Lo difícil que es hacer un regalo

Dolores Caviglia
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26 de diciembre de 2018  • 10:09

Lo que uno quiere, lo que el otro quiere, lo que se necesita, lo que se usa, lo que conviene, lo más barato, lo más caro, lo que está de moda, lo que si no se da no se compra, lo justo, lo que malcría, lo que significa, lo que da la gana.

Lo complicado que es hacer un regalo.

¿El tiempo que invertimos en buscarlo habla de cuánto nos importa el destinatario? ¿El dinero que gastamos también? ¿Si no tenemos plata, no queremos? ¿Regalar es un acto de amor o un compromiso? ¿Por qué nos desesperamos cuando llegan las fiestas?

En mi familia cada vez regalamos menos. Mi padre nunca fue de los mejores en la tarea y cuando lo hacía, cuando no consultaba a nadie y compraba cosas para mi hermano, para mi madre o para mí, solía fallar en el gusto (se me viene a la memoria un pareo blanco transparente pintado a mano con muchos colores y una camisa a cuadros y una especie de chabot que aún conservo pero que me cuesta vestir). Mi madre, desde que soy capaz de ir a un local sola y comprar lo que desee, me dice que vaya y lo haga: "Hola Lola, feliz cumple, comprá lo que quieras, pagá con mi tarjeta". Y mi hermano tiene tres hijos, ya bastante. Yo soy la única que de vez en cuando insiste. Me gusta. Hay algo en el embrollo que me reconforta. Debería hablarlo en terapia porque yo, de los cuatro, soy la más imperfecta; siempre quiero cosas. Admiro, admiro y envidio, profundamente, el poco interés de mi familia por lo material: ninguno nunca necesita nada que no se necesite. En cambio yo, una vez al mes muero por comprar algo que cuesta un montón, que después nunca uso o que olvido al tiempo. Soy la víctima ejemplar de este capitalismo embravecido que se extiende como una babosa en su andar, que come todo lo que ve, que deja el rastro espeso, el rastro pegajoso, el rastro indecente.

Con mis amigas el ritual es un algo más complicado. Solemos poner dinero entre todas para hacer un solo obsequio y pensamos bastante lo que la otra quiere. Aunque yo tiendo a ser expeditiva: elijo una marca que sé que le gusta y le compro algo que quizá le guste. Otras tardan más tiempo, se complican, se estresan, van y vuelven, consultan, llaman, llaman varias veces, buscan más opciones. Admiro que sean dedicadas. Me hacen sentir en falta.

Y con Ezequiel ya no nos regalamos. Luego de años de buscar ideas originales, de hacer pedidos especiales, de gastar dinero y dinero y cada vez más (como si nuestro "te quiero" pudiera medirse en pesos) decidimos dejar de hacerlo. En algún punto fue un cuestionamiento filosófico: no es que no nos hacemos regalos, pero no en fechas impuestas y mucho menos si cuestan fortunas. Es tierno, pero creo que en el fondo queremos ganarle al consumismo. Con nuestro gesto, con nuestra pequeña protesta, la intención es decir (con un poco de valentía, no con tanta) algo así como: "En tu cara, Estados Unidos. En tu cara y en la de todas tus marcas".

Pero a veces no puedo evitarlo. Cuando llega diciembre, siempre, aunque no quiera, siempre, recuerdo las noches en el departamento de Azara. La espera interminable. Las ansias en la panza. Los vestidos que me cosía mi abuela. La comida fría. Las estrellitas, los Chaski boom y las bengalas en la vereda. A mi prima al lado del portero eléctrico que decía pasada la medianoche: "Sí, ahora subimos". Y esa bolsa negra de consorcio gigante y repleta que Papá Noel había dejado en la puerta del 3A justo cuando yo no estaba.

Recuerdo y sonrío.

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