".

Nadie pide que un pianista de jazz sea un intelectual; nadie pide que un artista lo sea. Sin embargo, la respuesta dejaba bastante que desear. Es cierto que "lo que estuvo antes" es un requisito de la tradición, pero la tradición no es "lo que estuvo antes".

Una de las respuestas posibles -una de las más consistentes de todas las posibles respuestas- a esa pregunta la dio T. S. Eliot en "Tradition and the Individual Talent", el ensayo que se publicó hace un siglo exacto.

Como pasa con sus poemas, los ensayos de Eliot tienden a crecer con el tiempo, y aquello que hace cien años parecía necesario decir, se volvió ahora acuciante. Lejos de ser un diálogo con el pasado, el sentido de la tradición se convierte en una responsabilidad con el presente. Hablar de la tradición no es hablar de la condición pasada del pasado ( pastness of the past, en sus palabras) sino de su presencia: es la certidumbre de que para un escritor como Eliot -pero lo mismo sería válido para un pintor con la pintura o para un músico con la música- toda la literatura de Occidente, de Homero en adelante, "tiene una existencia simultánea y articula un orden simultáneo".

En su momento, algunos objetaron la insistencia de Eliot en el canon como vara. A esos objetores podría replicarse: ¿conocen alguna vara mejor o más confiable? ¿O será que no quieren vara alguna para que sus propias deficiencias no queden al desnudo?

Pero volvamos al ensayo. Eliot quiere darnos una lección, y no solamente una lección de inteligencia crítica (recordemos que él mismo observa que, en un artista, la crítica es tan inevitable como la respiración); no: lo que quiere decir es que ningún poeta, ningún artista de ningún arte, puede extraer el sentido de su arte en soledad. Esto comporta también una evaluación crítica: la auténtica comparación, la inapelable por contraste o comparación, es con los muertos.

Esta presunción de Eliot tiene efectos expansivos. La simultaneidad no incide solamente sobre el artista del presente, justamente porque los artistas muertos comparten ese mismo presente por su condición simultánea. Cada vez que aparece una auténtica obra de arte, algo le ocurre a todo el arte que lo precedió. Esta constatación de Eliot es en verdad una anticipación de "Kafka y sus precursores", el ensayo en el que Borges postula que cada escritor crea su genealogía y no al revés (no hay causalidad que lleve a un artista, es una casualidad invertida).

La conclusión de Eliot es contundente. Para empezar, no hay progreso en el arte, aun cuando sus materiales no sean nunca los mismos, pero el progreso del artista "es un continuo sacrificio de sí mismo, una continua extinción de la personalidad". Esto por dos razones. La primera es que la percepción del pasado lo integra en una familia en la que está necesariamente llamado a ser un personaje secundario (con la salvedad crucial de que no hay personajes secundarios en una familia); la segunda es que nadie inventa "emociones" propias: son la mismas de siempre, las mismas de Homero.

Estamos en una época en que conviene sacrificar la tradición; simular que son tiempos adánicos, tiempos en los que la jactancia de leer únicamente a los contemporáneos (los contemporáneos cronológicos, no los ciertos) es motivo de orgullo y no de vergüenza. Citemos a Eliot: "El mal poeta es inconsciente cuando debería ser consciente y consciente cuando debería ser inconsciente. Esos errores lo vuelven 'personal'".

La tradición obliga a la humildad, esa virtud de la que ningún escritor quiere ya acordarse. Eso explica el estado de las cosas.

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