Legado de una visionaria

Verónica Chiaravalli
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25 de noviembre de 2019  

Una feliz digresión laboral me llevó al reencuentro con los Testimonios de Victoria Ocampo, en la edición magistralmente seleccionada, prologada y anotada por el crítico y traductor Eduardo Paz Leston. El libro recopila piezas de las cinco primeras series de textos que Victoria organizó como el legado de una época rica, que ella vivió con intensidad: cartas, artículos, conferencias; prosa que habla de las más diversas materias y las personalidades más destacadas y disímiles de su tiempo (conocidas de primera mano o frecuentadas por Ocampo), pero que, sobre todo, y como todo escrito (aun aquel en el que se intenta suprimir hasta la mínima marca de subjetividad), prosa que habla de su autora.

Referirse a la Victoria Ocampo de carne y hueso es prerrogativa de quienes han tenido la fortuna de tratarla, pero para quien sienta la viva curiosidad (virtud muy ocampiana, por cierto) de saber quién fue aquella mujer impar, la figura que emerge de estas páginas es reveladora. Su carácter fuerte pero sensible, su inteligencia racional pero intuitiva, su irreductible sentido común sumado a una vocación exploradora, deseosa de intercambios y de traer a casa lo mejor que el mundo del arte y las ideas pudiera producir, y difundir fronteras afuera los frutos más nobles de esa Argentina que amaba y la enorgullecía, la hicieron adelantada en cuestiones hoy comunes, como el feminismo, o esa arbitrariedad tan posmoderna a la hora de juzgar obras, pensadores y artistas. Así respondía, por ejemplo, a las consideraciones que su respetado Ortega y Gasset hizo sobre la poesía de Anna de Noailles: "Ortega se plantea una pregunta perturbadora: '¿Hasta qué punto puede alojarse en una mujer la genialidad lírica?'. Él no nos disimula que, en su concepción de la mujer, el genio lírico no ocupa lugar alguno. Cree que la mujer es un género, no un individuo, y con toda cortesía lo subraya. Al explicarnos la imposibilidad, para los pintores de retratos, de encontrar buenos modelos femeninos, asegura que 'la mujer es para el pintor, como para el amante, una promesa de individualidad que nunca se cumple'. [.] Si Ortega estima que solo el género epistolar se aviene a la femineidad, es -y así lo proclama- porque la carta se dirige a un solo ser, no a todos, y porque, al revés del hombre, la mujer está hecha para la intimidad. Según Ortega, el hombre y la mujer no pueden alcanzar su máxima expansión sino en dos atmósferas distintas. Para el hombre, la vida pública; para la mujer, la vida privada. [.] Creo que los escritores de raza, cualquiera sea su sexo o su modo de expresión, escriben ante todo para sí mismos, para librarse de sí mismos, para llegar a una clarificación de sí mismos, para comunicarse consigo mismos. Pues solo se comunica con lo demás quien se ha comunicado antes consigo mismo. Y ¿qué es eso del público de que habla Ortega? Unas cuantas personas, no más". Palabras de V.O., recuerda Paz Leston, publicadas en la Revista de Occidente en 1931.

Preclara sin saber hasta qué punto, un par de años antes, Victoria -también movida por afirmaciones de Ortega- había desgranado una reflexión de inquietante alcance: "Los dones, si no se los cultiva seriamente, no sirven más que para agriar o torturar (según el temperamento) a quien los malgasta. Es raro que un argentino bien dotado no se dé cuenta en su primer choque con Europa de que ocupa un nivel bastante inferior al que ha alcanzado un europeo menos dotado que él, pero más enérgico y de disciplina más clara. Descubrir esto perturba y deprime. Por reacción, acusamos al europeo de injusticia para con nosotros. En realidad, somos nosotros culpables de injusticia para con nosotros mismos, puesto que no tratamos de merecer las dotes que gratuitamente nos dio la suerte". Señalar esa ideología de la autocomplacencia le costaría caro. Y también la haría inolvidable.

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