Ni hermosos ni malditos
Hace unas semanas, salió en un diario argentino una nota cuyo tema, de un modo más o menos general, era cómo ser un escritor maldito "cuando todo está permitido" y cuando "lo que se espera" es la "incorrección". La presunción resulta un poco enigmática. En primer lugar, porque, lejos de estar todo permitido, es cada vez menos lo que está permitido. Por otro lado, nadie espera ahora "incorrección", sino una corrección coercitiva.
Es cierto que existe una incorrección aparente, pero que en el fondo es el colmo de la corrección, porque es una corrección neutralizada e institucionalizada. Pasa entonces que hay otras palabras, otros hechos, que nadie quiere escuchar, ni en política ni en ninguna otra cosa. No hay censura: la corrección política propicia una censura invisible, esa violencia que cada uno ejerce sobre sí mismo.
Para empezar, no podría imaginarse calificación más apolillada que la de "maldito", y ya nadie sabe exactamente qué quiere decir, ni hace falta saberlo. En su origen, podría pensarse en un desorden de las pasiones, incluso en el tan citado "razonado desajuste de todos los sentidos" del que hablaba el poeta Arthur Rimbaud. Pero la obra de Rimbaud fue lo que fue y es lo que es a pesar del malditismo y no por intermedio de él.
"Malditismo": no hay palabra más aviesa y que descalifique en mayor grado a un artista (aun cuando no pocos corran detrás de ella como insectos a la luz). Lo avieso consiste en que antepone la existencia a la obra. Y ya que estamos: ¿cuántos son los escritores que sostienen una obra exangüe con su vida, con sus opiniones, con su insistente presencia pública?
En todo caso -supongamos alguna buena intención-, aquello que se designa "malditismo" es algo muy anterior a que la palabra tuviera carta de ciudadanía. Consiste en hacer eso que nadie espera que se haga, en decir eso que no quiere ser dicho y mucho menos escuchado. Es una acción contracorriente, temeraria, que molesta, pero cuyo fin no es molestar, sino, sin más, decir lo que hay que decir.
Exactamente eso hicieron, cada uno en sus momentos, Dante, Bach, Beethoven, Beckett o Thomas Bernhard, todos ellos muy alejados del cotillón del "maldito", que tanto éxito tuvo desde el siglo XIX.
Volvamos a lo anterior. Lo que escuchamos y vemos todos los días, todo el tiempo, son individuos que persiguen sin parar un coeficiente de provocación en el tráfico de "lo correcto" como "incorrecto": una astuta mercadotecnia de la revuelta. Son los mercaderes de la pura facha.
Ya lo había escrito en esta misma columna hace un tiempo: la corrección política es un lugar común, el peor de todos, una comodidad del pensamiento y, por eso mismo, una deshonestidad.
No hay nada moralmente hermoso en la corrección, aunque esto no quiere decir que no sea muy redituable en términos simbólicos y, si el viento acompaña, también financieros.
Quien haga una objeción estética podrá ser impugnado por motivos políticos. Quien objete las posiciones biempensantes se expone al peligro del exilio intelectual. Además, los vasos comunicantes entre la corrección artística y la corrección política tienden a volverse más cerrados, más estrechos, más excluyentes.
Sin embargo, hay que insistir en una constatación. Cuando no se sostienen en una convicción, en una firme certidumbre artística, las correcciones y las incorrecciones son imposturas de signo inverso, aunque de idéntica complacencia.
Quien está seguro de su posición no hace cálculos sobre las conveniencias de la aceptación, la recompensa pública, la celebración de la tribu. Sencillamente, defiende eso de lo que está convencido y, cuando es necesario, paga las consecuencias.










