Nostalgia de la infancia (en plena infancia)

Constanza Bertolini
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28 de febrero de 2019  

No fue hace diez minutos, pasó hace tres o cuatro años, nada más (¡nada menos!), que rio y lloró con El rey león. Esa suma de tiempo módica, un vuelto o un error de cálculo vulgar en la biografía de cualquiera de nosotros, puede significar la mitad de la vida para una nena. Como la de esta flaca de ocho recién cumplidos, castaña, de patas largas y flequillo nuevo, que mira con desconfianza al Mickey cabeza de peluche que le pide "una colaboración" a cambio de una foto, en un banco de plaza frente al Teatro Colón . Ella se acerca y posa junto al ratón impostor sintiéndose grande, como haciendo una excepción con ella misma, que ya sabe cantar el hit de Shawn Mendes en inglés; y lo hace (se lo permite) porque acaba de emocionarse con un concierto sinfónico que se paseó por la música de las películas de Disney que vio una, tres, quién sabe cuántas veces. "¡Qué ternura!, ¿no? Son las canciones de nuestra infancia", me susurra en la sala, con la cabeza ladeada y leve puchero. "¿Cómo nuestra? -me río-. Vos estás en la infancia", la corrijo, con un poco de no sé qué (miedo a que se crea grande), sin dejársela pasar. Si los temas de Moana que cantan en el escenario fueron la banda de sonido del verano pasado... pienso. Pero ella ya está en otra, escrutando qué tal le queda el mapping a la cúpula de Soldi, su parte favorita de la arquitectura del teatro, me había confesado un rato antes.

¿Existe una nostalgia de la infancia en plena infancia? ¿Será que es tan vertiginoso todo hoy, tan efímero? No deja de sorprender el fenómeno. Ahora que Papá Noel, los Reyes y el Ratón Pérez dejaron de jugar en la liga de la ilusión, ella busca generar conversación sobre las cosas en las que creemos y en las que no, porque es su forma de transitar la pérdida. Una pérdida sencillita, cosa de chicos, que resuelve escudada en la tranquilidad de saber -lo dice así- que podrá "revivir la fantasía" de todos esos personajes cuando tenga sus propios hijos. Sin solución de continuidad, se corre el pelo de la cara y dispara: "Mamá, ¿a vos te gusta ser adulta?".

"La nostalgia podría ser una manera de lidiar con los cambios vertiginosos", leo en una revista de divulgación científica que da ejemplos fáciles de lo que desencadena esta emoción. Para seguir con las películas animadas, el famoso efecto Ratatouille, aquel que deja al crítico gastronómico más severo de París rendido a los pies de un recuerdo de su tierna infancia con solo percibir el aroma del plato. Todos tenemos nuestro Ratatouille. A mí me pasa con el olor del apresto para ropa Klaro, que me devuelve al comedor de la casa de Colegiales donde hacía la tarea mientras mamá planchaba.

Leo que un tal Rafael Bisquerra, del Posgrado en Educación Emocional de la Universidad de Barcelona, hace una salvedad a la definición que el diccionario da a la nostalgia ("tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida"). Dice el español: "Acordarse de tiempos pretéritos como momentos maravillosos vividos con amor no es nostalgia. Solo se convierte en ella cuando pesa más la sensación de que eso se ha perdido que la experiencia de lo vivido". ¡Qué alivio!

Acudo otra vez a Los peces no cierran los ojos, donde Erri de Luca revisita los diez años de un hombre en Nápoles (él), la edad que se escribe por primera vez con dos cifras. Ese maravilloso libro opone la inquietud y el deseo de crecer a la necesidad de protección que cura el calor de las historias familiares. Y tiene varios momentos Ratatouille: "(...) empuñaba la plumilla y se sumergía. Si el ángulo de la punta sobre el papel era ancho, la gota de tinta se precipitaba sobre la hoja. El índice y el medio se impregnaban del pringue de aquel azul. Como instrumental, la hoja de papel secante: los escolares pobres no podían adquirirla, de modo que secaban con el aliento, pero soplando en la justa medida, en régimen de brisa, para no esparcir la tinta. Bajo el aliento ponderado, las letras temblaban relucientes, como lo hacen las lágrimas y las brasas".

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