Primeros médicos de Buenos Aires

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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17 de mayo de 2019  

Aunque se presume que hubo otro llamado Pedro Díaz dos años antes, el primer médico reconocido del villorrio que era hace cuatro siglos Buenos Aires se llamaba Manuel Álvarez. Según consta en las actas del Cabildo de 1605, tenía nacionalidad portuguesa y había acordado que se le otorgaría la suma de "cuatrosientos [sic] pesos en los frutos de la tierra a precio de reales".

Su paso por esta parte del mapa fue fugaz. Álvarez no veía la hora de irse, según se infiere de una resolución de ese mismo año en la que el gobernador, Hernandarias de Saavedra, le ordenaba quedarse y atender sus obligaciones, y que se le pagara lo adeudado. Al poco tiempo, el médico desaparece de las actas del Cabildo y probablemente también de la ciudad.

Todo esto lo cuenta Raúl Molina en una obra inencontrable que el azar y la curiosidad rescataron del olvido. En Primeros Médicos de la Ciudad de la Santísima Trinidad (Editorial Lancestremere, Buenos Aires, 1948), les sigue las huellas a los primeros practicantes del arte de curar que se atrevieron a desembarcar en la aldea que era esta ciudad apenas unas décadas después de su segunda fundación y hace un breve repaso del estado de la medicina en esos tiempos, cuyos métodos primitivos nos hacen valorar los enormes avances de la ciencia actual.

Recuerda Molina que en los siglos XVI y XVII, cualquier individuo que deseara ejercer la medicina debía cursar cuatro años en una de las universidades de la península y rendir una prueba definitiva frente al Protomedicato para obtener la "Carta de Examen". Después, tenía que practicar dos años más en compañía de un médico aprobado.

El examen tenía una parte teórica y una práctica, que consistía en tomarles el pulso a ciertos enfermos, luego de lo cual se le pedía al aspirante que calificara la enfermedad que observaba de "liviana", "peligrosa" o "mortal".

Para hacerse una idea de la distancia que separa los actuales centros de salud (que permiten insertar electrodos en neuronas individuales o cambiar una válvula cardíaca deslizando un diminuto dispositivo a través de una arteria) de esas prácticas, baste con mencionar que, según cuenta el historiador, la ciencia terapéutica de aquellas épocas no pasaba del empleo de plantas medicinales y se fundaba en "la imitación" y la "analogía".

Por el parecido entre la forma de ciertos vegetales con los órganos humanos se deducía a qué enfermedades podían aplicarse. Por ejemplo, del parecido de las raíces y flores de las orquídeas con las partes sexuales se desprendía que eran afrodisíacas; a la castaña de cajú se la consideraba apropiada para las enfermedades renales, y al culandrillo (parecido a un mechón de pelo) se lo usaba para curar la alopecia.

El color también se tomaba como un indicador de su acción. Si una persona adquiría una tonalidad amarilla, se la combatía con azafrán, y si padecía una hemorragia, con una resina conocida como "sangre de drago".

En lo relativo a los sabores, de los ásperos se pensaba que eran "terrestres y fríos"; de los salados, "que no calentaban ni enfriaban", y así preservaban de la descomposición; de los agrios se creía que "abrían los poros y adelgazaban", y de los dulces, que eran "calientes y engendraban cierto estupor". Por otra parte estaban los remedios transmitidos de generación en generación, con recetas como "cerumen auricular" para el cólico, saliva para la fiebre, sangre caliente para la epilepsia o emplastos de carne de víbora, lombrices y todo tipo de bichos repugnantes.

La próxima vez que se nos ocurra renegar contra la medicina actual, bastará con recordar estos delirios y el desamparo en que vivían los aventureros que llegaron a estas tierras para ser más tolerantes con los profesionales que hoy, con su pericia y también sus imperfecciones, nos ayudan a sobrellevar dolores y sinsabores.

Por: Nora Bär

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