Sobre los relojes

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24 de mayo de 2020  

Soy periodista porque quería ser actriz. Cuando terminé el colegio me inscribí en el ingreso al conservatorio nacional de arte dramático y como no entré al año siguiente me anoté en la universidad para estudiar Letras. Creo que lo hice porque pensé que tenía algo que ver. Años después, cuando me faltaban apenas un par de materias para recibirme, me di cuenta de que no quería ser profesora ni investigadora ni otras cosas y entonces comencé a cursar periodismo porque sí sabía que quería escribir. Y así fue como un día dejé de usar reloj.

Era 2008. Era lunes. Era de noche. Era la clase de una materia que se llamaba IPI por Introducción al Periodismo y a la Información y estaba en un auditorio grande de un paseo sobre la calle Corrientes. Allí, sobre un escenario, uno de los miembros de La colifata, la radio que hacen desde hace años los internos psiquiátricos del Hospital Borda, no recuerdo bien qué dijo pero dijo algo así como que la gente hoy no es feliz porque tiene reloj, porque siempre mira el reloj, porque no necesita y de todos modos mira el reloj, porque se limita al mirar el reloj, se fija horarios, se controla y un montón más y entonces yo me miré la muñeca y me saqué el reloj de pulsera plateada y fondo negro que me habían regalado para mis 15 años mi madrina y su esposo, mi tío que no es, y sus hijos, los varones, y sus hijas, las mellizas, mis mejoras amigas. Lo guardé en mi mesita de luz.

Desde que dejé de estudiar yo no paro de aprender. A veces me enojo conmigo cuando recuerdo las mañanas, esas mañanas tan largas que parecían noches, serenas, frías, negras, echada sobre el cubrecama azul con estrellas en el cuarto del departamento en que vivía con mis padres. Los fines de semana leyendo, encerrada, sola, tosca. Como arrugada. Como olvidada entre las páginas de un libro que huele a viejo y que nadie lee. Y afuera el mundo. Por el ventanal del cuarto. El mundo. Tan vivo, tan claro, tan lleno, tan lejos.

Hay días en los que pienso que para mí entender significa sacarme cosas de encima. Soy una mujer hecha en capas, como esas tortas de dulce de leche en cucharones y merengue en copos. Primero el amor de mis padres y después el resto: el jardín de infantes, el abecedario, la matemática, la historia, mi hermano, el alemán, las reglas sociales, los gustos, la regla de tres simple, Shakespeare, el latín y el griego, Boccaccio, las cinco W, el qué, el cuándo, el quién, el dónde, el porqué, la independencia, vivir con una amiga, la soledad, el amor, el encierro.

Soy una mujer hecha en capas prolijas, con los bordes nítidos. En mi guadarropas las camisas se cuelgan con las camisas y no se mezclan con las faldas. Si veo un pelo en el piso lo levanto con la mano. Los almohadones de colores sobre el sillón marrón de dos cuerpos del living se disponen de una sola manera y solo de esa manera. Yo hago la cama todos los días. Incluso en cuarentena. Abro la ventana para que entre el viento y estiro las sábanas hasta que no queden marcas. Perfumo los ambientes. Hace unos años mis cuñadas me regalaron un aromatizador con una fragancia de vainilla china y lo prendo y lo mezclo con palo santo.

Pero en estos días de aislamiento el tiempo se volvió tan parecido. Fueron días sin ningún tipo de reloj. Sin orden. Sin límites. Dejé de bañarme al despertar, lo hice solo cuando me sentí sucia. Practiqué deportes por teléfono. Tuve reuniones de trabajo en pijama. Desayuné en el living. Merendé. Instalé una mesa plegable frente a la televisión. No planché. Limpié de más. Almorcé cuando tuve hambre, dormí siesta, cené de día, cené tarde.

Una noche con Ezequiel nos quedamos jugando a las cartas y ni siquiera cenamos. Una tarde nos encaprichamos, él más que yo, y compramos una consola de videojuegos muy barata y pasé horas con el joystick en la mano. Eso fue nuevo para mí. No jugar, cuando era chica tenía un family game. Me gustaban el Tetris, el Super Mario Bros y uno de un león que saltaba aros de fuego en un circo. Sí tener un exabrupto. Ezequiel me dijo una tarde que quería comprar esto, lo buscó y lo compramos. Así. Sin análisis. Él siempre es así. Quiere y hace. Yo nunca. Y fue lo lindo de esta pandemia. Jugar el juego. Como en la infancia. Romper el tiempo. Sacar las reglas. Hacer sin importar las consecuencias. Sin que haya consecuencias. Puertas adentro.

Me pregunto si durará. Si podré vivir en el mundo que está afuera con esta libertad que conseguí en casa. No lo sé. Mi reloj de pulsera sigue en el cajón.

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